El tiempo en la cueva no se medía en horas, sino en la dificultad de cada bocanada. Dean Rose sentía cómo sus pulmones se convertían en sacos de arena. El aire, contaminado por una magia antigua y estancada, se había vuelto denso; al inhalar, la sensación no era de oxígeno, sino de diminutos cristales de vidrio rasgando sus vías respiratorias. A su lado, Myriam compartía el mismo suplicio. En el silencio sepulcral del encierro, Dean podía escuchar el silbido errático en el pecho de su esposa, un recordatorio constante de que el reloj de arena estaba llegando a sus últimos granos.
Las paredes de la gruta parecían cerrarse sobre ellos, fusionándose con la penumbra. No había alimento, no había luz natural, y el aseo era un recuerdo de una vida que ya no les pertenecía. Sin embargo, en esa miseria absoluta, algo en su relación se había transformado. Dean observó a Myriam con una mezcla de adoración y amargura. Era irónico que hubieran necesitado ser enterrados vivos para que las discusiones banales y los secretos de la alta sociedad demoníaca perdieran su veneno. Quizás ella solo era amable porque no quería enfrentar el Purgatorio con el alma cargada de rencores, pero Dean prefería creer en la mentira de un amor recuperado.
Él sabía que el libro que Elif había utilizado era uno de los Libros Prohibidos. Aquella traición no quedaría impune; las Reglas Demoníacas eran implacables con quienes usaban artes prohibidas para aprisionar a los de su propia sangre. Pero el castigo de Elif no les serviría de nada si morían antes de que alguien notara su ausencia. Dean había pasado días trazando planes de escape en las paredes de su mente, pero todos terminaban en el mismo muro de piedra infranqueable.
—Vamos a salir de aquí… se darán cuenta pronto de que no estamos en la Academia —susurró Dean, tomando la mano de su esposa. Sus dedos estaban fríos, desprovistos de la calidez que solía emanar de la poderosa matriarca Rose.
—No… Elif es demasiado astuta —respondió Myriam, apoyando su cabeza sobre el pecho de Dean, buscando el latido débil de su corazón—. Ella encontrará la forma de que nadie note nuestro vacío. Ni siquiera nuestros hijos, Dean. Estamos solos en esto.
Ella se aferró a él con una fuerza nacida del miedo.
—Nunca debimos hacer lo que hicimos... —sollozó Myriam, refiriéndose a los pactos oscuros que habían mantenido a su familia en la cima durante siglos.
—Lo sé… pero tranquila —Dean depositó un beso tierno en la frente de su esposa, sintiendo la finura de su piel, ahora pálida como el papel—. Te amo, Myriam. A pesar de todo.
Ella levantó el rostro y, por un segundo, la belleza que había cautivado a legiones de demonios volvió a brillar en sus ojos. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios perfectos, pero Dean no pudo evitar sentirse un fracasado. Había fallado como hombre, como esposo y, sobre todo, como padre ausente. Mientras Luke y Óscar luchaban sus propias batallas en la superficie, él estaba aquí, pudriéndose en una tumba de lujo diseñada por una de sus subordinadas.
—¿Qué sucede, cariño? —preguntó Myriam al notar el vacío en la mirada de él.
—Estoy bien… solo pensaba en lo mucho que me queda por decirte —mintió Dean.
En realidad, Dean sentía una premonición oscura. Mientras él se asfixiaba en la cueva, sentía un tirón en su linaje, una vibración negra que provenía de la Academia. Sabía que algo se había roto en la sangre de los Rose. Ignoraba que, en ese mismo instante, Jane Mitchell miraba sus manos tornarse negras en un baño lejano, pero el instinto de padre le gritaba que el sacrificio que Myriam y él habían planeado para salvar a sus hijos estaba siendo reclamado por una fuerza mucho más antigua que ellos.
—Dean… si no salimos de aquí —susurró Myriam, apretando su mano—, prométeme que no dejarás que Lucifer se lleve lo que más amamos.
Dean no respondió. Solo la estrechó más fuerte, sabiendo que el amor que compartían era lo único que los mantenía cuerdos mientras el aire se convertía en veneno y la oscuridad de la cueva comenzaba a devorar sus últimos pensamientos.
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Max Mitchell no creía en las casualidades, ni en el destino, y mucho menos en la benevolencia de los Rose. Mientras su hermana Jane se hundía en un romance prohibido con Luke, Max se había recluido en el sótano de la biblioteca, un lugar donde el polvo de los siglos asfixiaba cualquier rastro de esperanza. Sus ojos, cansados y enrojecidos por la falta de sueño, recorrían los diagramas de un antiguo mapa estelar que no figuraba en ningún plan de estudios oficial.
Frente a él, un frasco de cristal contenía una esencia plateada que palpitaba con un ritmo errático: sangre de ángel pura, obtenida de los restos de la masacre que Jane aún creía haber soñado. Max sabía que su hermana estaba cambiando. Había notado la palidez de su piel y ese rastro de oscuridad que empezaba a asomarse en sus uñas, aunque ella intentara ocultarlo bajo guantes de seda.
—No voy a perderte, Jane —susurró Max, su voz resonando como un eco seco entre las estanterías—. No otra vez.
Sus manos, expertas en la manipulación de artefactos antiguos, sostenían un sextante de plata que perteneció al primer inquisidor de la Academia. Max no buscaba poder para sí mismo; buscaba una cura, o al menos un escudo.
Había descubierto una inconsistencia en las Reglas Demoníacas: una cláusula escrita en una lengua muerta que sugería que la "oscuridad de Lucifer" no era una infección, sino un retorno; sin embargo, no se trataba de la oscuridad de Lucifer, sino de la Oscuridad, la hermana de Dios. Si Jane era lo que él sospechaba, su propia hermana dejaría de existir para convertirse en el recipiente del primer caído.
De pronto, un sonido metálico rompió la calma del sótano. Max se tensó, ocultando rápidamente el frasco de sangre tras una hilera de libros prohibidos.
—Sé que estás ahí, Sam —dijo Max sin darse la vuelta, su tono gélido y carente de miedo.