1. Solo contigo

1. Estoy en problemas

Catorce años después:

Addyson:

Soy un imán para los problemas.

No me pregunten cómo, ni por qué, pues ni yo misma entiendo esa facilidad que tengo para complicarme la vida sin siquiera intentarlo.

Suelo decirme que es un don… Es que es la única explicación coherente que encuentro a que siempre, aun cuando estoy tranquila, termino en situaciones incómodas y con consecuencias no muy gratas. Mis amigas le atribuyen mi mala suerte a mi extrema torpeza; pero no es solo eso, se los aseguro y si deciden conocerme mejor, definitivamente lo comprobarán.

Podría hacerles una lista e incluir muchos detalles de lo que me ha sucedido en el último año y estoy convencida de que terminaría aburriéndolos por unas cuantas horas o, tal vez no, pues es una realidad que, a pesar de todo, mi vida parece una comedia. No para mí, por supuesto, pero todo aquel que me rodea, ríe con todo lo que me sucede. Al menos mi novio lo hace.

Y hablando del rey de Roma…

Observo mi teléfono una vez más y el mensaje que le envié hace media hora se burla de mí. Lo ha leído, sin embargo, su respuesta brilla por su ausencia. Últimamente siempre es así; hay un desinterés por su parte que comienza a preocuparme y así se lo he hecho saber a mis dos mejores amigas.

Estamos en la sala de estudios de la Universidad Milton Black, simulado que estudiamos para los exámenes que comienzan la semana que viene y, sí, digo que simulamos, porque estamos haciendo cualquier cosa menos eso.

Mientras debatimos la posible infidelidad de mi novio, Ariadna chatea con un chico sexy por WhatsApp, Abigail dibuja algo en su bloc y yo, a falta de otra actividad que me distraiga de mis problemas sentimentales, juego con una pelota de tenis, que no tengo ni idea de dónde salió. La lanzo contra la pared frente a mí, rebota, la cojo y la vuelvo a lanzar sin importarme esa vocecita en el fondo de mi cabeza que me pide casi a gritos que deje de hacerlo.

—No creo que te esté engañando, Addy —dice Abigail sin dejar de mirar su dibujo—. Tal vez sí está ocupado estudiando para los exámenes. Todos estamos ocupados estudiando.

—¡Ja! ¿Igual que nosotras? —pregunta Ariadna con voz burlona—. Porque déjame recordarte, que estamos haciendo cualquier cosa menos estudiar.

La pelinegra se acomoda en el centro del sofá negro en forma de L, bloquea su teléfono y se enfrenta a nuestra amiga.

—Aby, cariño, seamos honestas, a Cristóbal lo único que le interesa es el fútbol; su cerebro está frito. Dudo mucho que esté estudiando.

Abigail, que está sentada en el extremo opuesto, suelta exasperada su bloc de dibujos en la mesita de madera frente a nosotras y se gira en mi dirección.

—De acuerdo, suéltalo ya. ¿Por qué crees que Cristóbal te engaña?

Lanzo la pelota, golpea la pared y regresa a mis manos. Suelto un suspiro cansado y las enfrento, dejando la bola en mi regazo.

—Últimamente siempre está ocupado estudiando, las respuestas de sus mensajes demoran y son bastante escuetas. El otro día lo vi conversando con una chica de Teatro y, bueno, le miraba demasiado las tetas para mi gusto.

De repente, Abigail, con una sonrisa condescendiente en el rostro, levanta una mano y me detiene.

—Suficiente, cielo. ¿De verdad esas son tus razones?

Asiento, confundida, y ella pone los ojos en blanco.

—Es un tío, Addyson, eso es lo que hacen, mirarles las tetas a las mujeres. Vienen al mundo con la mente programada para eso “tetas”, “culos”, “culos”, “tetas” —dice mientras imita a un robot con sus manos, sacándonos una sonrisa.

Es raro escucharla hablar así cuando es la clase de chica que no maldice, ni habla de sexo tan a la ligera.

—Todos son así, pero eso no significa que te esté engañando. Tienes que confiar un poco. —Luego se centra en Ariadna—. Y tú lo has dicho, Ari, tiene el cerebro frito, así que más razón para estar ocupado estudiando. Esa puede ser la causa de que sus mensajes hayan cambiado.

—¿Y tú desde cuándo confías tanto en los hombres? —pregunta Ari, realmente asombrada—. Porque, por menos que eso, te he visto alejarte de chicos que, a la legua, se nota que tienen más decencia que Cristóbal.

Uy, esa es una tecla sensible.

La pelirroja la observa como si quisiese matarla, pero no dice nada, pues sabe que nuestra amiga tiene razón. Ella no confía en los hombres y tiene suficientes motivos para no hacerlo, aunque nosotras intentamos hacerle ver que no todos son iguales.

—A ver, Aby —digo para romper el duelo de miradas fulminantes entre ellas—, puede que tengas razón, pero es que no es fácil no estar celosa cuando era la clase de tía que no puedes dejar de mirar. Como ustedes, solo que, con mucha menos ropa, puta y, de seguro, un coeficiente intelectual bajo cero. —Alargo la palabra “mucha” para hacer mayor énfasis y ambas me miran con una mueca, aunque no dicen nada. Ellas saben a lo que me refiero.

Ariadna es una belleza despampanante; la clase de chica que, cuando pasa, tienes que voltear a mirar. Su pelo negro y largo, ojos verdes, piernas kilométricas, cuerpo de infarto, carisma e inteligencia, sumado a un excepcional sentido para la moda y talento para el patinaje artístico sobre hielo, la hacen la reina de la universidad. Y lo mejor de todo es que no se lo tiene creído como otras.



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En el texto hay: amor patinaje ruedas hielo

Editado: 22.07.2026

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