1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 43

Jane caminaba por los pasillos de la Academia con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una curva gélida dictada por el alivio de haber dejado atrás el mundo de las brujas. Olivia la había dejado regresar, pero el aire del instituto se sentía distinto; ya no era el hogar de demonios que recordaba, sino una cáscara vacía que aguardaba el estruendo final. Al llegar a la habitación de Luke, el vacío la golpeó. Los muebles de madera oscura y el aroma a sándalo seguían allí, pero la esencia de él se había evaporado.

Se suponía que hoy era el día de la graduación, esa farsa institucional donde a los demonios se les entregaba la "sustancia de poder", la mitad de su esencia arrebatada al nacer para asegurar su lealtad. Para Jane, ese ritual era una burla. Ella no esperaba diplomas ni herencias; sabía que, una vez graduada, las puertas se cerrarían y su verdadera naturaleza como bruja la dejaría en una soledad absoluta.

Observó sus manos, cuyas puntas aún conservaban ese rastro de sombra que el agua no pudo borrar. Tenía un alma, una carga pesada y vibrante que los demonios fingían no poseer, y ese peso la obligaba a enfrentar la verdad: debía contarle a Luke quién era realmente, incluso si eso significaba perderlo para siempre.

Se sentó sobre el suave edredón de la cama, acariciando la tela con dedos temblorosos.

—Luke... —murmuró, al oír que la puerta se abría con una lentitud calculada.

—No, te daré otra pista —la voz de Jeremy, afilada como un cristal roto, llenó la estancia.

Jane soltó una carcajada seca, negando con la cabeza. Sabía que Jeremy estaba proyectando su alma desde el mundo mágico, una técnica de bilocación que ella siempre había envidiado por su perfección. Se levantó de la cama y clavó la vista en el techo, donde las sombras parecían arremolinarse ante la presencia del intruso.

—Jeremy... ¿por qué no vienes aquí de verdad? —preguntó ella con una sonrisa desafiante—. ¿Ahora me temes? Antes eras tú el que dictaba las reglas, pero los papeles han cambiado. Ahora tú gritarás y te tragarás mis palabras. Serás lo que yo desee, cuando yo lo quiera.

Una risita se desprendió de los labios de aquel intruso.

—Jane, jamás haré lo que tú quieras —respondió él, materializándose gradualmente en el centro del cuarto—. Tú siempre serás mi perra. No confundas las cosas solo porque estás en este nido de cuervos.

En un parpadeo, Jeremy se hizo presente físicamente. Era alto, de una belleza aristocrática y cruel, con su característico cabello blanco casi grisáceo que contrastaba con sus ojos azules, fríos como el hielo de un glaciar. Llevaba su amuleto de la ballena azul sobre su ropa ajustada, esa vestimenta que, según él, volvía locas a las mujeres, aunque la única que le importaba lo miraba con asco.

—¿Dónde están mis amigos? ¿Dónde está Luke? —exigió Jane, sintiendo cómo su corazón martilleaba contra sus costillas.

—¿Qué importa eso ahora? —Jeremy dio un paso al frente y tomó el rostro de Jane entre sus manos. Sus dedos olían a limón y azufre, un aroma que a ella siempre le había resultado nauseabundo—. Sigues siendo bella, Jane. Pero algo en ti ha cambiado. Te has vuelto... blanda.

Jane se zafó de su agarre con un movimiento violento, retrocediendo hacia la pared. La cercanía de Jeremy le recordaba los siglos de manipulación en el otro mundo.

—¿Dónde están? —volvió a preguntar, justo cuando sintió que él intentaba besar su frente.

El contacto de sus labios le provocó una arcada física.

—Por ahí —se encogió él de hombros, con una indiferencia que ocultaba una amenaza latente.

—Dime la verdad —Jane lo empujó con una fuerza sobrenatural, proyectándolo contra el muro—. ¡Dielithüy! —gritó el hechizo de inmovilización rúnica.

Jeremy quedó pegado a la pared, con los brazos extendidos como si estuviera crucificado por hilos invisibles. Jane se acercó lentamente, disfrutando por primera vez de la posición de poder. Tomó un mechón de su cabello cano y tiró de él con saña, obligándolo a mirarla.

—Sé lo que la Reina Tamara busca —siseó ella al oído de Jeremy—. La familia Rose no tiene lo que ella quiere. Ellos son solo demonios orgullosos, no poseen el secreto.

Jeremy gimió, pero la humillación le dolía más que el tirón de cabello.

—La Reina... ella... ella quiere el Libro Prohibido —confesó, soltando la información como un pájaro cantor bajo tortura—. Sabe que la familia de Luke no lo tiene, pero los usa como carnada. Los tiene cautivos para que tú sufras y le entregues el libro a cambio de sus vidas.

Jane sonrió, una expresión llena de una malicia que empezaba a asustarse a sí misma.

—¿Ves? Cuando quieres eres útil. Me gusta verte así, Jeremy, bajo mi bota.

Le dio un beso burlón en la frente antes de soltar el hechizo. Jeremy cayó al suelo de rodillas, pero antes de que ella pudiera cruzar el umbral de la puerta, él la sujetó por la cadera con una desesperación posesiva. Jane reaccionó por instinto, girándose para aferrar el cuello de él con sus dedos, apretando hasta que Jeremy tuvo que soltarla.

—Olvídate de mí —sentenció ella, acomodándose la ropa—. Ya no estamos en el mundo de la magia. Aquí eres un simple mundano con trucos baratos.

—No puedo olvidarte, Jane —dijo Jeremy, con los ojos cristalizados por una mezcla de odio y deseo—. Soy tu rey. Estás destinada a corresponderme, está escrito en tu sangre.

—Ya no —Jane se dio la vuelta, dejándolo solo en la penumbra de la habitación de Luke—. Deberías odiarme como lo hace tu hermana Olivia, Jeremy. Pero tu deseo siempre será tu debilidad.

Mientras caminaba por el pasillo, Jane comprendió que la guerra ya no era por la graduación o por el estatus en la Academia. Era una carrera contra el tiempo para encontrar el Libro Prohibido antes de que la Reina Tamara decidiera que los Rose eran más útiles muertos que como rehenes.




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