La Reina Tamara permanecía sentada en su trono de obsidiana, una mole de piedra volcánica tan densa y pulida que parecía absorber la escasa luz del salón en lugar de reflejarla. Sobre los pedestales de hierro forjado, las antorchas de grasa de mandrágora chisporroteaban con una llama violácea, desprendiendo un humo dulzón que adormecía los sentidos de los presentes.
El rojo no era simplemente un color decorativo en su corte; era una doctrina, una religión visual que lo invadía todo. El carmesí profundo dominaba los pesados tapices de seda que narraban guerras olvidadas, las alfombras eran tan espesas que silenciaban los pasos, pues estaban tejidas con los cabellos de aquellos mártires que habían osado desafiar su corona.
Incluso las damas de honor, que aguardaban como estatuas en las periferias de las sombras, vestían sedas del color de la sangre arterial. Tamara amaba esa tonalidad porque le servía de recordatorio constante: la vida era un fluido precioso que podía ser derramado, recolectado y moldeado a su absoluta voluntad.
Sin embargo, la gélida magnificencia del palacio se veía empañada por los alaridos que ascendían desde las profundidades. Los lamentos de los demonios capturados y los prisioneros de la Academia se filtraban por las rejillas de ventilación de mármol, resonando con una vibración que provocaba una jaqueca persistente en las sienes de la soberana.
Tamara detestaba el dolor físico; lo consideraba una vulgaridad, una debilidad propia de los seres inferiores y mortales. Su paciencia, tan afilada como sus uñas bañadas en oro, se agotaba por segundos. Jeremy, su hermano y el ejecutor de sus ambiciones más retorcidas, se retrasaba demasiado. Las noticias sobre el Libro Prohibido —aquel tomo legendario que albergaba las claves para subyugar las dimensiones y doblegar el libre albedrío— eran tan escasas como el oxígeno en sus mazmorras.
—La cuenta regresiva ha comenzado para ella —susurró Tamara para sí misma, acariciando el brazo de su trono con una lentitud depredadora—. Esa bruja renegada nos debe una existencia entera, y cuando las deudas de sangre se cobran, el interés que se paga siempre es la cordura.
Fuera del salón, el caos era un rugido sordo. Los súbditos y guardias corrían de un lado a otro, abrumados por la titánica logística de mantener enjaulados a tantos seres del mundo oscuro sin que se desatara una rebelión interna. Para la Reina, aquel desorden no era una señal de debilidad, sino la fricción necesaria antes de una reestructuración total del universo.
De pronto, las monumentales puertas de bronce, grabadas con runas de protección, se abrieron de par en par con un gemido metálico. Jeremy entró. Su paso, usualmente altivo y rítmico, era vacilante; su porte aristocrático se veía mermado por una derrota que no lograba camuflar bajo sus ricas vestiduras.
Tamara se puso en pie de inmediato, sosteniendo la cola de su vestido escarlata con una elegancia felina que helaba la sangre de sus sirvientes. Caminó hacia él con pasos decididos, ignorando a los cortesanos que se apartaban como si ella fuera una plaga. Al llegar frente a su hermano, tomó su rostro entre sus manos —unas manos que olían a sándalo y metal— y depositó un beso pequeño y casto en sus labios. Era un sello de lealtad absoluta, un pacto de sangre que Jeremy correspondió al instante, buscando en el calor de su hermana el consuelo que el mundo exterior, frío y hostil, le había negado esa tarde.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Tamara al soltarlo, notando con un escalofrío que él se frotaba el cuero cabelludo con un rictus de agonía—. Tu rostro es un mapa de humillación, hermano. ¿Quién ha osado tocarte?
—Ella es mucho más fuerte de lo que nuestra memoria nos permitía creer —confesó Jeremy con la voz rota, casi un hilo de sonido—. La estancia en el mundo de los demonios ha provocado una mutación en su espíritu. Ya no es aquella niña asustadiza que huyó de este reino con las manos vacías; alzó su voz contra mí, me sometió con una voluntad que no reconocí. Todo lo que planeamos para la gloria de nuestro linaje corre el riesgo de marchitarse antes de dar fruto.
—¿De dónde proviene tal magnitud de poder? —inquirió la Reina, sintiendo cómo el gélido soplo de la incertidumbre se filtraba bajo su piel, a pesar del calor de las antorchas.
No podía procesar que años de conspiraciones fueran desmantelados por una simple desertora.
—Porque ella tiene la colección completa… la Biblioteca Sagrada está bajo su dominio —murmuró Jeremy, bajando la vista al suelo, incapaz de sostenerle la mirada a su hermana.
Tamara retrocedió un paso, negando con la cabeza mientras sus manos se cerraban en puños.
—Imposible. La Biblioteca Sagrada es nuestra propiedad por derecho de sangre y linaje. Los grimorios, los rituales de origen y la esencia misma de nuestra magia pertenecen a este trono. Si Jane posee esos tomos en el mundo de los demonios, su castigo no será una muerte rápida; será algo mucho más apropiado para su traición: el olvido eterno en el vacío de las almas perdidas.
—¿Acaso olvidaste lo que sucedió en aquella época, Tamara? —preguntó Jeremy de repente, clavando sus ojos azules en los de ella. Eran los mismos ojos que ambos habían heredado de su madre: un azul majestuoso, profundo y turbulento que recordaba al océano justo antes de que una tormenta perfecta lo desatara todo.
Los ojos de la Reina se cristalizaron de inmediato, perdiendo por un segundo su dureza de diamante. El recuerdo de "aquella época" —la Gran Purga, el momento en que Jane fue señalada y el Libro Prohibido desapareció entre las llamas de la rebelión— la golpeó con la fuerza de un impacto físico. Por un instante, el salón desapareció y solo quedó el olor a ceniza ácida y la mirada de traición de su madre antes de expirar su último aliento.
—Jamás lo olvidaré —susurró la Reina, recuperando su compostura de hierro con una rapidez aterradora—. Pero si Jane cree que puede usar nuestro pasado compartido como un escudo, descubrirá muy pronto que soy capaz de prender fuego a la biblioteca entera con ella dentro antes de permitir que un solo Rose ponga un dedo sobre nuestro legado ancestral.