Kyle:
Mi vida es un desastre…
Desde ese maldito momento en el que a mi entrenador se le ocurrió la brillante idea, noten el sarcasmo, por favor, de aceptar el descabellado plan propuesto por el director de la Universidad, todo se torció.
Pasé de estar disfrutando la victoria de uno de los campeonatos más grandes en el patinaje artístico sobre ruedas, a tener un cabreo monumental ante la noticia de que, para poder participar en la “Fly High 2020”, la competencia más importante del momento, hay que hacer algo diferente. Y resulta que “diferente” significa combinar el patinaje artístico sobre ruedas con el de hielo.
Absurdo, ¿verdad?
Han pasado tres semanas desde que escuché por primera vez esa ridiculez y por más que mis amigos y yo intentamos negarnos alegando que era una locura, no nos quedó más remedio que agachar la cabeza y aceptar la decisión. Y si piensan que las ideas irracionales terminan ahí, están equivocados porque, para complicarnos la vida aún más, tenemos que enseñar a tres crías a patinar sobre ruedas y ellas a nosotros sobre hielo.
Y para eso solo tenemos cuatro meses.
¡Cuatro meses, señores!
Es imposible lo que se proponen y me jode no tener voto en esa maldita decisión.
—Relájate, tío —dice Maikol mientras caminamos por uno de los pasillos de la universidad.
Ah, lo olvidaba; un detalle super importante y que me tiene más cabreado todavía, es que no fue suficiente con imponernos lo “diferente”, sino que también hemos tenido que cambiarnos de universidad por lo que resta de curso.
Mi padre se va a enojar cuando lo sepa.
—No vas a resolver nada así. —Continúa—. Ya tomaron la decisión, no hay nada que podamos hacer.
—Ya lo sé, ¡joder!
—Déjalo, Maik. Ya se le pasará el cabreo. —Interviene Zion—. Lo único que necesita es tirarse a alguna de esas gatitas que nos hemos cruzado y, puf, todo el enojo se evaporará.
Sonrío sin poderlo evitar. Zion cree que todos los problemas de un hombre se resuelven con “gatitas”, como suele llamar a las mujeres.
Miro a mi alrededor y mi sonrisa se ensancha al ver un grupo de chicas cerca de los casilleros, cada una más sexy que la otra, mientras nos observan como si quisieran devorarnos; aunque no las culpo, los tres parecemos unos putos dioses.
Maikol es un tío super majo y lo que yo llamaría la voz de la conciencia, pues tiene una facilidad increíble para hacerte entrar en razón cuando has perdido totalmente los papeles. Es una de las cosas que más me gustan de él; sin embargo, a las mujeres eso no les importa. Lo único que ven es su metro noventa, pelo negro, cuerpo de gimnasio y ojos verdes.
Ah, a una chica le escuché decir en una ocasión que tenía un culo perfecto. Sin comentarios al respecto.
Zion es el más fuerte de los tres. A simple vista parece un bravucón, un tipo que siempre anda metido en broncas y que, por su constitución física, las gana todas; pero nada más lejos de la realidad. Es bastante inofensivo, de las mejores personas que he conocido jamás. Rubio, de ojos negros, fiestero, arrogante y mujeriego; el combo perfecto que hace que se les caigan las bragas a las tías.
Por otro lado, estoy yo. Alto, de ojos azules, cuerpo perfecto, pelo negro revuelto que, por lo general, anda sobre mi frente y no me avergüenza admitir que soy igual de fiestero, creído y mujeriego.
—Sí, eso es justo lo que necesito —digo mientras le guiño un ojo a la rubia tetona y de poca ropa en el centro del grupo.
Ella sonríe.
Hace un rato, cuando salimos del despacho del director, nos encontramos con un chico más o menos de nuestra edad, esperando su turno con un ojo morado, el labio partido y un cabreo monumental reflejado en su rostro de facciones rudas.
Nos pidió de favor que le dijéramos a su novia que fuese a verlo, pues tenía el móvil fuera de cobertura. Normalmente, no suelo aceptar este tipo de pedidos porque no me da la gana, pero el grito que le pegó el director desde su escritorio, hizo que me apiadara de él y, por esa razón, no he dejado de fijarme en los letreros en las paredes hasta encontrar la bendita sala de estudios.
—Es aquí —dice Zion, como si el cartel no fuese bastante obvio.
Estiro la mano y cojo el picaporte de la puerta, pero antes de girarlo, vacilo. No sé por qué, pero tengo la sensación de que no debería entrar ahí.
—¿Qué pasa? —pregunta Maikol.
—Nada. —Sacudo la cabeza y abro.
Pues bien, tenía razón, no debería haber entrado.
El tiempo vuela, es verdad; pero los relojes no. Entonces, ¿cómo coño me ha caído uno en la cabeza?
—¡Dios mío! —Escucho gritar a una chica mientras llevo mi mano derecha a mi frente ante el repentino dolor y siento la viscosidad de la sangre.
Mierda.
—¿Estás bien, tío? —pregunta Maikol, pero no respondo porque mi mirada se encuentra con tres tías que me observan con los ojos desorbitados.
Corrección, solo una, pues la trigueña de grandes tetas y la pelirroja, no dejan de vacilar a mis amigos, totalmente ajenas a que me ha golpeado un maldito reloj en la cabeza. No obstante, la rubia me analiza con el susto marcado en sus delicadas facciones.