El silencio que siguió a la partida de Luke fue más corrosivo que el veneno que aún latía en la herida de su hombro. Jane permaneció inmóvil en el centro de la mazmorra, con los ojos fijos en el espacio vacío donde el portal se había cerrado. Esperaba, con una fe infantil y desesperada, que él regresara; que cruzara el umbral una vez más para besarla y decirle que entendía su sacrificio. Pero el aire permaneció estático. El dolor físico, aquel pinchazo constante en su carne, le resultaba un juego de niños comparado con la devastación psíquica que la devoraba por dentro. Una vez más, la teoría de su propia vida se confirmaba: el alma siempre sangra con más fuerza que la piel.
Los días se sucedieron con una rapidez cruel.
Cada hora que marcaba el reloj de arena en sus aposentos era un paso más hacia el altar; cada segundo, una esperanza marchita de que Luke estuviera trazando un plan de rescate. Pero el horizonte del Palacio de Tamara permanecía despejado de héroes.
Luke no apareció.
La mañana del día señalado, una joven súbdita del harén entró en la habitación de Jane. Sus manos pequeñas sostenían un vestido de seda blanca, tan vasto y brillante que parecía tejido con luz de luna. La niña, que no aparentaba tener más de trece años, poseía una sonrisa amplia y luminosa que Jane no lograba comprender en medio de aquel ambiente de opresión.
El silencio se apoderó de la estancia mientras la joven comenzaba a ajustar el corsé sobre el cuerpo magullado de Jane. Pero la calma no duró mucho.
—Me alegra tanto que usted sea nuestra reina de ahora en más —susurró la niña, sin dejar de sonreír—. Tamara no es buena con nosotras. Nos castiga por placer y nos obliga a realizar tareas horrendas. Muchas soñamos con ser libres... Quizás usted pueda ser el cambio. Dicen que el Rey Jeremy nos dará la libertad si usted resulta ser una esposa ejemplar.
Jane la miró fijamente a los ojos y sintió que el corazón se le partía una vez más.
El peso de la responsabilidad por aquellas vidas inocentes se sumó al de su propia tragedia.
Rompió en llanto, un llanto silencioso que empapaba la seda del vestido.
—Lo seré —prometió Jane con voz quebrada—. Lo seré por todas ustedes.
En ese momento, Olivia hizo su aparición en el umbral. Sus ojos gélidos recorrieron el vestido que ella misma había confeccionado con hilos de magia y rencor. Se veía orgullosa de su creación; el diseño era, a decir verdad, una obra maestra de la costura mística, diseñado para resaltar la belleza de Jane y, al mismo tiempo, marcarla como propiedad del trono.
—Fuera. Ha llegado la hora —ordenó Olivia con voz cortante.
Jane inspiró hondo, cerrando los ojos para invocar las últimas fuerzas que le quedaban. Se obligó a dibujar una sonrisa en su rostro, una máscara de felicidad fingida que esperaba engañara a todo el reino.
Caminaron por las galerías del palacio mientras los súbditos las observaban con vítores ensayados y ánimos artificiales. Al llegar al Gran Salón, Jane vio a Jeremy. Estaba de pie frente al altar, acariciando la corona de oro con una ansiedad que rozaba la locura. Él no la amaba, y ella lo sabía; Jeremy solo buscaba un símbolo de poder para comandar el mundo mágico, y Jane era la pieza final de su tablero.
La música nupcial comenzó a sonar, mezclándose con el crujido de los pétalos de rosa rojos que alfombraban el camino. Las paredes estaban cubiertas de espejos y vidrios pulidos que reflejaban la imagen de Jane una y otra vez, devolviéndole miles de versiones de su propia tristeza infinita.
Continuó caminando con la cabeza en alto, sintiendo el frío de los cristales observándola. Al llegar a su lado, sus miradas se cruzaron. Los ojos azules de Jeremy le recordaron momentáneamente a la mirada gélida de su madre, y Jane tuvo que negar ligeramente para disipar el recuerdo.
Él apretó su mano con una fuerza posesiva y elevó una ceja, desafiándola silenciosamente a arrepentirse.
—Bienvenidos —anunció el sumo sacerdote del palacio—. Es la hora, y el destino de este mundo está a punto de sellarse.
—Lo siento... —murmuró Jane, mirando fijamente a Jeremy a los ojos.
Él imitó su acción, frunciendo el ceño sin comprender la disculpa.
En ese instante, Jane comprendió que Luke no volvería. Comprendió que el paradigma de las incertidumbres solo se resolvía con una certeza: ella era su propia salvación.
De repente, Jane soltó un grito desgarrador, una explosión de voluntad que no procedía de sus poderes bloqueados, sino de la rabia acumulada en su espíritu. El sonido fue una frecuencia letal que hizo vibrar el salón entero.
En un estallido de luz y estruendo, todos los espejos y vidrios de las paredes estallaron simultáneamente, convirtiéndose en una lluvia de esquirlas afiladas que cayeron directamente sobre Jeremy y sus guardias.
En medio del caos, entre los gritos de los invitados y el brillo de los cristales rotos, Jane se dio cuenta de que el portal hacia su verdadera libertad no estaba en los brazos de un hombre, sino en la destrucción de la realidad que ella misma había construido.