Zed caminaba por las calles de Buenos Aires con la parsimonia de quien no pertenece al tiempo, sino a la eternidad. Sus pasos, aunque firmes y decididos, no emitían sonido alguno sobre el asfalto gastado de la ciudad, como si la materia misma se apartara para no perturbar su tránsito.
Como ángel del Señor, su esencia vibraba en una frecuencia distinta, una que le permitía observar las capas ocultas de la realidad que los humanos, en su ceguera cotidiana y su prisa por existir, pasaban por alto. Él no solo veía los edificios de cemento y los rostros cansados; veía los hilos de energía que conectaban a las almas, las sombras de los antiguos pecados y las luces tenues de las plegarias no pronunciadas.
Había oído las nuevas a través de los vientos del éter: los Oscuros, esa estirpe de demonios que custodiaba los secretos de la Academia, se encontraban en un peligro inminente. Estaban siendo consumidos por la ponzoña del mundo mágico, atrapados en una dimensión que no les pertenecía.
Zed, movido por una compasión que a menudo irritaba a sus hermanos más severos y dogmáticos, no podía darles la espalda. Para muchos en el Cielo, un demonio era un error que debía ser borrado; para Zed, eran piezas necesarias de una creación que amaba con una intensidad dolorosa.
Para él, la humanidad era la obra cumbre de su Padre, el proyecto más arriesgado y hermoso. Observaba a los hombres y, sobre todo, a las mujeres —aquellas figuras de resiliencia infinita, portadoras de la chispa de la Entidad Divina, la esposa de su Padre— con una mezcla de fascinación y melancolía.
Le dolía haber descendido a la Tierra bajo el asfalto de la General Paz solo con una misión de rescate, sin la oportunidad de sumergirse en la riqueza de su cultura, en el caos de sus pasiones o en la evolución de sus artes.
—Nada es perfecto —susurró Zed para sí mismo, mientras cruzaba una avenida donde los carteles publicitarios prometían una felicidad instantánea y vacía en cuotas sin interés—. Ni siquiera Él lo es, aunque el dogma celestial nos obligue a cantar lo contrario en los coros del alba.
Por primera vez en eones, Zed sintió el aguijón de la necesidad. No era hambre ni sed física, sino ese impulso humano de actuar antes de que el destino cierre sus mandíbulas de hierro. Había estudiado a fondo la realidad humana, comprendiéndola no como algo dado por Dios, sino como una construcción social compleja. Recordaba las teorías de los juristas y sociólogos que tanto le gustaba leer en las bibliotecas terrenales: “La realidad es una construcción; mi realidad puede ser tu mentira en la tuya”. Para Zed, los humanos habían creado su propio infierno colectivo bajo el sol, un sentido compartido de tortura que se alimentaba de la posmodernidad, esa era de inmediatez y egoísmo donde la búsqueda del placer individual y momentáneo había reemplazado al bienestar de la comunidad.
El ángel se detuvo frente a un escaparate lleno de televisores en liquidación. Las pantallas mostraban imágenes rápidas, fragmentadas y violentas. Recordó la Teoría Hipodérmica que tanto mencionaban los teóricos de la comunicación: la idea de que los medios inyectaban ideas directamente en la psique de la sociedad como si fueran una jeringa, creando un "hombre masa" que se sentía igual a todos, que era egoísta y que seguía las normas impuestas sin cuestionar, siempre en busca de su propio placer. En el Cielo, las cosas no eran muy distintas; el dogma se inyectaba con la misma eficacia anestésica, y últimamente, la organización celestial se sentía tan fracturada, burocrática y manipulada como una red social en plena crisis de identidad.
—He perdido demasiado tiempo filosofando, perdiéndome en las ramas de la sociología mortal —se recriminó Zed, sacudiendo sus alas invisibles que pesaban más que de costumbre—. El tiempo es un lujo de este plano, y a los Rose se les está agotando como arena en un reloj roto.
Su misión era clara y peligrosa: debía ayudar a los Oscuros. No podía permitir que Luke o su familia perecieran bajo el yugo de la Reina Tamara. Sabía que muchos de sus hermanos celestiales, como Lionel, se habían desviado del camino original, dejándose seducir por los deseos de los demonios o por las ambiciones del mundo mágico. Lionel pronto enfrentaría el castigo de su Padre, de eso Zed no tenía dudas; la justicia divina era lenta como el movimiento de los glaciares, pero inevitablemente aplastante.
Zed se encontraba ahora cerca de la zona donde las energías de los dos mundos —el demoníaco y el mágico— colisionaban, creando un vórtice de presión que solo él podía percibir. Sentía el rastro de Luke, una nota de agonía en medio del silencio, y el miedo —esa sensación humana tan nueva, picante y embriagadora— lo atenazaba por completo. Tenía miedo de fallar, de ser castigado por su "desviación" humanista al intentar salvar a quienes el Cielo consideraba enemigos, o peor aún, de que la luz que él portaba no fuera suficiente para combatir la oscuridad densa y milenaria que Olivia estaba desplegando en las mazmorras del palacio.
A diferencia de sus hermanos caídos, Zed decidió seguir el plan al pie de la letra, pero con un matiz de su propia cosecha: la luz que él traía no solo destruiría el mal, sino que intentaría rescatar lo que quedara de bondad en ese conflicto.
Sabía que la llegada de los medios masivos y la tecnología había homogeneizado a la sociedad en un gran problema global, convirtiendo a los individuos en seres que buscaban el bienestar inmediato, pero él confiaba en que la chispa de la creación divina —esa que la Entidad Divina insuflaba en cada alma al nacer— podía todavía cambiar el curso de lo que ya estaba escrito en las estrellas.
—El destino está trazado en piedra, pero la tinta aún está húmeda en los márgenes —murmuró, extendiendo su mano hacia el aire vibrante.
Frente a él, el espacio empezó a desgarrarse, formando una grieta de luz dorada que olía a incienso y a tormenta eléctrica.