1. Solo contigo

Prefacio

Annalía:

Las luces se apagan…

Todo está oscuro…

Fuerzo mis ojos a adaptarse a la penumbra, pero no puedo ver nada; solo me queda imaginar a mi pequeña, el regalo más precioso que la vida me ha dado, en el centro del escenario esperando su señal. Ataviada con su hermoso vestido de corte princesa, rosado y blanco, con mucho brillo, tal y como le gusta, a juego con sus patines de rueda, mientras se coloca en posición: sentada sobre sus pies, con los brazos extendidos al frente y la cabeza apoyada en ellos.

Impaciente, me remuevo en el lugar y me obligo a sujetarme las manos que tiemblan como si tuviese frío. El nudo en el estómago, que prácticamente no me deja ni respirar, se acentúa y, por un segundo, creo que vomitaré todo el almuerzo. Debí haberle hecho caso a mi esposo y no comer esos macarrones.

Coloco un mechón de cabello tras mi oreja y trago duro, como si de esa forma pudiese calmar mi ansiedad.

Un foco ilumina el centro del escenario y mi corazón aletea con fuerza al mismo tiempo que el murmullo del público se agudiza. Los aplausos no se hacen esperar cuando los acordes de una suave melodía comienzan a sonar y el pequeño ángel sobre el escenario se prepara para volar.

Addyson, con lentitud, se incorpora; eleva su cabeza que reposaba aún sobre sus brazos extendidos frente a ella y los va abriendo poco a poco, casi con pereza, como si estuviese estirando su menudo cuerpo acabado de levantar, pero sin perder la elegancia exquisita que la caracteriza a pesar de sus cortos seis años. Se desliza sobre sus ruedas y recrea la figura de la Mariposa: con la pierna derecha recta contra el suelo y la izquierda en el aire, sujeta las ruedas del patín cerca de su cabeza con sus dos manos y arquea la espalda.

Mis ojos se llenan de lágrimas por la emoción y en mi pecho estallan, como fuegos artificiales, un montón de sentimientos. Entre ellos, el orgullo.

Los gritos y aplausos son atronadores. Me uno a la algarabía como su fan número uno cuando, con una perfección asombrosa, se desliza por el escenario dándole vida a las figuras del Cañón, el Arabesco Alto y el Ángel. Demuestra en todo momento que la Chica Mariposa, como el mundo la conoce, merece el premio que le pretenden otorgar hoy: “Prodigio del Patín”.

Es mi turno… Es hora de que la “Diosa del Patín” entre a la escena…

Addyson se detiene en el centro y yo, feliz de compartir espacio con ella, me le acerco. Sonrío esperando poder transmitirle un poco de paz y ella me devuelve el gesto al mismo tiempo que acepta la mano que le tiendo.

—¿Lista? —pregunto.

—Lista. —Asiente con la cabeza para dar mayor énfasis.

Unidas, no solo de cuerpo, sino también de alma, comenzamos a deslizarnos. Con un ligero movimiento de cabeza le indico que ya es tiempo y nos separamos; ella hacia la derecha, yo a la izquierda formando un corazón y al llegar al borde inferior, entrelazamos nuestras manos y damos vueltas en el sitio.

La suelto.

Volvemos a separarnos en direcciones contrarias mientras nos preparamos para efectuar la Muerte del Cisne, una de mis figuras favoritas. Con una sincronización perfecta, mantenemos la pierna derecha en contacto con el suelo, cruzamos la izquierda por detrás y descendemos hasta apoyar el trasero sobre el patín. Con nuestros brazos, abrazamos la rodilla doblegada y acercamos la cabeza lo más posible a la pista.

El público se sale de control, pero, para mi sorpresa, la alegría y el entusiasmo que hasta este momento reinaban, se han esfumado dándole paso al terror.

Detengo mis movimientos, miro a mi alrededor y mi corazón se sobresalta al ver cómo una de las enormes vigas que sujetan el techo, se desprende y colisiona con una columna, haciéndola trizas.

Todos corren despavoridos y yo solo puedo pensar en la distancia que me separa de mi hija y en cómo puedo llegar a ella.

—¡Addyson! —grito con el pánico azotando mi voz.

Mi frecuencia cardiaca aumenta desniveles, mi estómago se paraliza y la piel se me eriza. En mi mente solo hay un pensamiento: «Tenemos que salir de aquí».

Corro hacia la que es mi razón de ser, pero los fragmentos del techo que caen sobre la pista me dificultan el camino, aterrorizándome.

Todo sucede demasiado rápido. Para cuando llego a mi hija, gran parte del estadio ha colapsado. Las cortinas y el ala izquierda de las gradas se han incendiado y los gritos de terror atormentan mis oídos, pero, sin detenerme a pensar, agarro a Addyson de una mano y busco desesperada una salida que, desgraciadamente, no veo.

Sorteamos los escombros huyéndole al fuego que cada vez se hace mayor. Los patines nos dificultan la huida, así que, con movimientos torpes y acelerados, libero sus pies; sin embargo, no puedo hacer lo mismo con los míos, pues, por obra y gracia del Señor, logro ver a tiempo cómo un enorme trozo de concreto se desprende de unos cables.

Solo tardo en reaccionar unos segundos.

Con todas mis fuerzas, empujo a Addyson hacia la izquierda intentando que caiga sobre mí para minimizar los daños y un instante más tarde, el pedrusco colisiona contra la pista.

Levanto mi cabeza al sentir el estruendo y cuando la nube de polvo que ha dejado la colisión se disipa, veo lo que pudo haberles puesto fin a nuestras vidas.



#850 en Novela romántica
#198 en Otros
#106 en Humor

En el texto hay: amor patinaje ruedas hielo

Editado: 22.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.