1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 37

Jane dejó que una pequeña sonrisa curvara sus labios al sentir el contacto. Cada vez que los labios de Luke reclamaban los suyos, la sensación era tan vívida y eléctrica que parecía la primera vez; una magia peculiar, irrepetible, que le otorgaba una calidez humana que su naturaleza demoníaca solía negarle. Sus labios se movían en una sintonía perfecta, un ritmo que ella acompañó soltando el rostro del joven para enredar sus dedos en su nuca, acariciando la piel cálida con una delicadeza casi desesperada. No quería que ese momento terminara jamás. Sin embargo, Luke se detuvo. Se separó con una lentitud cautelosa, un cuidado que a Jane le resultó extraño, casi ofensivo.

​El miedo, esa emoción tan mortal, comenzó a filtrarse por sus poros. Jane se dejó caer sobre la almohada, observando a Luke en la penumbra. Él tenía el ceño fruncido, y las sombras de la habitación acentuaban las líneas de su rostro, haciéndolo lucir mayor, como un hombre de veinte años cargando con el peso de un siglo. Le dolía verlo así. Sus sueños —esas visiones de ángeles mutilados y sangre negra— la perseguían, y la certeza de que ella sería la culpable del sufrimiento de las personas que amaba se instalaba en su pecho como un parásito.

​A sus seiscientos años, Jane ya no era el demonio implacable del inicio. El tiempo y la convivencia en la Academia la habían ablandado; ahora los demás le importaban. La madurez de su generación traía consigo una carga de responsabilidad que odiaba, pero que no podía ignorar.

​—¿Estás bien, Luke? —preguntó ella, incorporándose en la cama para buscar el azul de su mirada—. ¿Puedo hacerte una pregunta que nunca pensé que te haría, y menos en estas circunstancias?

​Jane estiró sus manos y rodeó la cintura de Luke, atrayéndolo hacia ella con una mezcla de posesividad y súplica.

​—Estoy bien, de verdad... —respondió él, pero Jane detectó la vibración de la mentira en su voz—. Pregunta lo que quieras. Sabes que puedes confiar en mí tanto como yo en ti.

​—Okay... —susurró ella contra su oído, dejando que su tono se volviera bajo y seductor. Se atrevió a morder con cuidado el lóbulo de su oreja, deleitándose con el gemido ronco que escapó de la garganta de él—. ¿Por qué te reprimes, Luke? ¿Por qué no te rindes de una vez?

​Luke se tensó y se apartó bruscamente, negando con la cabeza. La verdad le escocía. Jane veía cómo su mente luchaba contra los instintos de su cuerpo por un respeto malentendido hacia las Reglas Demoníacas y su amistad de siglos. Pero para ella, el sentido de la existencia había cambiado drásticamente; ya no quería ser protegida, quería ser poseída.

​—Jane... no quiero lastimarte. No quiero que conozcas toda la oscuridad de mi vida —sentenció él con una solemnidad que a ella le arrancó una risa amarga.

​—Eres un verdadero idiota. Te lo estoy suplicando, Luke... —murmuró ella, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron.

​Por un momento, la voluntad de Luke se quebró. Sus manos, grandes y fuertes, apresaron la cintura de Jane con un descontrol que ella recibió con ansia. El beso fue un choque de fuerzas, una tormenta de labios y dientes que bajó por el cuello de ella, arrancándole una sonrisa de triunfo. Pero el destino, siempre puntual, llamó a la puerta.

​—Necesito hablar contigo, Luke... ahora —la voz de Wila, afilada y urgente, se filtró desde el pasillo.

​Luke se separó, recomponiendo su ropa y su máscara de frialdad. Jane lo vio salir, sintiendo una punzada de celos que intentó racionalizar. Segundos después de que Luke desapareciera, alguien más golpeó la madera. Era Sam. Al verla entrar, Jane notó que la otra chica traía el rostro pálido, cargado de un secreto incómodo. Se sentaron en el borde de la cama, rodeadas por el aroma a sándalo que Luke había dejado atrás.

​—Acabo de ver a Luke y a Wila hablando con Myriam, su madre —soltó Sam sin rodeos—. ¿Sabes qué está pasando?

​Jane sintió un vacío en el estómago.

—No tengo idea. Me están evitando, me ocultan cosas... me da bronca que no confíe en mí —confesó, apretando las sábanas con rabia.

​—Yo creía que ustedes eran algo más que amigos —continuó Sam, observándola con lástima—. Pero vi algo que me hizo dudar. Algo que la madre de Luke le decía.

​—¿Qué viste, Sam? ¡Habla de una vez! —el ceño de Jane se contrajo, presintiendo la traición.

​—Su madre le decía que ya era tiempo de que "se llevara a cabo"... y que jamás volvieran a dirigirte la palabra. Que debían apartarte definitivamente —susurró Sam, bajando la vista.

​El mundo de Jane se tambaleó. ¿Era Luke parte del plan de Myriam? ¿O era una víctima más? El dolor se transformó en una chispa de furia pura.

​—¡Vete! —exclamó Jane, poniéndose en pie de un salto.

​Sam se levantó asustada, pero antes de que cruzara el umbral, Jane la detuvo. Su mente, rápida y calculadora, ya estaba trazando un plan de contingencia. No iba a permitir que la desecharan como a una huerfanita sin valor.

​—Espera... necesito tu ayuda, Sam —murmuró con voz gélida. Sacó un pequeño trozo de papel que había preparado con antelación, un mensaje cifrado que solo Luke entendería, o que quizá serviría para tenderle una trampa—. Dale esto a Luke. Asegúrate de que nadie más lo vea.

​Sam asintió, tomó el papel y salió apresurada hacia donde se encontraba la reunión secreta de los Rose. Jane se quedó sola en la habitación, mirando sus manos —aquellas que en su sueño estaban manchadas de sangre— y sintió que, por primera vez en seiscientos años, el verdadero infierno no era un lugar, sino la incertidumbre.




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