1. Solo contigo

34. Lo conseguimos

Addyson:

¡Lo logré! ¡Lo logré! ¡Lo logré!

¡Dios, no me lo puedo creer!

Lo conseguí, después de quince largos años, por fin he podido patinar.

Esto es... es... fenomenal, grandioso, espectacular. Es lo mejor del mundo.

Debo admitir que cuando Kyle me recordó que para las elevaciones debía patinar, no pensé que lo lograría. O sea, ¿cuántos años luché, rogué, supliqué para que mi cuerpo me obedeciera y no obtuve nada más que frustraciones, pesadillas, dolor? Saber que ahora por fin estoy saliendo adelante es todo un sueño.

Debo contárselo a las chicas...

No, a las chicas no, todavía. No quiero darles faltas esperanzas. Esto pudo haber sido algo de una sola vez, una broma de mal gusto de mi cerebro. Puede que mañana vuelva a ser consumida por el terror y...

STOP, Addyson.

Kyle lo dejó bien claro, nada de pensamientos pesimistas. Lo conseguiste hoy y mañana lo harás también.

No le contarás nada a las chicas para darles una sorpresa.

Sí, una sorpresa. Será la sorpresa del siglo. ¡Van a flipar!

No puedo esperar a que llegue mañana.

Esta noche, Kyle me ofrece ir al bar Clinton con los chicos a divertirnos, pero me niego porque necesito que el día de mañana llegue rápido. Necesito comprobar que he mejorado y que esa mejora, ha llegado para quedarse. Aunque ahora me estoy arrepintiendo de no haber aceptado su propuesta. Estoy tan eufórica que no puedo dormir.

Una ovejita.

Dos ovejitas.

Tres ovejitas...

Cincuenta ovejitas.

Al diablo con las ovejitas.

Mi madre, donde quiera que esté, también debe estar feliz y muy orgullosa de mí.

Lo voy a lograr, voy a participar en esa competencia, voy a hacer que mi padre recupere una parte del amor de su vida a través de mí.

Vamos a ganar.

Para mi suerte, la euforia cansa, así que poco después de las doce caigo en un sueño profundo en el que por primera vez en lo que parecen siglos, no me persigue el miedo.

***

Cuando Kyle llega al club a la mañana siguiente, ya lo estoy esperando impaciente y luego de un beso explosivo, entramos.

Mi euforia sigue cuando comienzo a patinar sin trabas, pero estoy en plan LOCURA TOTAL cuando le pido a Kyle que me retire la venda y para nuestro alivio, continuo patinando sin sucumbir al miedo, que si bien ha disminuido, aún lo siento dentro de mí.

Al día siguiente, no permito que me ponga la venda y no lo voy a negar, es difícil. Ver la pista delante de mí en todo su esplendor y saber que se supone que tengo que entrar, amenaza con sacar toda la mierda de mí, pero haciendo acopio de todas mis fuerzas, respiro profundo y me obligo a apartar los malos recuerdos y el miedo en un baúl en el fondo de mi cabeza. Lo cierro con llave y la boto bien lejos.

No se pueden imaginar la alegría, el alivio tan grande que siento cuando mi cuerpo responde a las órdenes de mi cerebro y se dirige a la pista por sí solo.

Las lágrimas se acumulan en mis ojos y no puedo evitar derramarlas. El rostro preocupado de Kyle cuando entra a la pista y me ve, me hace reír. Cogiendo impulso me le acerco y salto sobre él, cruzando mis piernas en su cintura. Por suerte tiene buenos reflejos y me atrapa sin tener un encuentro cercano con el piso.

—¿Estás bien? —pregunta preocupado. Le doy un pico en los labios y asiento con la cabeza. Él suspira aliviado.

—Como diría Judith Flores en “Pídeme lo que quieras” de Megan Maxwell: "Eres lo más bonito que ha parido tu madre". —Omito la otra parte de esa frase; sin embargo no puedo evitar pensar lo bueno que sería: "Y te juro que me casaba contigo ahora mismo con los ojos cerrados". Vuelvo a besarlo, esta vez más profundo—. Gracias, Kyle, por todo. Sin ti no lo habría logrado. Bendita sea la hora en que llegaste a mi vida. Bendito sea ese reloj que golpeó tu cabeza y todas las otras situaciones vergonzosas que nos han llevado hasta hoy. Gracias.

—De nada, pequeña. —Me besa.

El resto del entrenamiento se me pasa volando. Ya más segura de mí y de que no voy a entrar en un ataque de pánico, me permito disfrutar de los saltos, giros, piruetas que hace tanto tiempo que no hacía. La sensación de libertad que siempre he amado, me embarga, provocando una mezcla de sentimientos indescriptibles; todo se siente nuevo y familiar a la vez.

En la tarde decido llamar a la entrenadora para pedirle que vaya mañana al entrenamiento con el nuevo modelo de patines. Ya es hora de avanzar y si bien no le cuento sobre mi progreso, le digo que tengo algo importante que mostrarle.

Ahora estoy llamando a mi padre. Él se merece saberlo más que nadie.

—Hola, mariposita. —Sonrío ante su mote cariñoso.

Me llama mariposa, mariposita o cualquier cosa que se le ocurra que tenga que ver con esa palabra, desde la primera vez que me llamaron así por televisión y aunque luego del accidente hubo un tiempo en que dejó de usarlo y lo sustituyó por princesa, par de años después volvió a su mote original.



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En el texto hay: amor patinaje ruedas hielo

Editado: 22.07.2026

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