1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 53

Los días, las horas, los minutos y hasta los segundos se deslizaban por las paredes de piedra de la celda como gotas de veneno lento, goteando con una monotonía que amenazaba con erosionar la cordura de los prisioneros.

En la penumbra asfixiante de las mazmorras del Palacio de Tamara, la realidad se había vuelto una masa informe y horrible, un laberinto de sombras mucho más vasto y cruel de lo que cualquiera de los Rose había llegado a imaginar.

Hacía lo que parecía una eternidad que los guardias, con sus armaduras tintineando como campanas fúnebres, se habían llevado a Luke y a Myriam. El silencio que dejaron tras de sí no era paz; era un grito sordo, una ausencia que golpeaba las paredes y no hallaba respuesta.

Óscar permanecía en un rincón, con la espalda pegada a la piedra húmeda y la mirada perdida en la oscuridad densa del techo. Sabía, por su larga y agónica estancia en el Infierno —donde el tiempo se retuerce como una serpiente herida—, que la tortura más efectiva no siempre requería látigos ni hierros candentes.

—La mente es el campo de batalla más sangriento —pensó Óscar, sintiendo un escalofrío que le recorría la columna vertebral—. Olivia no solo usa magia; usa verdades retorcidas, las toma y las deforma hasta que no queda nada de la persona original.

Sabía con una claridad aterradora que a Luke, con su corazón noble y peligrosamente expuesto, la bruja le estaría proyectando una realidad construida sobre sus mayores deseos vueltos cenizas. A su madre, Myriam, probablemente la sumergiría en un vacío de soledad absoluta, arrancándole la presencia de su familia, que era su único norte, su brújula y su mayor debilidad ante cualquier ojo que se atreviera a observarlos. Óscar apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. Haber pasado años como un alma en pena, cosechando pecados ajenos, le otorgaba una coherencia letal sobre el dolor de los demás; conocía perfectamente el peso de las culpas que se cargan cuando no hay luz que las disipe.

Se encontraba sentado en el suelo gélido, una superficie de piedra que permanecía perpetuamente mojada por una lluvia antinatural que caía sobre los jardines del palacio desde el preciso instante en que su madre se había ido. Se abrazó a sí mismo, encogiendo sus hombros anchos, sintiéndose por primera vez un átomo insignificante en un mundo saturado de personas que ni siquiera sabían que él existía.

De pronto, una mano cálida y firme se posó sobre su pierna, instándolo a que dejara de esconder el rostro entre las rodillas. Otra mano, más delicada, intentó acunar su mejilla. Óscar frunció el ceño con una violencia repentina y se apartó con un movimiento brusco, como si aquel contacto humano fuera un estigma de hierro incandescente. No quería que nadie, absolutamente nadie, viera las grietas que empezaban a fragmentar su armadura de guerrero.

Sin embargo, la persistencia de la joven fue mayor que su rechazo.

Óscar alzó la vista, bufando con fastidio, y se topó con unos ojos verde claro, intensos y hermosos, que eran parcialmente ocultos por mechones rubios que escapaban de la coleta alta que la joven lucía. Era Wila. Su mirada tenía una profundidad que le recordaba a la mirada apasionada, pero llena de advertencia, que su madre le dirigía cuando era un niño y se portaba mal; esa mezcla de reproche delicado y protección absoluta que decía claramente: "Estás castigado, pero sigo aquí para cuidarte".

Incomodado por esa vulnerabilidad compartida, Óscar se levantó con un movimiento brusco del suelo y caminó con pasos pesados hacia los garrotes de la celda. Agarró los barrotes de hierro frío con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos como el hueso, tirando de ellos como si intentara quebrar la estructura misma de ese mundo ficticio. Sintió la presencia de Wila a su lado una vez más, como una sombra suave que se negaba a abandonarlo.

—¿Qué quieres? —preguntó Óscar, sin girar la cabeza, con una voz que era poco más que un gruñido bajo y áspero—. Sabes qué, mejor no me lo cuentes. No tengo ganas de oír lo que sale de tus labios ni de los de nadie. Solo quiero salir de aquí y no me importa cuánta sangre cueste o cuánto tiempo tome. Me vengaré de cada uno de ellos... de estas personas idiotas que nos mantienen cautivos en una realidad que ni siquiera existe de verdad.

Hizo una pausa, girándose finalmente para clavar sus ojos oscuros y cargados de tormenta en los de ella.

—¿Crees que estas personas saben que, en cuanto nos dejen libres, acabaremos con su mundo? —Soltó la pregunta con una amargura que cortaba el aire como una cuchilla.

Wila hizo una pequeña mueca con sus labios rosados, sosteniéndole la mirada con una valentía que Óscar no esperaba.

—Solo quería hablar un poco con alguien... me siento sola en este lugar. Ni siquiera sé por qué estoy aquí realmente —confesó ella con voz trémula—. Me da miedo oírte pensar así, Óscar. Quiero salir de aquí tanto como tú, pero no de ese modo. El odio no va a cambiar nada. Si intentas acabar con todos, seguramente te matarán o te traerán de vuelta a una jaula todavía peor. ¿Eso es lo que realmente deseas para tu vida?

Óscar suavizó levemente la expresión de su rostro. El recordatorio de la muerte de Erica, la hermana de Wila, y el caos provocado por los ángeles —como aquel llamado Javier que lo había rescatado del foso— pesaba sobre sus hombros. También estaba el fantasma de Jane, cuya "muerte" no había durado nada y que ahora parecía haber abandonado a Luke a su suerte.

—Sé por qué estás aquí, Wila. Es por el tema de tu hermana y todo lo que Jane provocó —dijo Óscar, sintiendo que sus propias palabras eran toscas, mal estructuradas, como si su educación interrumpida le impidiera expresar la magnitud de su rabia—. Juro que, si salimos, sabré la verdad de toda esta mierda en la que estamos metidos, pero que ninguno de nosotros alcanza a comprender.

Notó que los ojos de la joven se cristalizaban por su elección de palabras tan bruscas.




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