Jane se alejó de los aposentos reales con las palabras de Jeremy vibrando en sus oídos como un zumbido ponzoñoso. No podía borrar de su mente la imagen de aquellos labios carnosos y rosados, curvados en una mueca de triunfo, ni el aliento con ese aroma a limón que tanto detestaba.
Era una ironía cruel: Jeremy era una fruta amarga y detestable, pero envuelta en una fragancia que muchos encontraban deliciosa. Todos en la corte parecían amarlo, o al menos temerle lo suficiente como para fingirlo, pero para Jane, él era el arquitecto de su degradación.
Le resultaba doloroso procesar la diversión que el Rey encontraba en su miseria. Jamás imaginó que un ser pudiera ser tan intrínsecamente malvado como para convertir un sacrificio de amor en un espectáculo de entretenimiento. Sin embargo, no había tiempo para el lamento.
Jane continuó su camino por los pasillos de piedra, guardando cada insulto y cada herida en un rincón oscuro de su ser. Ya era demasiado tarde para volver atrás; el pacto estaba sellado con sangre y lágrimas.
Al avanzar por las galerías que conducían a las profundidades del castillo, se dio cuenta de que el suelo no solo estaba descuidado. Bajo la luz vacilante de las antorchas, notó que lo que pisaba era una alfombra de sangre espesa, en tramos ya seca y en otros peligrosamente fresca. La fragancia putrefacta que invadía sus fosas nasales era la firma de las masacres que Jeremy y Tamara habían ordenado. Era un escenario asqueroso, pero Jane endureció su corazón. Su prioridad absoluta era encontrar a Luke y a los demás; nada más importaba, ni el olor a muerte ni el estado de sus propios pies descalzos.
Soltó un bufido de cansancio, sintiendo cómo sus extremidades temblaban por el esfuerzo. Se detuvo un instante para recuperar el aire, apoyándose contra una armadura de placas antigua que montaba guardia en un rincón sombrío.
En un arrebato de histeria, soltó una carcajada de desesperación que, en cuestión de segundos, se transformó en un llanto silencioso y amargo. Las preguntas en su mente —sobre lo que era, sobre lo que había hecho y sobre la locura que la rodeaba— amenazaban con fracturar su cordura definitivamente.
—Tengo que seguir —se obligó a decir, aunque su voz sonara como un vidrio roto—. Por ellos.
De repente, el aire siseó.
Antes de que pudiera reaccionar, una flecha de punta dentada surcó la penumbra y se clavó con un impacto seco en su hombro ya herido. Jane ahogó un grito de agonía. Con una determinación nacida del puro pánico, agarró el astil de madera y lo arrancó de su carne con un tirón violento, ignorando el chorro de sangre caliente que empapó su túnica rasgada.
Se levantó con rapidez, dándose cuenta de que había activado una de las "trampas divertidas" de Jeremy. El pasillo se convirtió en un corredor de proyectiles; flechas brotaban de las paredes como espinas de un rosal maldito. Corrió con una agilidad que no sabía que poseía, esquivando la muerte por milímetros hasta que, exhausta, logró superar el sector de tiro.
Todo pareció quedar en orden nuevamente.
El silencio regresó, pero era un silencio traicionero.
Jane caminaba ahora con una cautela extrema, analizando cada baldosa, cada sombra. Dio dos pasos hacia adelante y sintió cómo algo extraño y poderoso se aferraba a su pierna con una fuerza descomunal. El pavor la paralizó; temía bajar la vista y encontrar alguna criatura del averno succionando su energía.
Inspiró hondo, armándose de un valor que se sentía artificial, y bajó la mirada.
Para su sorpresa, solo vio a un pequeño gatito negro, de pelaje lustroso y ojos amarillos como monedas de oro. El animal se meneaba con delicadeza entre sus piernas, pero la sensación de presión no cedía. Jane esbozó una sonrisa débil, pensando por un segundo que quizás el destino le enviaba un consuelo en medio del caos. Se agachó para cargarlo, y el felino, con una agilidad inquietante, trepó por su brazo hasta posarse en su hombro.
El horror se desató en un segundo.
El pequeño animal clavó sus garras con una fuerza mecánica e inhumana directamente sobre la herida de la flecha. Jane gritó de verdad esta vez, sintiendo cómo los ganchos de queratina se incrustaban en su músculo y desgarraban el tejido. El gato no era un ser vivo; era una autómata de carne y magia diseñado para el tormento. Desesperada, lo tomó por la cola larga y, cerrando los ojos con fuerza, tiró de él hasta arrancarlo de su hombro y lanzarlo contra el suelo.
Al caer, el gato se quedó inmóvil, observándola con su mirada inexpresiva.
Jane vio con náuseas que entre las uñas del animal colgaban jirones de su propia piel. Le temblaban las manos y el sudor frío le empapaba la frente; aquella había sido la trampa más perversa hasta el momento, un ejemplo perfecto de cómo Jeremy disfrutaba corrompiendo la inocencia.
A pesar del dolor punzante y del mareo que empezaba a nublar su vista, Jane no se detuvo. Sabía que las trampas podían tener lapsos de descanso, pero ya no confiaba ni en su propia sombra. Continuó descendiendo hacia las mazmorras más lejanas, donde el aire se volvía más frío y el sonido de las cadenas empezaba a mezclarse con los latidos de su propio corazón herido. Estaba cerca, lo sentía en su interior, pero el camino aún guardaba secretos que pondrían a prueba el último rastro de su voluntad.
El pasillo desembocó en una encrucijada que heló la sangre de Jane. Tres caminos se abrían ante ella como las fauces de una bestia de piedra, sumidos en una penumbra que parecía devorar la luz de su propia esperanza. Sus ojos, enrojecidos por el llanto y el cansancio, se fijaron en el túnel central. No se permitió dudar; el instinto, o quizás un resto de la magia que Jeremy no había logrado extinguir, la empujó hacia esa dirección. Soltó un bufido delicado, un rastro de aire que se condensó en el frío sepulcral, y se adentró en la oscuridad.
Apenas sus pies descalzos cruzaron el umbral, las antorchas en las paredes se encendieron por sí solas, una a una, con un chasquido mágico que resonó como latigazos. El camino revelado era una galería de pesadilla que culminaba en una inmensa fuente de agua estancada. Para cruzar, debía superar un puente de piedra estrecho que vibraba con una energía hostil.