1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 35

Jane observó la puerta cerrarse tras Luke. Él se había marchado con una lentitud deliberada, como si cada paso fuera una batalla contra su propio deseo de quedarse. Jane sabía que él anhelaba una eternidad a su lado, pero el amor, en su mundo, era un lujo que se pagaba con sangre.

Se convenció a sí misma de que su vida no era un guion escrito por un autor caprichoso; ella era la dueña de sus actos, la arquitecta de su destino. O eso quería creer antes de que la realidad se desmoronara.

Se desplomó sobre la cama con una sonrisa de alivio, buscando en la soledad un respiro para su mente agotada. Pero el sueño no trajo descanso. Sus párpados se volvieron plomo y, en un parpadeo que no pareció durar más que un suspiro, el aroma a lavanda de su cuarto fue reemplazado por una fragancia putrefacta, un olor a azufre y carne rancia que le revolvió el estómago.

Abrió los ojos de golpe y el grito se quedó atascado en su garganta. No estaba en la Academia.

Se encontraba en un lugar sumido en una penumbra espesa. El suelo, húmedo y viscoso, se sentía como barro bajo sus manos, pero el hedor confirmaba que era algo mucho peor. A medida que una luz mortecina filtraba las sombras, Jane retrocedió horrorizada: el suelo no era tierra, era una alfombra de miles de cuerpos mutilados. Ángeles. Criaturas que solo conocía por los libros de texto, ahora yacían allí como despojos de una carnicería celestial.

Levantó las manos para cubrirse la boca, pero se detuvo en seco al verlas. Sus palmas estaban cubiertas de una costra de sangre seca y oscura. El pánico la invadió; no recordaba cómo había llegado allí, ni qué parte de esa masacre le pertenecía. En ese instante, su teléfono comenzó a vibrar en el suelo lodoso. La pantalla iluminó el nombre de la única persona que podía salvarla de la locura: Luke.

—Luke... —susurró al atender, su voz apenas un hilo quebrado.

—Jane, ¿estás bien? Te escuchas extraña —la voz de él, firme y cargada de una preocupación genuina, fue el único ancla que encontró.

Jane intentó explicarle el horror que la rodeaba, pero las palabras se negaban a salir. ¿Cómo decirle a su mejor amigo que estaba rodeada de cadáveres divinos y que sus propias manos parecían las de una asesina?

Un suspiro sonoro se desprendió de los labios de Jane; se sentía perdida, pero escuchar la voz de Luke la había traído a la realidad de un modo doloroso.

—Ayu... ayúdame. Por favor, ven por mí —suplicó, mientras las lágrimas trazaban surcos limpios en su rostro manchado de hollín y sangre.

Luke cortó la comunicación. Jane sabía que él cruzaría dimensiones si fuera necesario para encontrarla. Mientras esperaba, un movimiento entre los despojos llamó su atención. Un ángel, con las cuencas de los ojos quemadas y las alas arrancadas de cuajo, aún se aferraba a un último aliento de vida.

Jane se acercó, impulsada por una mezcla de piedad y terror. Según los tratados de brujería, las alas de ángel eran catalizadores de poder inmenso, pero verlas allí, pisoteadas y sangrientas, le producía una náusea insoportable.

—Tú... —susurró el ángel, buscando una luz que ya no podía ver.

—¿Necesitas ayuda? ¿Qué pasó aquí? —preguntó Jane, arrodillándose en el fango de plumas y muerte.

—Encuentra a... a Vander —musitó la criatura.

Un hilo de sangre negra, espesa y brillante como el petróleo, brotó de sus labios.

Jane se quedó helada. La sangre negra solo significaba una cosa: la marca de Lucifer. El ángel escupió el fluido con asco, intentando regenerar sus heridas en vano. El veneno del abismo era definitivo.

—Vander... dile que... —El ángel no terminó la frase.

Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro antes de que su cuerpo se tensara y la vida lo abandonara por completo. Para sorpresa de Jane, el cuerpo no estalló en luz como dictaba la tradición; se quedó allí, inerte, como si la oscuridad se hubiera tragado su divinidad.

Un estallido de aire y sombras anunció la llegada de Luke. Él apareció a su lado y, al ver el escenario dantesco, su rostro palideció hasta volverse ceniza. No hubo preguntas, solo una reacción instintiva.

—Jane —exclamó él, envolviéndola en un abrazo tan fuerte que casi le impedía respirar.

—Yo... yo quiero irme a casa, Luke. Quiero ver a Max y salir de toda esta mierda —sollozó ella contra su cuello, aferrándose a su chaqueta como si fuera lo único real en un universo que acababa de declararle la guerra.




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