Luke sentía que el aire se espesaba cada vez que Wila se acercaba. No era solo el rechazo a su presencia, sino la sombra de su linaje; el recuerdo de las atrocidades cometidas por su hermana flotaba entre ellos como un veneno. Myriam, con esa ambición fría que la caracterizaba, se había empecinado en convertirlo en el esposo de Wila, una alianza política que Luke despreciaba con cada fibra de su ser.
En un mundo que se desmoronaba entre apocalipsis y guerras celestiales, la idea de un matrimonio por conveniencia le parecía una broma macabra. Él era joven, un demonio con el pulso acelerado por la rebeldía, y solo había una mujer capaz de desquiciarlo.
Cuando Wila intentó acortar la distancia para un beso, Luke la frenó en seco, sujetándola por los hombros con una fuerza que no dejaba lugar a dudas. La soltó justo cuando Sam se materializaba entre las sombras del pasillo.
—Luke, ten esto —dijo Sam, entregándole un pequeño trozo de papel doblado con urgencia.
Al abrirlo, un extraño polvillo iridiscente se esparció por el aire, impregnando sus fosas nasales con un aroma metálico y dulce. Luke estornudó, sintiendo cómo una descarga eléctrica recorría su columna vertebral. El mensaje no necesitaba palabras; el hechizo de rastro en el papel le gritó la ubicación exacta de Jane y la urgencia de su deseo. Wila intentó retenerlo por el brazo, pero Luke la apartó con un rugido silencioso.
Aquel hechizo era demasiado poderoso para traerlo de regreso a la realidad.
—¡Suéltame! —exclamó, dejando caer el papel al suelo sin importarle que Wila lo recogiera con ojos llenos de rencor.
No caminó hacia la habitación de Jane; se desvaneció en el aire y reapareció directamente tras ella. La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por el reflejo de un espejo antiguo. Luke la rodeó por la cintura, pegando su pecho a la espalda de ella con una ferocidad que buscaba borrar cualquier duda. Jane lo miró a través del cristal, con el ceño fruncido y una chispa de desafío en sus ojos café.
—¿Qué haces? —preguntó ella, aunque sus manos ya buscaban los antebrazos de él, acariciándolos por puro instinto.
—No lo sé... —susurró Luke contra su oído, dejando que su aliento cálido erizara la piel de su cuello—. Solo sé que ya no puedo parar.
El gemido que escapó de los labios de Jane fue el detonante final. Algo primitivo se activó en el interior de Luke, una fuerza que las Reglas Demoníacas siempre habían intentado suprimir. Besó los puntos sensibles detrás de su oreja mientras sus manos, rápidas y hambrientas, se colaban bajo la remera de ella.
En un movimiento coordinado por siglos de tensión acumulada, ambos se despojaron de sus prendas superiores. La piel de Jane, pálida como la porcelana bajo la luz lunar, parecía brillar contra la calidez bronceada de Luke.
La lanzó sobre la cama con una brusquedad cargada de adoración. Al caer, el cuerpo de Jane rebotó suavemente sobre el edredón negro, y una sonrisa de absoluta satisfacción iluminó su rostro. Luke se posicionó sobre ella, sentándola en su regazo mientras las caderas de la joven comenzaban a moverse en círculos exigentes, presionando contra su pelvis. El roce era una tortura deliciosa que hacía que Luke apretara los dientes para no perder el sentido.
Jane se mordió el labio inferior con tal fuerza que una gota de sangre brotó de la piel herida. Luke no lo dudó; se inclinó y succionó el líquido carmesí, escuchando cómo un jadeo ronco y sexy se escapaba de ella. Sabían que el castigo por romper el celibato de casta sería devastador, pero en ese momento, el infierno mismo podía esperar.
—No me importa quién nos oiga —gruñó Luke cuando un gemido se le escapó de los labios, sin intentar amortiguarlo contra la boca de ella. Quería que la mansión entera supiera que Jane Mitchell era su principio y su fin.
Con manos torpes por la urgencia, se deshicieron de los pantalones. La erección de Luke, liberada finalmente de la prisión de la tela, palpitaba contra el abdomen de Jane. Ella dejó escapar una risita deliciosa, una mezcla de triunfo y deseo puro.
Luke recorrió con su lengua el abdomen de ella, sintiendo cómo los músculos se contraían ante su contacto, hasta llegar al cierre del sujetador. Tras un breve forcejeo, los pechos de Jane quedaron libres; Luke buscó sus pezones ya erectos, rodeándolos con su lengua en círculos lentos que hacían que ella tirara de su cabello con desesperación.
El éxtasis era total hasta que, de pronto, tres golpes secos en la puerta cortaron el aire como disparos.
Jane cerró los ojos sin poder creer lo que estaba ocurriendo.
Luke no parecía tener ganas de quedarse a medias tintas.
—Luke... alguien golpea —susurró Jane, deteniendo sus movimientos, con el pecho subiendo y bajando de forma errática.
—No me importa, ven aquí —respondió él, intentando recuperarla, pero el hechizo se había roto.
—Vístete y ve quién es —ordenó ella, aunque sus ojos seguían nublados por el placer.
Luke negó con la cabeza, esperando en silencio hasta que los golpes cesaron. Aunque Jane volvió a sus brazos con cautela, la atmósfera había cambiado. El miedo, ese viejo enemigo, se había colado por la cerradura de la puerta, recordándoles que su placer era un acto de guerra contra el destino.