1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 39

Óscar Rose caminaba por los pasillos de la Academia con la pesadez de quien carga el infierno en los talones. Sus pensamientos eran un nudo de estática; aún no lograba procesar la verdadera razón por la cual aquel ángel de mirada gélida lo había arrancado del foso.

No es que extrañara el tormento, pero en la libertad se sentía más solo que en la condena. Aquí, cada mirada que recibía estaba cargada de un pavor reverencial. Lo veían como una vasija rota, un demonio que había pasado demasiado tiempo entre las llamas para conservar rastro alguno de humanidad.

Las reglas del mundo habían mutado durante su ausencia, volviéndose extrañas y blandas, excepto las Reglas Demoníacas. Esas leyes inmutables que prohibían el deseo y castigaban la individualidad seguían ahí, recordándole por qué lo habían desterrado en primer lugar.

Se detuvo frente a una galería de retratos: demonios ilustres, generales de guerras olvidadas y mártires del abismo. Óscar se preguntó si algún día su rostro colgaría en esa pared de gloria o si terminaría en el rincón de los traidores. El amor, esa fuerza que se decía capaz de mover a Dios, le parecía un poder inalcanzable, una joya para la que él no era digno.

Un sollozo rompió el silencio del ala este. Óscar frunció el ceño. En uno de los sofás de terciopelo desgarrado, una joven rubia lloraba con una amargura que perforaba el aire. Óscar solía ignorar el dolor ajeno, pero esa noche la curiosidad fue más fuerte que su cinismo. ¿Por qué una criatura tan bella desperdiciaría lágrimas en un pasillo olvidado?

—Hola... ¿Estás bien? —preguntó, acercándose con una lentitud de depredador que intenta no asustar a su presa—. ¿Qué te sucede? ¿Puedo ayudarte?

La joven se sobresaltó y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, revelando unos ojos de un verde esmeralda idénticos a los de él. Óscar no pudo evitar una sonrisa ladina; era como mirarse en un espejo cargado de inocencia y desesperación.

—Estoy bien... —mintió ella, aunque su voz temblaba—. Es solo que mi hermana, Emily, murió... y el sujeto que me gusta jamás se fijará en mí. Tiene al amor de su vida comiendo de la palma de su mano y no me parece justo.

Óscar parpadeó, procesando la información. La muerte de Emily seguía dejando cicatrices en la Academia, pero... ¿Emily?

—Vaya, eso es demasiada honestidad para un extraño —rio Óscar entre dientes—. Normalmente la gente huye cuando me ve, o se queda callada por el miedo.

—¿Y quién se supone que eres tú? —preguntó la rubia, cruzándose de brazos con una chispa de desafío.

—Es mejor que te quedes con la duda —respondió él, admirando la simetría de su rostro—. No quiero que salgas corriendo como las demás.

—No voy a huir —replicó ella con una sonrisa pequeña pero firme—. Sé que parezco una niñita débil, pero te aseguro que no lo soy.

Óscar se encogió de hombros, dispuesto a seguir su camino hacia el bar, pero la joven le cerró el paso, tomándolo de los hombros con una audacia que lo dejó mudo.

—No vas a conseguir que te diga mi nombre —advirtió él, usando su sonrisa más letal.

Todos los demonios conocían a Óscar, ¿cómo era posible que la joven no lo supiera? El hecho de que ella insistiera tanto en el nombre, le hizo pensar que esta situación podría ser una trampa.

—No me importa tu nombre —soltó ella, clavando sus ojos verdes en los de él—. Quiero algo más. El Baile de Invierno y el Campeonato de las Sombras se acercan... ese torneo que definirá quién se queda en la Academia y quién es desterrado. Llévame al baile, eso es todo. Solo quiero que él me vea con alguien que lo opaque por completo.

Óscar soltó una carcajada auténtica que resonó en el pasillo. La audacia de la chica era refrescante. Él ni siquiera era un estudiante oficial, pero la idea de causar un escándalo en el baile más importante de la institución era demasiado tentadora para rechazarla. Además, la fragilidad de la joven ocultaba una oscuridad que le resultaba familiar.

—Bien, ojos verdes. Lo haré —aceptó él.

—Gracias, ojos de gato —respondió ella. Se inclinó y dejó un beso fugaz en la mejilla de Óscar antes de desaparecer por el pasillo.

Óscar llevó su mano al lugar del beso, sintiendo un calor extraño que creía haber perdido en el infierno. La bondad, el afecto y la esperanza eran conceptos que Lucifer le había arrancado pieza por pieza, pero esa pequeña interacción le recordó que aún le faltaba algo vital: una razón para no prender fuego al mundo.

Observó a los humanos que pasaban cerca, esos seres incomprendidos que se levantaban una y otra vez tras fallar. Quizás, después de todo, el regreso del infierno no era para recuperar su estatus, sino para descubrir qué se siente ser impulsado por algo más que el odio.

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El sueño no comenzó con sombras, sino con una luz blanca, cegadora y estéril. Jane se encontró de pie en el centro de una catedral hecha de huesos humanos, donde el cielo era un remolino de nubes color sangre. Frente a ella, Luke no era el joven protector que acababa de besar; era una estatua de sal que se desmoronaba ante sus ojos. Intentó gritar, pero de su garganta solo brotó un enjambre de polillas negras que devoraron la luz.

De pronto, el suelo desapareció. Jane cayó al vacío, aterrizando en la misma caverna donde Dean y Myriam habían sido confinados por Elif. Allí, el Libro Prohibido flotaba en el aire, abierto en una página que no tenía letras, sino un espejo líquido. Al asomarse, Jane no vio su reflejo de seiscientos años, sino a una criatura de alas carbonizadas y piel de obsidiana. Una voz, que no venía de fuera sino de sus propios huesos, le susurró el secreto que rompería su mundo: «No eres un demonio nacido del azufre, Jane Mitchell. Eres el primer suspiro del hijo de Lucifer antes de caer; su pecado original encarnado en carne mortal».

En el sueño, Jane veía cómo sus manos comenzaban a cerrarse sobre el cuello de todos los que amaba. Veía a Óscar siendo devorado por sombras que ella misma proyectaba, y a Luke implorando una piedad que ella ya no era capaz de sentir. El horror llegó a su clímax cuando el ángel moribundo de la masacre anterior, aquel que mencionó a Vander, apareció frente a ella y le entregó un corazón palpitante que chorreaba sangre negra.




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