1. Solo contigo

28. Vara de pescar

Addyson:

Ok, no lo puedo evitar.

Estoy nerviosa. Muy nerviosa.

Acabamos de llegar a la nueva casa de los chicos para festejar el cumpleaños de Maikol y a pesar de que no quería venir, me daba pena con el homenajeado por lo que no me pude negar.

Me encantan las fiestas, pero no tengo deseos de encontrarme con Kyle pues el solo hecho de verlo, hace que las mariposas en mi estómago se vuelvan locas y eso no es bueno. Además, estoy convencida de que alguna chica estará pegada a él como una lapa; una que, como es lógico, reunirá los requisitos para ser su tipo: culona, alta y tetona. Yo no estoy de ánimos para presenciar esa escena porque por más que lo niegue, eso acabaría conmigo.

Aún me niego a usar la palabra con “e” para referirme a mis sentimientos por él, pero sé que no estoy muy lejos y eso me aterra porque nunca existirá la posibilidad de que él se sienta de igual manera.

—Tus amigos sí que saben montar una fiesta —comenta Damián por encima de la música. Asiento con la cabeza, sonriendo.

Damián y yo hemos salido par de veces en los últimos días solo como amigos y ha sido agradable. Es un chico muy dulce y se ha portado muy bien conmigo; me hace sentir cómoda, segura, a tal punto que le he contado sobre mí. Le he hablado sobre mi madre, mi pasado y, sinceramente, se ha sentido liberador conversar con alguien ajeno; pero por desgracia, no ha sido suficiente para que mi miedo a la pista desaparezca.

Por más que lo he intentado, aún sigo siendo incapaz de pararme de las gradas con los patines puestos.

—¡Madre mía, ¿de dónde han salido tantos tíos buenos?! —pregunta Samantha a mi lado—. En mi facultad no hay tantos cuerpos esculpidos por los ángeles. Es más, creo que nunca había visto hombres tan perfectos.

Damián se aclara la garganta.

—¿Qué? —pregunta su hermana.

—No es agradable oír hablar a tu hermanita pequeña sobre lo bueno que están los hombres.

—Pequeña solo por unos minutos así que no te hagas.

—¡Vinieron! —grita Maikol acerándose a nosotros y me doy cuenta de que ya está un poco pasado de copas.

—No podíamos perdérnoslo —digo con una sonrisa—. Felicidades, Maik. —Le tiendo nuestro regalo. No sabíamos qué regalarle así que decidimos unirnos y le compramos un reloj. A los tíos le gustan los relojes o al menos eso he oído—. Es de las tres.

—Gracias, pero no tenían que hacerlo.

—Felicidades —dice Abigail un poco cohibida y la mirada que este monumento le dedica es ardiente, capaz de derretir a la más fría de las criaturas.

—Gracias.

—Felicidades, la fiesta es una pasada y la casa ni hablar —interviene Ariadna.

—Gracias. Aunque la fiesta ha sido idea de los chicos, por suerte todo va bien hasta ahora.

—¡Maikol! —grita una trigueña de grandes tetas detrás de él y en cuestiones de segundos está a su lado arrastrándolo con ella. Él se marcha sin decir adiós y si las miradas mataran, esa chica estuviera muerta y enterrada.

—Si te gusta es mejor que no sigas perdiendo el tiempo —le digo a Abigail.

—Eso mismo te digo yo a ti. —Me devuelve un poco mordaz y supongo que la mueca en mi cara no le pasa desapercibida porque inmediatamente se arrepiente.

—Lo siento, es solo que no es justo que sea tan guapo y tan mujeriego.

—Y tan bueno en la cama —interviene Ariadna—, digo, según lo que tú has dicho.

—No te preocupes, cielo, supongo que tienes razón, yo...

—¡Pero miren quiénes están aquí! —grita Zion interrumpiendo mis palabras y Dios, este también está pasado de tragos. Me pregunto en qué condiciones estará Kyle—. Están preciosas.

—Y tú borracho —contesta Ariadna.

—Un poco, tienes razón.

—Zion, esta es Samantha —digo apuntando a la chica a mi lado—. Y este es su hermano, Damián. Chicos, él es Zion.

—Bienvenidos, disfruten de la fiesta y beban todo lo que quieran.

—Gracias —contesta Damián.

—Zion, ¿dónde está el baño? —pregunto pues para mi mala suerte, no íbamos ni por la mitad del camino cuando mi vejiga decidió incordiar. Ya no aguanto más.

—Ahí hay uno. —Señala una puerta a unos metros de nosotros. Menuda cola—. Pero no te lo recomiendo, cómo ves, la cola es enorme y la higiene no debe estar muy buena. —Asiento decepcionada y él se saca unas llaves del bolsillo—. Estas no son. —Mete la mano en su otro bolsillo y saca otro llavero—. Cerramos todas las habitaciones para no tener que encontrarnos con parejas haciendo sus cosas en nuestras camas, pero Kyle, como siempre, dejó las suyas regadas y yo las guardé.

Me tiende el último llavero que sacó, con la forma de una guitarra negra.

—Este es el mío, cuando subas las escaleras, la segunda puerta a la derecha. No te fijes en el reguero.

Cojo las llaves y le doy las gracias.

Serpenteo entre el mar de borrachos que contonean sus cuerpos sin restricciones al compás de la música hasta que llego a la habitación. Está a oscuras, iluminada únicamente por la luz que sale por la puerta entreabierta del baño.



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En el texto hay: amor patinaje ruedas hielo

Editado: 22.07.2026

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