1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 46

La bruja Olivia se desvaneció en el aire como una brizna de humo negro, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que la propia roca de la caverna. Luke permaneció inmóvil, sintiendo un vacío gélido donde antes pulsaba la amenaza de la mujer. Sus sentidos, agudizados por la adrenalina y su naturaleza demoníaca, captaron el eco de su risa burlona desapareciendo en los pliegues de la sombra. Aunque una parte de su mente le gritaba que el peligro inmediato había pasado, su instinto de demonio —ese que nunca dormía y que vibraba bajo su piel como una corriente eléctrica— le advertía que la ausencia de Olivia era solo el preludio de una tormenta mucho mayor, una distracción estratégica antes del golpe final.

Poco a poco, las sombras en los rincones más profundos de la gruta se agitaron, y su familia emergió de los recovecos donde la magia de la bruja los había mantenido paralizados y ocultos. Myriam Rose fue la primera en acercarse, rompiendo el estático silencio con el roce de su vestido contra el suelo pedregoso. Sus bucles rubios, usualmente dispuestos con una perfección milimétrica que reflejaba su estatus en la Academia, caían ahora con un desorden elegante sobre sus hombros, dándole un aspecto inusualmente vulnerable. Al aproximarse, la fragancia a rosas frescas que siempre la acompañaba —un aroma que evocaba los jardines de la mansión Rose en Ramos Mejía— inundó las fosas nasales de Luke.

Era una esencia que siempre lo había reconfortado en su infancia, pero en ese momento, se sentía como una droga diseñada para nublar su juicio y suavizar su ira. Myriam lo estrechó contra su pecho con una desesperación silenciosa, y por un instante, Luke se permitió cerrar los ojos y volver a ser el niño que necesitaba protección, apoyando la cabeza en el hombro de su madre mientras sentía que el mundo exterior, su realidad y sus certezas, se desmoronaban como castillos de arena bajo la marea.

Sin embargo, el consuelo fue breve. La calidez de su madre no podía ocultar el frío de los secretos que palpitaban en el aire. Luke se separó lentamente, sus manos aún temblando, y miró a sus padres con ojos empañados por una frustración que quemaba.

—¿Jane estará bien? —preguntó, y su voz, usualmente firme, se rompió en la penumbra de la cueva.

Nadie respondió de inmediato.

El silencio se prolongó de forma agónica, interrumpido solo por el goteo rítmico de una estalactita lejana.

—No te preocupes por ella ahora, Luke. Lo único que importa es que tú estés a salvo y que regresemos a donde pertenecemos —murmuró Dean Rose.

Su padre hablaba con una frialdad técnica que caló hondo en el joven. Dean permanecía erguido, con la severidad de un juez, y esa mirada que Luke conocía tan bien: la mirada de quien sabe demasiado y no planea compartir ni una sola sílaba.

Luke comprendió en ese instante que el odio de su familia hacia Jane no era un simple prejuicio; era un muro de piedra infranqueable, cimentado en un temor antiguo. Le dolía el alma admitir que amaba a una mujer que, según todos los presentes, solo le había entregado mentiras manufacturadas y manipulaciones psicológicas.

¿Era su amor una construcción artificial de la mente de Jane? ¿Había ella utilizado sus poderes para borrar al verdadero Luke y crear un títere emocional que se sintiera irremediablemente atraído por su oscuridad? Se sentía enamorado de una sombra, de un "amor prohibido" que resultaba ser más peligroso y arcaico que cualquier libro que los demonios intentaran proteger.

—Necesito hablar con ella. Necesito la verdad, no más versiones a medias ni susurros en los pasillos —insistió Luke, clavando su mirada ámbar en la de Dean, desafiando la autoridad de su padre por primera vez en su vida.

—Ella volverá a su mundo, hijo. Es una bruja; ellos siempre regresan a su raíz. Vendrá cuando esta tontería termine y nos dirá qué es lo que realmente busca de nosotros —respondió Dean con una sonrisa forzada que no lograba alcanzar sus ojos sabios, cargados con el peso de siglos de conocimiento guardado.

Luke guardó silencio, pero su mente trabajaba a una velocidad frenética, uniendo puntos que antes parecían inconexos. Recordó las tardes interminables en la biblioteca de su mansión, donde su padre oficiaba como Guardián del Conocimiento. Allí, la categoría de "Magia" simplemente no existía; estaba borrada de los índices. Los demonios de alto rango llamaban a la brujería "lo prohibido", no por desprecio, sino por una prohibición que rayaba en lo sagrado.

Cambiando la presión del aire en la cueva con su propia determinación, Luke formuló la pregunta que hizo que incluso las sombras se detuvieran:

—¿Por qué buscan tanto ese Libro Prohibido? ¿Qué tiene que no tengan los miles de volúmenes que custodiamos? —preguntó, mirando fijamente a Myriam, cuya expresión se fragmentó por un segundo.

—Porque solo los demonios de sangre pura poseen el secreto de la custodia de ese volumen, Luke. Es nuestra carga y nuestra gloria —respondió Myriam, bajando la vista hacia sus manos entrelazadas.

—¿No hay otros ejemplares? ¿Es el único en toda la existencia? —insistió el joven, sintiendo que estaba a punto de tocar el centro de la conspiración.

—Hay una saga completa, Luke. Una colección de tomos que rigen el equilibrio entre la luz, la sombra y el caos —intervino Elif, emergiendo de entre las sombras con su habitual aire de superioridad, su postura impecable desafiando la miseria del entorno—. Pero solo se conoce el paradero de ese ejemplar en particular. El resto está perdido en los anales del tiempo.

—¿Qué es lo que sabes tú, Elif? —preguntó Lionel, que hasta ahora se había mantenido en la periferia de la conversación, con el rostro pálido por el miedo.

Elif se humedeció los labios, saboreando el momento de revelación como si fuera un vino caro.

—Lo sé todo... El autor de todas esas obras es la Entidad Suprema. Pero no trabajó en soledad; tuvo colaboradores. Los escritos fueron dictados a una bruja y a un demonio, los más poderosos de la primera era, los arquitectos originales de las reglas que hoy nos encadenan a todos.




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