Jane permanecía inmóvil, observando a Elif con una mezcla de fascinación y terror contenido. La bruja estaba apoyada contra la pared descascarada de su apartamento, una estructura que parecía sostenerse más por voluntad mágica que por la integridad de sus ladrillos.
El papel tapiz, de un blanco amarillento y veteado por la humedad de años, se desprendía en jirones que colgaban como piel muerta, otorgando al ambiente una atmósfera de decadencia inminente, casi fúnebre.
Elif vestía de una manera extravagante, una característica tan intrínseca a su ser como su perturbadora costumbre de poseer cuerpos ajenos. Jane sabía que el recipiente actual de la bruja era un veterinario moreno de mediana edad, un hombre cuya única virtud era una cuenta bancaria rebosante; era la táctica predilecta de Elif para camuflarse en la mediocridad de la clase media argentina mientras disfrutaba de lujos terrenales sin levantar sospechas en el plano mortal.
Sin embargo, para los ojos de Jane, la verdadera esencia de Elif era imposible de ocultar tras esa máscara de carne humana. Bajo la cáscara del veterinario, se vislumbraba la silueta de una mujer de cabellera negra volcánica, con bucles pesados que caían sobre sus hombros y enmarcaban unos labios carnosos, permanentemente rosados. Pero lo más hipnótico, y a la vez lo más peligroso, eran sus ojos: un azul oceánico tan profundo y cambiante que podía evocar la calma cristalina de un arrecife o la furia destructiva de una tormenta en alta mar.
Su voz, que Jane siempre había encontrado extrañamente angelical, era la misma que solía susurrar cuentos a los niños moribundos en los hospitales de Buenos Aires; no por bondad, sino para recolectar sus almas puras antes de que los demonios de la crisis actual las reclamaran como moneda de cambio en el mercado negro del infierno.
—Deja de analizarme, Jane. No has venido hasta aquí por mi estética —sentenció Elif con una vibración en su voz que erizó la piel de su invitada, rompiendo el silencio del apartamento.
Sus poderes eran legendarios en el submundo, comparables incluso a los de la mítica Bones, la bruja que en los años noventa había revolucionado la magia con su grimorio Almas en juego. Jane recordaba ese libro con una punzada de dolor; su madre se lo leía antes de dormir, arropándola bajo sábanas que olían a lavanda y hechizos de protección. Era la historia de dos amantes condenados por un conjuro que transformaba el odio en un amor ficticio, una realidad artificial que terminaba en una carnicería emocional. Jane nunca terminó de leerlo porque su madre desapareció sin dejar rastro antes de llegar al último capítulo, y ahora, el solo recuerdo la hacía sentirse más débil, más rota de lo que podía permitirse.
—Recupéralos, Elif. Todos. Sin filtros. —La petición de Jane fue un susurro cargado de un pavor ancestral.
Elif se acercó con movimientos fluidos, casi inhumanos, y colocó sus manos gélidas sobre las sienes de Jane. El contacto fue eléctrico, un choque de voltajes opuestos. El dolor las invadió de inmediato, una punzada migrañosa que amenazaba con partirles el cráneo en dos. Los ojos de ambas se tornaron de un violeta oscuro y brillante, el color de la magia de alto nivel que se utiliza para desgarrar el velo del olvido absoluto. Un hechizo de sellado monumental, una arquitectura de amnesia diseñada por la propia Jane años atrás, protegía sus recuerdos, pero Elif empujó con una fuerza bruta, rompiendo los diques de la memoria con la sutileza de un terremoto.
De pronto, el dique se rompió.
Jane abrió los ojos con una fuerza violenta, gritando sin emitir sonido mientras las imágenes la golpeaban como metralla incandescente. No era un sueño; era su mundo, el mundo de la magia que ella misma había moldeado a su antojo, deformando la voluntad de los demás. El corazón se le cayó a pedazos, fragmentándose en mil astillas de culpa al recordar las vidas que había segado para pavimentar su camino hacia una supuesta felicidad. Había sido una arquitecta egoísta y sanguinaria, capaz de torturar almas aliadas y dejarlas arder en el fuego eterno solo para satisfacer su visión de una "realidad perfecta" donde ella no sufriera.
—Soy una idiota... una maldita egoísta —sollozó Jane, cayendo de rodillas sobre el suelo frío.
El lenguaje produce pensamientos, y sus pensamientos habían construido una locura mental donde ella se creía la heroína de una historia que, en realidad, estaba escrita con la sangre de inocentes. Recordó cada minuto de su amistad con Luke, cada promesa, cada mirada en la Academia, pero ahora la línea entre lo real y lo ficticio se había desdibajado tanto que no sabía si estaba cuerda o si su vida entera era un delirio del que debía despertar antes de que la oscuridad la devorara. ¿Era ella la loca por querer cumplir sus sueños a cualquier precio, o lo eran los demás por haber aceptado la realidad distorsionada que ella les había impuesto como una verdad absoluta?
Elif soltó sus sienes con una brusquedad que hizo que la cabeza de Jane rebotara. Sus ojos recuperaron lentamente el azul oceánico mientras observaba a la joven con una mezcla de lástima gélida y una indiferencia profesional. Lo había visto todo: las masacres en el nombre del amor, los pactos prohibidos con entidades oscuras y la traición sistemática a la familia Rose.
—Jamás lograré cambiar lo que hice —dijo Jane, con los ojos cristalizados por lágrimas que se negaban a caer. Sus manos temblaban violentamente—. Es tarde. No quiero que Luke o mi familia mueran por mi culpa. No puedo tolerar que haya más muertos por mis acciones, Elif. Ya no.
Jane mordió su labio inferior con tal saña que el sabor metálico de la sangre inundó su boca, intentando desesperadamente que ese dolor físico distrajera el nudo asfixiante que se cerraba en su garganta. Miró hacia el techo, hacia el papel tapiz moribundo, rogando que las lágrimas no cayeran, pero el peso de la culpa era una gravedad insoportable que la empujaba hacia el abismo.