1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 41

Los golpes en la puerta no eran llamadas, eran sentencias. La madera vibraba con una furia rítmica que amenazaba con astillar la realidad misma de la habitación. Jane apartó a Luke con una mezcla de urgencia y una delicadeza que le dolió en el pecho; ver sus ojos azules nublados por el deseo interrumpido fue una puñalada. Se vistieron con movimientos torpes y febriles. Mientras Luke se refugiaba en el baño para recomponerse, Jane abrió la puerta, encontrándose cara a cara con un fantasma de su pasado.

Olivia estaba allí, envuelta en una presencia gélida que hacía que la temperatura del pasillo descendiera hasta niveles árticos. Sus ojos, de un azul eléctrico tan familiar como aterrador, no mostraban piedad.

—Debemos regresar, Jane —sentenció Olivia, su voz cortando el aire como un bisturí. Su ceño fruncido dibujaba una máscara de severidad absoluta—. Es tiempo. No importa lo que creas haber encontrado en este refugio de sombras. Tú no perteneces a este mundo de demonios.

—No... tengo una vida aquí. Tengo a mi hermano, tengo a Luke... —respondió Jane, retrocediendo un paso, sintiendo cómo el pánico empezaba a desplazar la adrenalina—. No me iré. Este es mi lugar ahora.

—Tienes todo, menos vida —replicó Olivia, atrapando el brazo de Jane con un agarre que se sintió como una esposa de hierro—. Te has engañado a ti misma, Jane. Fallaste en tu misión y ahora el precio ha subido. Regresaremos al mundo de la magia, a la destrucción de la que vienes.

Jane luchó, forcejeando con una fuerza que creía haber ganado en la Academia, pero Olivia era un nexo de poder antiguo.

—¡No me iré! Vete tú, Olivia —gritó Jane, logrando zafarse y cerrando la puerta con un estruendo que resonó en toda la institución.

Se desplomó sobre la cama, con la respiración errática, pero entonces notó un pinchazo agudo en su brazo derecho. Olivia le había clavado un dardo impregnado de una sustancia translúcida. El dolor, una sensación que se suponía inexistente o mitigada en su forma demoníaca, estalló en sus venas como fuego líquido. Los demonios de la Academia no sentían así; los brujos del viejo mundo, sí.

—¡Luke! —exclamó Jane, pero su voz se apagó antes de que él pudiera salir del baño.

El mundo se volvió borroso y un estruendo monumental sacudió los cimientos de la Academia, anunciando que la invasión había comenzado.

Cuando Jane recuperó la consciencia, no estaba en la habitación. Se encontraba en un espacio liminal, un rincón oscuro de la institución donde las sombras se retorcían como seres vivos. Olivia la observaba, de pie, impasible.

—¿Qué me hiciste? —preguntó Jane, tocándose el brazo donde la marca del pinchazo ahora supuraba una luz violeta—. Aquí el dolor no debería ser real...

—Lo es porque estás despertando de la mentira —dijo Olivia—. No eres un demonio, Jane Mitchell. Eres una bruja de la corte más alta, y ese estúpido libro que perdiste fue el que te arrastró a esta fantasía de cuernos y azufre. La Reina nos quiere de vuelta. A ti y a Luke Rose.

El nombre de Luke actuó como un latigazo. Jane se lanzó hacia adelante, tomando a Olivia por el cuello y acorralándola contra la pared de piedra fría.

—¿Qué tiene que ver él con esto? ¡Déjalo fuera de tus juegos!

—Si no regresas por voluntad propia, verás cómo su luz se apaga —amenazó Olivia sin parpadear—. No me hagas pelear contigo, "hermana".

Jane soltó el agarre, tambaleándose. Los recuerdos empezaron a fracturarse en su mente. La imagen de ella misma como Lucifer, la sangre negra, las alas quemadas... ¿y si todo había sido una alucinación impuesta por la magia de Olivia?

—Tú me hiciste creer que yo era el Caído... me obligaste a vivir esa pesadilla —susurró Jane, con los ojos cristalizados por un dolor que no era físico, sino del alma.

—Debías entender el poder que llevas, pero preferiste jugar a las casitas con un demonio —Olivia cruzó la cara de Jane con un bofetón que le rompió el labio.

El sabor de la sangre en su boca fue lo que terminó de romperla. No era sangre negra de demonio; era roja, humana, cálida. Jane se dejó caer al suelo, abrazándose a sí misma. El dolor corría por sus venas como un veneno que le recordaba su fragilidad. Si no era Lucifer, si no era un demonio de seiscientos años, ¿qué era? ¿Una bruja renegada? ¿Una pieza en un tablero que ni siquiera comprendía?

—Ya no soy una bruja... —sollozó Jane, mirando sus manos, que ya no se veían negras, sino manchadas por la realidad del golpe.

—Lo eres —sentenció Olivia, mirándola con una mezcla de asco y superioridad—. Y muy pronto, rogarás por regresar a la magia para no morir en la oscuridad que tú misma provocaste.




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