Addyson:
Desesperada por aclarar mi mente y alejar los terribles deseos de lanzarme sobre el Adonis para suplicarle que haga conmigo lo que quiera, siempre y cuando me haga gritar de placer, me pierdo en la multitud. Y no me miren mal, ¿vale? Si hubiesen estado así de cerca de semejante monumento, con vuestros labios a escasos centímetros de los suyos y con los recuerdos del beso más alucinante que han recibido en su vida inundando su mente, también pensarían igual.
Me siento en una zona apartada, donde la música y las conversaciones bulliciosas de los fiesteros, apenas llegan a mis oídos.
No entiendo qué me sucede cada vez que estoy cerca de ese chico. Es como si dejara de ser yo y no me refiero precisamente a la mala suerte que nos rodea, en virtud de la cual el pobre siempre termina agraviado de alguna forma. No, yo hablo de la reacción de mi cuerpo ante su cercanía; de las ganas casi irrefrenables que me embargan de recorrer cada centímetro de su piel con mis manos y, ¿por qué no?, con mi boca también. Estaba tan cerca de besarlo de nuevo y, ¡joder!, estoy segura de que, de no haberse entrometido la maldita bruja oxigenada, habría tenido el placer de volver a tocar sus labios, de sentir su lengua retar a la mía mientras sus fuertes brazos me sostienen.
Suspiro profundo y rezo para no tener que verlo durante lo que queda de fiesta y por la próxima hora me quedo apartada, observando las olas romper en la orilla dejando a su paso una estela de espuma mientras el fuerte viento hace estragos con mi cabello.
Cuando regreso, la noche ya está cayendo y Hugo, junto con dos chicos más, está prendiendo las antorchas clavadas en la arena y las lámparas de papel, creando una atmósfera acogedora, elegante y sencilla; simplemente mágica.
—¡Ya es hora! —grita el chico cuando enciende la última antorcha y yo sonrío, pues he llegado justo a tiempo.
Es momento de nuestra tradición más importante. La única que no puede faltar, la que nos ayuda a pasar los exámenes. No sé cuándo surgió, pero sin duda, todos los estudiantes somos partícipes.
En una botella plástica de agua vacía metemos una nota con la asignatura más difícil y el nombre del profesor. Luego la llenamos de arena y la guardamos en baúles, que han pasado de generación a generación, mientras pedimos suerte para ese examen.
Imitando al resto de los estudiantes, cojo una botella y de mi bolsa de playa saco un lapicero y un papel. Escribo “Derecho sobre Bienes (Robert Mason)” y lo meto en la botella, me arrodillo y comienzo a llenarla de arena.
—¿Qué pusiste? ¿Derecho de Familia? —pregunta Ariadna mientras se arrodilla a mi lado.
Abigail llega segundos después.
—No, odio esa asignatura, pero la que de verdad me jode es Derecho sobre Bienes. ¿Ustedes?
—Cálculo —responde Ariadna rodando los ojos como si su respuesta fuera obvia.
—Morfo. —Es el turno de Abigail.
—Por cierto, ¿dónde te metiste? —inquiere Ari con una sonrisa de medio lado.
—Por ahí, necesitaba pensar un poco.
—Addy, tú y ese chico tienen...
—Detente —digo de repente y ella me mira confusa—. No quiero hablar de lo que pasó. No quiero hablar de nada que tenga que ver con él. De hecho, espero no cruzarme con él en lo que queda de fiesta.
—Pero...
—Déjalo ya, Ariadna —la interrumpo enojada, sin dejar lugar a réplica.
—Ok.
Una vez terminado el ritual, Ariadna decide que quiere jugar al beer pong, la muy loca tiene una tolerancia al alcohol que Dios se la bendiga, tal vez es por eso que es tan buena jugando. Ella fue quien me enseñó a beber y aunque Aby tampoco es mala, tiene prohibido el alcohol.
—Oh, pero mira a quiénes tenemos aquí. Nuestras jugadoras favoritas —dice Camilo, un chico de cuarto de Derecho que adora enfrentarse a nosotras. La verdad es que no sé por qué pues, por lo general, termina perdiendo—. ¿Van a jugar?
—¿Tú qué crees? —responde Ariadna.
—Luna, cariño, ven aquí —llama a su novia.
Una mesa de ping pong reposa sobre la arena con los diez vasos llenos de agua en sus posiciones. Hugo, llena con cerveza los otros y los coloca en una mesita aparte.
Camilo nos cede el primer turno. Ariadna toma la pelota, se posiciona detrás de la mesa y la lanza. Cae en el vaso del centro y todos los espectadores comienzan a gritar.
—¡Bebe! ¡Bebe! ¡Bebe! —Camilo coge un vaso de cerveza y se lo empina drenando la bebida de un jalón. Todos les dedican vítores mientras él, con gesto exagerado, hace una reverencia. Besa a Luna y es mi turno.
—Ey, Addyson. Hace rato que no te veía —dice Luna intentando distraerme. No le hago caso mientras me pongo en posición—. No toques la mesa. —Bajo la cabeza sin darme cuenta. Está mintiendo. Se echa a reír y yo le sigo.
Este es el verdadero papel de Luna. No es mala jugando, pero tampoco tan buena, por eso se dedica a distraer.
Lanzo la pelota y la encesto. Sin pensarlo dos veces, la chica toma el vaso y se bebe el contenido.
—¡Deliciosa! —exclama. Es su turno de lanzar y como era de esperar, acierta. Ariadna se bebe la cerveza con el mismo entusiasmo y luego le sigo yo tras el acierto de Camilo.