1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 48

Luke se sentía como un náufrago en un océano de rostros conocidos que, sin embargo, le resultaban completamente ajenos. La soledad que lo embargaba no nacía de la falta de compañía, sino de la ausencia devastadora de Jane.

En la penumbra de la mazmorra, cada mota de polvo que bailaba en los escasos rayos de luz era un recordatorio punzante de que ella, el eje absoluto de su universo, era también el motor de su desgracia. ¿Cómo podía amarla después de saber que era una pieza clave en el tablero de la Reina Tamara?

La bruja Olivia se había encargado de sembrar la cizaña de la duda: Jane pertenecía a ese mundo de espejos rotos y espinas de cristal, un reino que ella siempre afirmó odiar pero del que, al parecer, nunca había querido escapar del todo.

—Me dejaste solo —susurró Luke, con la voz ahogada por la sequedad de la celda—. Rompiste nuestra promesa.

A su alrededor, el entorno se manifestaba como una pesadilla gótica tallada en piedra fría. Luke clavó la vista en una columna cercana; el capitel no estaba esculpido en mármol, sino que se apoyaba sobre el tórax calcificado de un demonio de eras pasadas, cuyos huesos servían ahora de soporte arquitectónico. Era un recordatorio macabro de que aquel lugar siempre había sido un matadero ritual para su especie.

Observó con horror cómo sus compañeros de cautiverio se marchitaban, volviéndose pálidos, erráticos y grises, drenados por una atmósfera mágica que actuaba como un parásito invisible sobre sus esencias demoníacas. Sin embargo, Luke notó algo perturbador: él no sentía esa debilidad. Al contrario, la energía del lugar vibraba en sus venas con una familiaridad aterradora, como si su propia sangre estuviera reconociendo un hogar que nunca había visitado en su vida.

Cerca de él, su hermano Óscar intentaba mantener una fachada de normalidad conversando con Wila. Luke reconoció los gestos de su hermano: la forma en que se pasaba la mano por el cabello y esa sonrisa ladeada y ensayada, tácticas de seducción que solía desplegar en las fiestas de la Academia para ocultar su inseguridad.

Luke deseó que, por una vez, Óscar encontrara algo real en Wila, una chispa de felicidad genuina que a él se le había negado. Pero la frágil paz se hizo añicos rápidamente. Myriam Rose intervino con una severidad inusual, cortando la plática de raíz y arrastrando a Wila hacia Luke con una insistencia que rayaba en la manía.

—Luke, habla con ella. Necesitas distraerte —ordenó Myriam. Sus ojos verdes, usualmente cálidos como un bosque en verano, estaban inyectados en una urgencia desesperada, casi eléctrica.

Luke notó que su padre, Dean, observaba la escena desde la penumbra, con una mano protectora que rozaba de manera casi imperceptible el hombro de Myriam. Había una tensión palpable entre sus padres, un secreto compartido que latía con más fuerza que el propio miedo a la muerte en aquella celda.

—Vete con Óscar, Wila. No me siento bien —cortó Luke, incapaz de fingir cortesía mientras su mundo se derrumbaba.

Necesitaba agudizar el oído, descifrar qué susurraban sus padres entre las sombras, pero el murmullo de los prisioneros despertando se volvió un estruendo insoportable.

De pronto, el chirrido agónico de las bisagras oxidadas anunció el fin de la tregua.

Olivia entró en la mazmorra, arrastrando tras de sí un carro de hierro cargado con instrumentos de tortura que despedían un fulgor plateado y siniestro.

—Buenos días, amiguitos —saludó la bruja, mostrando una hilera de dientes demasiado blancos para ser humanos—. Hoy tengo un capricho especial. Solo torturaré a uno de ustedes, pero dejaré que la democracia decida el menú. ¿Quién se ofrece como voluntario para el espectáculo de esta mañana?

El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por la respiración agitada y rítmica de Myriam.

—Iré yo —dijo Luke, poniéndose en pie con una lentitud solemne.

Su voz resonó con una autoridad que sorprendió incluso a Dean, quien lo miró con una mezcla de orgullo y espanto.

—¡No! —gritó Myriam, intentando abalanzarse hacia su hijo, pero Dean la sujetó por la cintura con una fuerza desesperada, casi violenta.

La protección de su padre hacia su madre era irracional en ese momento, como si cualquier esfuerzo físico pudiera poner en peligro la frágil vida que Dean ahora sabía que Myriam custodiaba en su vientre.

Olivia soltó una carcajada cristalina que rebotó en las paredes húmedas.

—Qué noble, qué tonto... qué predecible, Luke Harper Rose.

Sin previo aviso, la bruja lanzó un látigo de energía purpúrea que se enroscó en el cuello del joven, arrastrándolo por el suelo frío y húmedo. El pavimento estaba empapado por la filtración de la lluvia ácida del exterior, y el contacto de la piel de Luke con el agua estancada produjo un siseo de vapor, quemando su ropa y su carne.

—Suéltame... —jadeó Luke, mientras el látigo apretaba su tráquea, convirtiendo el aire en un lujo inalcanzable.

—¿Y por qué lo haría, cariño? —Olivia lo soltó de golpe frente a una mesa de madera reforzada con hierro—. Eres un espécimen tan hermoso que romperte será una obra de arte muy superior a tu propia cara.

Con un movimiento fluido, Olivia hizo aparecer grilletes de plata grabados con runas celestiales.

—Cadenas reforzadas con agua bendita —murmuró ella mientras apresaba las muñecas de Luke con un chasquido metálico—. Un clásico para los demonios de tu casta.

Luke sintió el escozor corrosivo del metal bendito contra su piel, pero para su propia sorpresa, el dolor era soportable. Era apenas una caricia de fuego comparada con el vacío existencial que sentía al pensar en Jane.

—Agua bendita... —se burló Luke, mostrando los colmillos en una sonrisa desafiante—. Esto no me detendrá por mucho tiempo. Mi linaje es más resistente de lo que tus libros cuentan.

—Oh, lo sé perfectamente —respondió Olivia, acercándose tanto que Luke pudo oler el aroma a ozono, azufre y sangre que desprendía su magia—. El metal no es para detenerte, tontito. Es para mantenerte despierto, lúcido y anclado a la realidad para lo que viene. La peor tortura no es el dolor físico, Luke. Es la visión de la verdad.




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