Dean Rose observaba las paredes de la mazmorra con una mezcla de desprecio aristocrático y análisis clínico. Las piedras, húmedas y recubiertas de un musgo violáceo que parecía alimentarse del sufrimiento, no eran simples elementos arquitectónicos; eran extensiones vivas del palacio de la Reina Tamara. Como Guardián del Conocimiento, la mente de Dean estaba entrenada para clasificar el universo en datos precisos, fechas inamovibles y leyes físicas inmutables. Sin embargo, los eventos recientes lo estaban arrastrando hacia un mar rabioso de incertidumbre donde ninguna de sus enciclopedias tenía autoridad.
La lógica, ese pilar de acero sobre el que había construido su prestigiosa carrera docente en la Academia, se desmoronaba ante la magia caprichosa y caótica de los brujos. No estaban en una simple cueva de Ramos Mejía; este era un lugar diseñado específicamente para que la esperanza muriera por inanición antes de que el cuerpo se rindiera al verdugo.
Los minutos se dilataban en la penumbra, volviéndose pesados, densos y asfixiantes como el plomo derretido. El dolor ya no era solo una amenaza física que acechaba en las sombras de los guardias; era una tortura psicológica sutil, un veneno invisible que se filtraba por las grietas de sus corazones demoníacos.
Dean podía sentir la desesperación de los otros adultos a su alrededor. Eran demonios de alto rango, guerreros y eruditos que habían sobrevivido a guerras ancestrales y purgas dimensionales, y aun así, muchos de ellos preferirían mil veces las llamas purificadoras del Infierno y las severas disciplinas del Rey de las Sombras antes que permanecer un segundo más en la elegancia nefasta del mundo mágico. En el Infierno, por cruel que fuera, había reglas, jerarquías y una justicia oscura pero predecible; aquí, en el reino de Tamara, solo existía el capricho volátil de una soberana vestida de rojo.
En medio de esa atmósfera opresiva, Myriam permanecía a su lado como una anomalía de luz. Dean la observó con un detenimiento casi doloroso, notando una chispa de fe que brillaba en su aura con una intensidad que rayaba en lo sobrenatural.
Se acercó a ella, rompiendo el espacio de seguridad que los prisioneros mantenían por inercia, y se dejó hipnotizar una vez más por sus ojos verdes. Eran ojos que no conocían el artificio ni la doblez; espejos de un alma que, a pesar de las mentiras que rodeaban a la familia Rose y la perturbadora presencia de Jane, siempre le habían devuelto la verdad desnuda. Myriam era su ancla en la tempestad, su única razón para no sucumbir a la parálisis del miedo que amenazaba con convertirlo en piedra.
—¿Qué sucede realmente, Myri? —preguntó Dean en un susurro apenas audible, buscando la calidez de su voz en aquel frío sepulcral que parecía emanar del suelo mismo—. Hay una sombra nueva en tu mirada, algo que mi conocimiento no logra descifrar.
—No lo sé, Dean. Hay verdades emergiendo desde las profundidades que me hacen dudar de nuestra propia esencia —respondió ella, sin apartar la vista de la suya, sosteniéndole la mirada con una valentía que él envidiaba—. Nuestros hijos... ellos no merecen ser peones descartables en este tablero de brujas. Y esa chica, Jane... ella es la grieta, Dean. Es el punto de ruptura por el que se está colando el fin de todo lo que conocemos. No quiero que mi bebé salga herido en este fuego cruzado.
Dean frunció el ceño, sintiendo una punzada de irritación paternal mezclada con su habitual rigor académico. Detestaba que Myriam siguiera refiriéndose a Luke y Óscar como "bebés" ahora que eran jóvenes adultos, demonios capaces de portar el Libro de los Oscuros y de enfrentar su propio destino.
—No los llames así, Myri. Ya son hombres, guerreros en formación que deben aprender a sangrar —replico él, intentando recuperar su máscara de Guardián imperturbable—. Sabes perfectamente que me desagrada esa infantilización, especialmente en un momento donde la debilidad se paga con la existencia.
Pero Myriam no se retractó ni se dejó intimidar por su tono severo. En cambio, con un movimiento lento y deliberado, tomó la mano derecha de Dean con una firmeza que lo dejó sin aliento. Guió sus dedos, ásperos por el manejo de pergaminos antiguos, hacia su vientre, presionándolos contra la tela desgarrada y polvorienta de su vestido.
—No estoy hablando de ellos, Dean —murmuró ella, y una sonrisa que era mitad milagro divino y mitad condena eterna iluminó su rostro cansado—. Tendremos un bebé. Uno de verdad.
El mundo de Dean Rose se detuvo en seco.
El tiempo, las paredes de la mazmorra y los gritos distantes desaparecieron. Bajo la palma de su mano, sintió una vibración eléctrica, un movimiento rítmico y potente que no pertenecía al pulso acelerado de su esposa. Era una presencia mágica pura, vibrante y feroz, abriéndose paso con una voluntad indomable en medio de aquel mausoleo de piedra. Myriam estaba encinta. En el mundo de los demonios, donde la fertilidad era un don escaso y sagrado, un nuevo rastro de vida era un acontecimiento de poder incalculable, un faro de energía que podía alterar el equilibrio de las dimensiones.
—No podemos decir ni una sola palabra... —advirtió Dean, y su voz, antes autoritaria, se volvió áspera y temblorosa por un pánico que nunca había experimentado—. Si Tamara llega a olfatear esta vida, si se entera de que llevas una semilla de los Rose en tu vientre, usará este milagro para doblegarnos por completo. Lo convertirá en su trofeo, en su sacrificio final.
—Lo sé —asintió Myriam, dejando caer su cabeza sobre el pecho de su marido, buscando el latido de su corazón—. Pero un embarazo demoníaco no es silencioso, Dean. La magia que emana es como un canto de sirena; es increíblemente difícil de ocultar a los sentidos refinados de una bruja como ella.
—Lo mantendremos en las sombras más profundas hasta nuestro último aliento —sentenció él, rodeándola con sus brazos con una fuerza posesiva, como si su propio cuerpo pudiera actuar como un escudo contra el universo entero—. No dejaré que otro de mis hijos muera por los pecados y las ambiciones de este reino maldito. Usaré cada gramo de mi saber para ocultarte.