Una pequeña sonrisa de superioridad, gélida y cargada de un conocimiento antiguo, se dibujó en el rostro de Elif. Jane podía notar que algo fascinante estaba a punto de emerger de aquella mente poderosa; Elif era, sin duda, la bruja más hábil que había conocido, exceptuando quizás a la legendaria Bones.
Jane mantenía la esperanza de que ella la ayudara con los hechizos necesarios para rescatar a sus amigos y a su familia, aunque en el mundo de la magia nunca se sabe con certeza hasta dónde es capaz de llegar una bruja cuando sus propios intereses entran en juego. Confiaba en que Tamara y Jeremy subestimaran su determinación; ellos creían conocer sus límites, pero jamás imaginarían de lo que Jane sería capaz por salvar a Luke.
Los días seguían pasando sin cesar, y el corazón de Jane se volvía cada vez más pequeño y débil bajo el peso de la angustia. Sufría ante la idea de olvidar a aquellas personas que, con tanto esfuerzo y dolor, habían terminado aceptando la realidad que ella misma había tejido. Esas almas, atrapadas en su red, se habían vuelto parte de su propia esencia; olvidarlas sería como arrancarse los ojos.
No podía borrar de su mente el mal que había causado. Cada acción egoísta, ejecutada bajo el pretexto de su propia felicidad, regresaba ahora como un eco acusador. Se sentía como una malcriada de la existencia, una analfabeta social que no supo leer las necesidades de los demás.
En el mundo de las nuevas tecnologías, se habla de la alfabetización digital como la capacidad de usar herramientas para entender la realidad; Jane se sentía exactamente así: una alfabeta que tenía todas las herramientas mágicas (sus propias TICS espirituales), pero que no sabía interpretar el paradigma en el que vivía.
—La sociedad hoy se arrastra por el paradigma de las incertidumbres —reflexionó Jane, recordando sus lecturas en la biblioteca del instituto—. Vivimos creyendo que tenemos certezas, hasta que una nueva teoría, o un error propio, llega para contradecirlas y dejarnos en la nada.
Hacía unos días, Jane había estado estudiando uno de los grimorios más prohibidos de la biblioteca. Era un libro del mundo mágico que detallaba hechizos de localización cuántica, herramientas que esperaba le permitieran deshacer la locura que ella misma había desatado.
Sabía que la culpa sería su sombra eterna, pero anhelaba que, por primera vez, el destino le otorgara un giro favorable sin que la magia tuviera que corromperlo todo. Sin embargo, las consecuencias de su egoísmo habían llegado como un tornado devastador, arrasando con su vida y manipulando la de otros, obligándolos a seguir sus pasos en una danza macabra de la que no podían escapar.
De pronto, la voz de Elif llegó desde la habitación contigua. Estaba realizando un complejo ritual de visión. El sonido de los cánticos era rítmico, una melodía que buscaba perforar el velo entre las dimensiones para encontrar a los desaparecidos. Jane se acercó con delicadeza, apoyándose en el marco de la puerta. Tenía el ceño fruncido, una expresión que se había vuelto su máscara permanente.
El hechizo era visualmente impactante: pequeñas hojas de jacaranda entraban por la ventana abierta, arremolinándose en el aire hasta pegarse sobre la superficie de un espejo de plata que Elif sostenía entre sus manos.
Jane se acercó para observar el reflejo. Allí, entre las sombras del cristal, vio a Luke atado y ensangrentado; a su lado, Myriam Rose sostenía su vientre con un gesto de agonía protectora. Frente a ellos, la Reina Tamara alzaba el Cuchillo Mata Demonios.
Aquel cuchillo era una reliquia de pesadilla. Su mango estaba tallado en madera de jacaranda, un árbol ligado al cielo, pero la hoja había sido templada con la sangre de Lucifer. Era el arma con la que se decía que el primer rebelde había sido castigado; un artefacto capaz de extinguir una existencia tanto en el Cielo como en el Infierno.
—¡No! —exclamó Jane, perdiendo el control.
Sin ser consciente de sus movimientos, le arrebató el espejo a Elif.
El cristal vibró violentamente y, en un parpadeo que desafió las leyes del espacio, Jane ya no estaba en el apartamento decadente.
Se encontró de golpe en la sala de tortura, el aire saturado de olor a azufre y sangre. Estaba al lado de Luke. Antes de que Tamara pudiera descargar el golpe mortal, Jane sujetó la muñeca de la Reina con una fuerza sobrenatural.
—No le hagas daño... —sentenció Jane, clavando sus ojos en los de la soberana.
En un abrir y cerrar de ojos, Tamara se esfumó en una nube de humo negro, sin decir palabra, como si fuera una proyección o un cebo. Jane intentó abalanzarse sobre Luke para liberarlo, pero unas manos grandes y poderosas se cerraron sobre sus caderas, sujetándola con una firmeza que parecía fusionar la piel de ambos. Un escalofrío de repulsión recorrió su espalda. Reconocería ese olor a limón amargo en cualquier lugar; era el aliento de Jeremy, el Rey que ella misma había ayudado a encumbrar.
—Suéltame —susurró Jane, sintiendo las náuseas subir por su garganta.
—No. Tú no deberías estar aquí —murmuró Jeremy contra su oreja, y Jane pudo sentir la curvatura de su sonrisa cruel rozándole la piel—. Este ya no es tu mundo, Jane. Lo despreciaste, lo traicionaste. Ahora vete... o quédate a ver cómo muere tu pequeña debilidad.
Jane negó con la cabeza, desesperada. En ese momento, Olivia avanzó hacia Luke con el ceño fruncido y el cuchillo en alto, lista para terminar el trabajo que la Reina había empezado.
—No... Por favor... —las lágrimas empezaron a trazar surcos calientes por las mejillas de Jane—. No le hagan nada. Se los ruego.
—Lo siento, querida, pero las órdenes son órdenes —dijo Jeremy, reforzando su agarre—. ¡Olivia, continúa! ¡Mátalo!
—¡No! —gritó Jane, su voz quebrando el silencio sepulcral de la mazmorra—. ¡Haré lo que quieras! Ya me tienes aquí, Jeremy. Detenla.
El Rey hizo una señal y Olivia se detuvo a milímetros del pecho de Luke.