Jane permanecía recostada sobre el edredón desgastado de su cama, observando las grietas del techo como si fueran las líneas de un mapa de una vida que ya no lograba reconocer. El aire en la habitación se sentía estancado, cargado con el peso de las decisiones que no podían postergarse más. Sabía que el tiempo de las evasiones, de los juegos de identidad y de los refugios temporales se había agotado de forma definitiva; era la hora de aceptar la realidad, su propia verdad, esa que le dolía en el centro del pecho como una quemadura de tercer grado que se negaba a sanar.
Una premonición, vívida, sangrienta y aterradoramente nítida, se había instalado en sus pensamientos: su final no sería una gesta heroica ni un cuento de hadas; sería horrendo, un sacrificio oscuro en un altar de traiciones. Sin embargo, el miedo por su propia integridad se disipaba al pensar en Luke.
Si su caída servía para que él encontrara una brizna de paz en aquel caos, ella caminaría hacia la hoguera con una sonrisa en los labios. En el mundo de la magia, donde el poder era la única moneda de cambio y la ambición el único motor, Jane nunca se había preocupado por nadie. Pero Luke había cambiado su frecuencia vibratoria, convirtiéndola en un ser que ya no encajaba en su propio molde de bruja despiadada.
—Esta realidad no me la dio la vida —susurró Jane hacia el techo, sintiendo el frío de la habitación filtrándose bajo sus sábanas—. La construí yo, ladrillo a ladrillo, con mentiras bien articuladas y anhelos desesperados.
Recordaba con una amargura punzante sus días en la Universidad Nacional de La Matanza. Se veía a sí misma asistiendo a las clases de Comunicación Social, sentada entre estudiantes que soñaban con medios y noticias, mientras ella fingía que un diploma o una calificación perfecta le otorgarían la libertad que buscaba. Pero el mundo académico era demasiado pequeño, demasiado humano.
La verdadera vida solo comenzó cuando decidió crear su propia versión del universo, una realidad falsa pero palpable donde ella tenía el control. Para Jane, la realidad siempre había sido una construcción simbólica, y ella se había convertido en la arquitecta más ambiciosa de su era.
Con un movimiento brusco, se levantó de la cama. La inacción se estaba convirtiendo en un veneno que paralizaba sus músculos. Necesitaba regresar al mundo mágico, a ese rincón de agonía, incienso y hechizos que tanto odiaba, pero que formaba parte de su ADN. Para lograrlo, necesitaba a alguien que conociera los atajos entre dimensiones, alguien cuya lealtad fuera tan voluble como su propio poder. Sabía exactamente dónde encontrarla: en una casucha de cemento y sombras, oculta bajo la estructura masiva y ruidosa de la Avenida General Paz, donde el mundo humano y el mágico se solapaban en un rincón de olvido.
Caminó con paso firme por las calles, ignorando el rugido del tráfico porteño que vibraba sobre su cabeza. Al llegar a la puerta de chapa oxidada, Jane no llamó ni pidió permiso; ejecutó un hechizo de apertura rápida que los brujos suelen aprender en la infancia, pero que en sus manos se sentía cargado de una intención oscura.
Sus dedos temblaron levemente al trazar el sello en el aire; había pasado tanto tiempo fingiendo ser una mortal común que las palabras rúnicas se sentían pesadas, casi extranjeras en su lengua. Aun así, la puerta cedió con un estallido seco de energía, proyectando a Elif contra la pared opuesta de la habitación.
Jane entró en la guarida, un espacio saturado de olor a incienso barato, libros viejos y el aroma metálico del ozono. Se acercó a su antigua compañera con una sonrisa cargada de un poder que empezaba a despertar de un largo letargo.
—Elif, necesito tu ayuda —sentenció Jane, clavando su mirada intensa en la de la otra mujer.
—¿Así es como pides favores ahora, Jane? ¿Irrumpiendo y estampándome contra mi propia pared? —preguntó Elif, recuperando el aliento mientras se sacudía el polvo de su túnica oscura—. Te has vuelto ruda y poco elegante en el mundo de los mortales.
—Sé que tienes poder suficiente para liberarte en un parpadeo, Elif. Usé mi magia porque no tengo tiempo para protocolos ni cortesías —respondió Jane con una frialdad que helaba el aire—. Necesito un portal estable. Mis amigos y la familia Rose están atrapados en las mazmorras de Tamara. Tengo que volver al palacio.
Elif la observó en un silencio denso, analizando el aura de Jane, que palpitaba con una luz negra e inestable, como una estrella a punto de colapsar.
—Lo haré —cedió finalmente Elif, apartando unos frascos de su mesa de trabajo—. Me ayudaste en el pasado cuando la Inquisición de las Brujas me seguía el rastro en aquel sector prohibido. Considera esto el pago final de mi deuda de sangre contigo.
Jane sintió un alivio momentáneo, pero el dolor seguía allí, como una presión constante en su garganta. No solo necesitaba el portal; necesitaba saber quién era realmente antes de que la amnesia selectiva que se había autoimpuesto borrara sus pecados. Su egocentrismo la había llevado a lastimar a demasiadas personas, y el vacío en su memoria era una tortura peor que cualquier látigo de Olivia.
—También necesito que me devuelvas mis recuerdos, Elif —pidió Jane, y su voz se volvió un ruego quebradizo—. Muéstramelos tal como fueron. Sin filtros, sin piedad, sin adornos. Quiero ver a mi "yo" real y el daño exacto que causé para llegar hasta aquí.
Elif asintió solemnemente y comenzó a preparar un caldero de plata donde el humo empezaba a formar figuras fantasmagóricas y rostros del pasado. Mientras esperaba, Jane se acercó a una de las estanterías de la guarida, donde descansaban grimorios cuyos lomos parecían estar hechos de una piel demasiado similar a la humana.
El recuerdo de Luke la golpeó de nuevo con la fuerza de un impacto. Extrañaba sus ojos azules, esa mirada que a menudo la desarmaba en medio de sus discusiones en la Academia, cuando él intentaba usar su lógica demoníaca para convencerla de que tenía razón.