Las lágrimas de Luke no eran un consuelo, eran una condena. Sentía cómo se deslizaban por sus mejillas como hilos de plomo derretido, quemando la piel antes de morir en el suelo polvoriento de aquella gruta que se había convertido en su confesionario.
El dolor era tan denso que casi podía tocarlo; no había luz, no había sombras, solo el eco de una culpa que le gritaba que el apocalipsis tenía su nombre grabado. Había roto la regla más sagrada, no por lujuria, sino por algo mucho más peligroso: por creer que un demonio podía salvar a una bruja del destino.
Luke recordaba cada caricia y cada beso con Jane como si fueran esquirlas de vidrio en su memoria. Le habían dicho que el amor mataba más rápido que una bala, pero nadie le advirtió que el amor podía desatar el infierno. En su mente, aún soñaba con bodas y bailes de graduación, con un futuro donde ella fuera su esposa y no su perdición. Pero el destino, cruel y puntual, se burlaba de sus planes.
—Viene por todos nosotros. ¿Quién será el siguiente? —la voz de Max Mitchell cortó el aire, cargada de un terror que Luke jamás había visto en el analítico hermano de Jane.
Cerca de ellos, una anciana de ojos blanquecinos intentó hablar, pero Elif, con una rapidez sobrenatural y una sonrisa cargada de ponzoña, le selló los labios con un gesto. Elif emanaba una superioridad irritante, una presencia que gritaba que ella poseía todas las piezas del rompecabezas mientras los demás solo gateaban en la oscuridad.
—He visto el infierno arrasar las calles —sentenció Elif con una frialdad que helaba la sangre—. No es ella. Es él.
—¿Él? ¿De qué demonios hablas? —estalló Luke, con los nervios a flor de piel.
—Dile, Dean. Cuéntale la verdad a tu hijo antes de que el mundo se acabe —ordenó Elif, mirando hacia las sombras donde Dean y Myriam Rose, demacrados y recién liberados de su encierro, observaban la escena con una derrota absoluta.
Dean dio un paso al frente, su rostro envejecido por el aire viciado de la cueva.
—Luke, tú no podías morir... pero tu sangre podía hacer algo mucho más importante. Al morir Janette, su alma fue al abismo. Lucifer no buscaba un cuerpo cualquiera; usó tus sentimientos por ella, tu debilidad, para crear un puente. Ella es el recipiente, pero el que regresó es él. Lucifer está aquí para cobrar su venganza.
Luke negó frenéticamente.
—Eso es ficción... Jane es Jane.
—Jane no existe, Luke —intervino Wila con una crueldad destilada—. Desde que regresó de la muerte, no has tocado a una mujer. Has estado besando el vacío. Has estado abrazando al fin del mundo.
—¡Cállate! —rugió Luke, mientras Óscar, su hermano, soltaba una carcajada histérica que resonaba en las paredes de piedra.
—Lo que hiciste va más allá del entendimiento —susurró Rory, mientras Lana intentaba defenderlo sin éxito.
Fue Sam quien dio el paso definitivo. Se recogió el cabello en una coleta alta, dejando que sus ojos verdes brillaran con la intensidad de quien conoce el final de la historia.
—Todo está en el Libro de los Oscuros. El Libro Prohibido que tus padres ocultaron. Ahí están las Reglas Demoníacas reales, no las que enseñan en la Academia. Si quieres detener esto, debes leerlo, aunque ya sea demasiado tarde.
Dean sacó de entre sus ropas un tomo encuadernado en piel humana, un libro que parecía latir con una vida propia y maligna. Luke arrebató el ejemplar, sintiendo un calor impío quemarle las manos. Sabía que la entidad que habitaba en Jane vendría por él; el libro era el único cebo que Lucifer no podría ignorar.
De pronto, un silencio antinatural cayó sobre la gruta. Uno a uno, Max, Sam, Dean y Myriam cayeron inconscientes al suelo, como si una mano invisible hubiera cortado sus hilos. Luke se quedó solo en el centro del caos, sosteniendo el libro contra su pecho, sintiendo cómo el miedo y la adrenalina se libraban una guerra en su interior.
Un estruendo monumental sacudió la tierra, y de la grieta en el suelo surgió una figura envuelta en jirones de oscuridad y luz violeta.
—¡Luke! —el grito no fue humano; era una sinfonía de voces celestiales y rugidos abisales.
Luke cerró los ojos por un segundo, sintiendo que su alma se desgarraba ante la potencia de esa presencia. Cuando los abrió, se encontró con los ojos de ella. Ya no eran los ojos café de la chica que amaba; eran dos pozos de negrura infinita que reflejaban el incendio de toda la creación. Jane estaba allí, pero no había rastro de la bruja, ni de la amiga. Solo quedaba el Rey Caído reclamando su trono.
El Libro de los Oscuros pesaba en las manos de Luke como si estuviera forjado con el plomo de todos los pecados del abismo. Apareció allí, materializándose en un parpadeo, justo cuando el aire de la gruta se volvía denso y eléctrico.
Luke sintió una punzada de triunfo al notar que sus facultades demoníacas respondían; a diferencia de los demás, él aún sentía el flujo de energía recorriendo sus venas, permitiéndole una transformación parcial que le otorgaba una ventaja efímera. Sin embargo, esa chispa de esperanza se apagó al observar el panorama: todos sus aliados, desde su hermano Óscar hasta la enigmática Elif, yacían en el suelo como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos.
—Despierten… por favor —susurró, pero el silencio solo fue roto por el goteo constante de agua estancada.
Luke se puso en guardia, esperando ver la silueta familiar de Jane emergiendo de las sombras. En su mente, ella era el único norte, la única razón para sostener aquel tomo prohibido. Pero la figura que se materializó frente a él despedazó sus expectativas. No era Jane.
Era una mujer de una palidez alarmante, casi traslúcida, como un pergamino antiguo que nunca fue tocado por el sol. Su cabello negro caía en bucles apretados y salvajes sobre un vestido blanco que la cubría como un sudario, dándole un aspecto de espectro victoriano atrapado en el tiempo. Sus ojos verdes, de un tono ácido y penetrante, lo observaban con una curiosidad desprovista de empatía.