Kyle:
Cuando sentí el jugo de ciruela derramarse en mi pulóver Calvin Klein, juro que pensé en matarla. O sea, viene corriendo como una loca, me golpea, me deja todo pegajoso y, ¿ni siquiera es capaz de ofrecerme una disculpa sincera? Eso, sin contar el golpe de esta mañana con el maldito reloj. Sin embargo, ahora que la veo aturdida frente a su novio luego de soltarle palabras tan fuertes, me da un poco de pena. No importa qué tan mal haya ido su relación, es un hombre y debería tratarla con respeto.
Sé que no tengo un buen referente masculino en mi vida, pero mi madre me ha enseñado cómo se trata a una mujer y debo decir que este tío merece que le partan la cara más de lo que ya la tiene y yo estoy muy dispuesto a ser quien le enseñe la lección. Cierro los puños con fuerza a mis costados para evitar irle arriba y me sorprendo cuando la trigueña de grandes tetas deja caer su bolso al piso. Con un cabreo monumental, se dirige a defender a su amiga, pero su intento se ve frustrado cuando esta, con un ligero movimiento de cabeza, la detiene.
Addyson regresa su atención al rubio.
—¿Quién te dijo que soy virgen? —pregunta con chulería, arqueando sus muy delineadas cejas.
El chico abre los ojos desorbitados y no es para menos. Creer que tu novia es virgen, para que luego ya no lo sea, debe ser jodido; más, si fue precisamente tu novia quien te hizo pensar que lo era.
—Solo lo dices porque estás avergonzada. —Se defiende el idiota y debo reconocer que tiene un buen punto.
——Puede ser, pero, en realidad, tú y yo sabemos que prefieres pensar eso antes de admitir que te he estado engañando todo este tiempo, porque tu orgullo de macho alfa no soportaría que no hayas sido capaz de encender a una mujer lo suficiente como para que quisiera acostarse contigo. Tú lo has dicho, fueron cinco largos meses en los que lo único que querías era llevarme a la cama y no lo conseguiste. No eres tan irresistible como te piensas, Cristóbal. Tus besos, tus caricias, no fueron suficientes para conseguir lo que otros sí han podido.
Golpe directo al estómago. Punto para la señorita.
—¿Ves al adonis salido de revista cerca de la puerta? —pregunta, señalándome, y yo enarco una ceja.
¿Qué hace?
—Ese sí que ha disfrutado de lo que tú no has podido; porque mientras tú te revolcabas con ella, yo lo hacía con él y, cariño, un solo beso suyo es capaz de hacer que mi cuerpo combustione. Así que, yo tú, me aseguraría de ver qué está mal contigo.
Mis amigos ríen por lo bajo y yo muerdo mi labio inferior para evitar la carcajada que amenaza con salir porque, hay que admitirlo, eso ha sido jodidamente divertido. La chica está loca, pero es ingeniosa. Eso sí, si me quedaba alguna duda sobre si era virgen o no, acaba de esfumarse.
El intercambio de la rubia con el idiota de su novio o ex, dadas las circunstancias, se alarga por unos minutos más hasta que ella, cansada, decide ponerle fin. Sin importarle un comino el rictus enojado del chico, le da la espalda y se acerca a mí…
Sí, digo a mí y no a nosotros, porque su mirada no se aparta de la mía mientras elimina la distancia que nos separa. Mi corazón comienza a acelerarse, no sé si porque no tengo ni idea de lo que está pasando por su mente justo ahora, por la extraña mezcla de seguridad y sensualidad en sus gestos o por la intensidad que desprenden sus ojos; solo sé que el ritmo se hace más fuerte con cada segundo que pasa y se descontrola totalmente cuando cruza sus manos alrededor de mi cuello y su boca colisiona con la mía.
El shock inicial me impide moverme. Por un instante me siento como un lúgubre espectador de una película y no como el protagonista de la misma, mientras ella se dedica a jugar con mi labio inferior, provocándome. Poco a poco, mi cerebro interioriza lo que sucede y mi cuerpo toma el control.
Mi boca se abre ligeramente permitiéndole la entrada a su tímida lengua, que incita a la mía a unirse a su baile sensual y debo admitir que cuando hacen contacto, una explosión de sensaciones se extiende por todo mi ser. La piel se me eriza, mi corazón enloquece y las llamadas mariposas en mi vientre vuelan sin control.
Enredo una mano en su cabello y con la otra la sujeto por la cintura eliminando el poco espacio entre nosotros. Profundizo el beso y lo que en un inicio fue suave y delicado, ahora es ardiente, desesperado. Muerde mi labio inferior arrastrando los dientes por su grosor y la sensación va directo a mi entrepierna, que empieza a despertar animada por lo que sucede.
Sus dedos se hunden en mi cabello y me acerca más a ella, como si no quisiera soltarme nunca.
—¡Dios! —exclama alguien a nuestro alrededor, recordándome que no estamos solos.
Addyson, ajena totalmente a lo que la rodea, continúa aferrada a mí como si su vida dependiera de ello. Bajo mi mano hasta tocar su culo y lo aprieto, sacándola de su trance. Sus labios se apartan de los míos e, inmediatamente, siento como si hubiese perdido algo muy importante.
Unos ojos negros, brillantes de deseo, me miran sorprendidos, nerviosos, asustados.
—Me has apretado el culo —susurra con la voz entrecortada.
Levanto mi mano derecha, paso el pulgar por sus labios hinchados y, con mi sonrisa calienta bragas, le digo: