—¿Qué? —la palabra escapó de los labios de Luke como un soplo de aire frío, quedando suspendida en la humedad de la gruta sin recibir respuesta inmediata.
Olivia lo observaba con una fijeza que resultaba casi inhumana. Sus ojos verdes parecían brillar con una luz radioactiva en la penumbra, mientras jugaba distraídamente con un mechón de su cabello negro azabache.
—Bueno... te contaré la verdad, porque en el fondo soy una brujita muy caritativa —murmuró Olivia, dejando que una sonrisa lenta y cargada de veneno se extendiera por su rostro pálido—. Aunque, pensándolo bien, quizás no haya nada que contar, cariño. El silencio a veces es la respuesta más honesta que recibirás en este lugar.
Luke sintió una oleada de asco que le revolvió el estómago. Detestaba la cadencia melosa de su voz y la forma en que ella parecía deleitarse con su confusión. Él debería estar en la superficie, hombro con hombro con Jane, desenredando la telaraña de locura que conectaba el mundo de la magia con el abismo oscuro. Pero allí estaba, atrapado en una dimensión que se sentía como una herida abierta, incapaz de comprender cómo las piezas de su vida habían terminado en las manos de una desconocida.
Las sombras en las paredes de la cueva comenzaron a alargarse, moviéndose con una autonomía inquietante, como si las leyes de la física hubieran sido derogadas por la simple presencia de la bruja.
—¿Qué quieres de mis amigos? ¿Qué buscas de mi familia? —Luke la bombardeó con preguntas, su voz ganando una aspereza nacida de la desesperación—. ¿Qué es lo que realmente quieres de mí, Olivia?
Él esperaba que ella evadiera el interrogatorio con algún acertijo o una burla, pero Olivia se detuvo, inclinando la cabeza como un ave de presa que estudia a su víctima.
—Yo no quiero nada de esto, Luke. Ni siquiera fui la mente maestra detrás de este despliegue de drama gótico —confesó ella, examinando sus uñas con un desinterés fingido—. Todo fue planeado por la Reina... bueno, técnicamente por la Princesa. Ella es la que tiene los hilos, yo solo soy la que se asegura de que nadie se escape del escenario.
Hubo un silencio por unos segundos.
—¿Qué es lo que ella quiere? —insistió Luke, dando un paso al frente, ignorando el hecho de que sus poderes demoníacos seguían adormecidos en ese plano astral.
—No es de tu interés, pequeño Rose —respondió ella, cerrando la distancia con una velocidad que Luke no pudo prever. Sus rostros quedaron a centímetros, y el frío que emanaba de la bruja le erizó la piel—. Al menos, no todavía.
—¡Dilo de una maldita vez! —exclamó Luke, su paciencia rompiéndose finalmente. Sus ojos se tornaron de un ámbar encendido, un último vestigio de su naturaleza guerrera que se negaba a ser sofocado.
Olivia no se inmutó. Al contrario, su sonrisa se ensanchó, mostrando unos dientes blancos y perfectos que recordaban a un animal cazador.
—Ese es el Luke que conozco por las historias —susurró ella, casi con afecto—. El demonio impulsivo que prefiere arder antes que pensar. La Reina Tamara tenía razón: eres el cebo perfecto. Mientras tú te desvives preguntando por el bienestar de los demás, ella ya ha reclamado el Libro Prohibido del lugar donde Jane intentaba esconderlo.
Luke sintió un vacío en el pecho. Si la "Reina" ya tenía el libro, la graduación en la Academia no sería una celebración, sino una masacre ritual. Comprendió con horror que su estancia en esa cueva no era un cautiverio para obtener información, sino una distracción para que Jane se quedara sola y vulnerable.
—Ella no se lo dará... Jane nunca les entregará el libro —dijo Luke, tratando de convencerse a sí mismo más que a Olivia.
—Oh, Luke... Jane haría cualquier cosa por salvar a su "mejor amigo" —rio Olivia, retrocediendo hacia las sombras—. Incluso convertirse en lo que más odia. Y tú, mi querido demonio, eres el precio de su transformación.