1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 36

Luke no podía apartar de su mente la voz quebrada de Jane durante la llamada. Aquel silencio cargado de estática y terror le había dicho mucho más que cualquier explicación lógica. Sabía que ella no estaba bien, que el lugar donde se encontraba era un sumidero de oscuridad que intentaba devorarla. Sin dudarlo, recurrió a la teletransportación, esa grieta en el espacio que solo los demonios de su linaje dominaban con tal precisión. Al llegar y presenciar la carnicería de ángeles, el aire se le escapó de los pulmones, pero se obligó a mantener la compostura. No era momento para preguntas; era momento de ser el ancla.

—No tienes que decir nada —susurró Luke, envolviéndola en un abrazo que pretendía ser un escudo contra el horror.

—Luke… vámonos, por favor —suplicó ella, aferrándose a su chaqueta con dedos temblorosos.

Él asintió una sola vez, sabiendo que para Jane ese gesto valía más que mil promesas. La cargó en brazos con una delicadeza infinita, sintiendo su peso ligero y vulnerable. Mientras caminaba, sus ojos se posaron en las manos de Jane: estaban cubiertas de una sangre seca que contrastaba violentamente con la palidez de su piel. A pesar del rastro de muerte, el perfume de vainilla y misterio de ella seguía allí, una fragancia que se había convertido en el aroma favorito de Luke, el único que le devolvía la cordura.

Durante el trayecto de regreso, sintió cómo Jane se rendía al agotamiento. Se veía hermosa con los ojos cerrados contra su pecho, con una expresión que por fin abandonaba la tensión de la guerra. Luke se preguntó si él formaba parte de las experiencias que ella atesoraba, o si seguía siendo solo un espectador de esa parte oscura y secreta que ella guardaba bajo llave. ¿Podría un demonio como él ser amado de verdad? ¿O estaban condenados a ser siempre la sombra de una felicidad inalcanzable?

Al llegar a la mansión, la depositó sobre el edredón de su cama. Jane no soltó su brazo ni un segundo, incluso en la profundidad del sueño, obligándolo a acostarse a su lado. Luke sonrió, dejando que sus hoyuelos —esos que ella tanto adoraba y que él intentaba ocultar por orgullo— aparecieran en la penumbra.

—No te vayas nunca… —musitó ella entre sueños, un ruego que le atravesó el alma.

—Jamás me iré —respondió él, estrechándola con cuidado.

Sin embargo, la paz fue efímera. Las horas pasaban con una lentitud agónica mientras Luke velaba su sueño, sintiendo que dormir a su lado era una tortura deliciosa y cruel a la vez. De pronto, un grito desgarrado rompió el silencio de la habitación.

—¡Luke! —exclamó Jane, incorporándose de golpe, con la respiración entrecortada y el sudor frío perlándole la frente.

—¿Qué sucede? —preguntó él, encendiendo apenas una chispa de luz en sus dedos para verla.

—Tengo miedo… —confesó ella con la voz ronca—. No quiero volver a dormir. No quiero volver allí.

—Jane, tienes que descansar. Si no lo haces, te quebrarás —dijo Luke, tratando de sonar firme, aunque su preocupación lo delataba. Sabía que a veces era demasiado autoritario, pero solo deseaba protegerla de sí misma—. ¿Por qué no quieres soñar?

—Tengo miedo —susurró Jane con tristeza.

—¿Miedo de qué? —Alzó una ceja Luke sin entenderla.

Hubo un silencio que reinó en la habitación.

—Miedo de soñar —insistió ella, rodeándole el cuello con los brazos y acariciando su espalda con una suavidad que desarmó cualquier rastro de severidad en él.

—Soñar debería ser bonito, es… —intentó decir Luke, pero ella lo interrumpió con un amargor que no pertenecía a una joven de su edad.

—No cuando sueñas lo que yo sueño. No cuando hueles la sangre y sientes las alas romperse bajo tus pies —dijo Jane, recordándole al Luke de la infancia que la protegía de la oscuridad.

—Cambia el sueño, Jane. Nada de eso se hará realidad mientras yo esté aquí —suspiró él, tomando su rostro entre sus manos.

En la oscuridad de la habitación, sus rostros se buscaron por puro instinto. Los ojos de Jane, incluso nublados por el llanto, brillaban con una intensidad eléctrica. Se acercaron lentamente hasta que sus labios chocaron en un beso que supo a consuelo y a una promesa desesperada. Fue diferente a los anteriores; no hubo fuego ni exigencia, solo una comunión de almas rotas que intentaban encajar sus piezas.

Luke se perdió en ese contacto, preguntándose por qué la sociedad catalogaba a los seres como ellos como monstruos, cuando los humanos eran capaces de crueldades mucho mayores sin necesidad de poderes sobrenaturales. Se sentía juzgado por un mundo que no entendía que un demonio podía sentir más dolor y más amor que cualquier ángel. Mientras el beso se prolongaba, Luke decidió que no le importaba cómo lo catalogara el resto del mundo, siempre y cuando en ese pequeño universo de sábanas y sombras, él pudiera seguir siendo el guardián de Jane Mitchell.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.