100 años de redención.

El amor de mi vida.

Esa noche, mi esposa Jazmín lucía infinitamente más encantadora de lo habitual. No sabría decir si era esa pequeña y preciosa pancita que ya comenzaba a dibujarse suavemente bajo la tela de su vestido, o el aroma de ese perfume dulce y cálido que siempre me había vuelto loco; tal vez fuera esa sonrisa suya, tan llena de luz y ternura, o la forma en que sus ojos oscuros brillaban con vida propia cada vez que se encontraban con los míos… Todo en ella me parecía perfecto, irreal, como si el tiempo se detuviera cada vez que la tenía cerca.

—Creo que ya no quiero ir —susurré, atrayéndola con fuerza contra mi pecho, incapaz de separarme de ella ni un segundo— Estaré muriendo de celo toda la noche… porque sé que todos esos hombres, esos buitres, no dejarán de devorarte con la mirada.

—¡Jajaja, amor, mírame bien! —respondió ella, acariciando mi mejilla con suavidad, con esa dulzura que solo ella tenía— ¿De verdad crees que alguien podría fijarse en una mujer embarazada de seis meses, con el cuerpo cambiado y cansada como yo?

—¡YO LO HAGO! —grité con voz fuerte, llena de orgullo y amor, con el pecho hinchado por la emoción, como si fuera la verdad más grande y absoluta del mundo— ¡Para mí eres más hermosa que nunca, mucho más que cualquier otra mujer!

—Eso solo lo dices porque eres el papá de este bebé que llevo aquí —me contestó, riéndose bajito, mientras daba un golpecito cariñoso en mi pecho— Tonto… ya vámonos, por favor. Todos nos están esperando, y no quiero que lleguemos tarde.

Me dejó un beso suave, lleno de promesas y cariño, sobre los labios, tomó su bolso con delicadeza y caminó hacia la puerta, directa al auto.

Yo me quedé un instante más, y mi mente voló sin querer hacia el día en que la conocí, tan joven y radiante; reviví cada momento de nuestro noviazgo, lleno de ilusiones y sueños, y el día de nuestra boda, cuando la vi llegar hacia mí vestida de blanco y supe que mi vida entera ya tenía sentido. De todo eso ya han pasado ocho años… ocho años largos, intensos, a veces muy difíciles, y sin embargo, no existe ni un solo día, ni un solo instante, en el que me haya arrepentido de haberla elegido a ella. Jazmín es, sin duda alguna, la mujer de mi vida, mi todo, mi razón de ser.

Durante el camino, ella se fue dejando caer poco a poco contra mi hombro, su cuerpo ligero y cálido, y con una mano empezó a acariciar su pancita, despacio, con un gesto lleno de una ternura mezclada con una preocupación profunda que me dolió ver.

—¿Sucede algo, mi amor? —le pregunté de inmediato, sintiendo cómo la angustia me invadía solo de verla así— No me digas que el bebé ya te está molestando o que te sientes mal… por favor, dime qué tienes.

—No es eso… —susurró con voz temblorosa, bajando la mirada hacia su vientre— Mi niño se porta muy bien, es tranquilo y dulce… solo que tengo miedo, Rafael… tengo un miedo que me aprieta el pecho y no me deja estar tranquila. Llevamos tanto, tanto tiempo buscando este milagro… tantas pruebas, tantas lágrimas, tantas noches sin dormir… y siento que esta es, tal vez, la última oportunidad que tengo de ser madre. Este bebé es lo más preciado, lo más sagrado que existe en mi vida, y mi único deseo, mi única oración, es poder traerlo al mundo sano, salvo y lleno de vida.

La abracé con fuerza, pero con mucho cuidado, protegiéndola como si fuera lo más frágil que existiera, y sentí cómo su cuerpo entero temblaba entre mis brazos, estremecido por el llanto que intentaba contener. Yo entendía ese miedo a la perfección, lo llevaba también dentro de mí. Después de ocho años de lucha, de verla sufrir, de verla caer y levantarse una y otra vez, que por fin hubiera concebido se sentía realmente como un milagro, uno que temíamos perder en cualquier momento.

—Eres la mujer más fuerte que he conocido jamás —le dije, mirándola a los ojos, intentando transmitirle toda mi fe, todo mi amor— Eres también la madre que más amor tiene para dar en este mundo. No tengas duda, ni por un segundo, darás a luz a un bebé sano, hermoso, y será el niño más amado, el más mimado y el más feliz sobre la tierra. Yo me encargaré de eso, mi vida. Ustedes dos… tú y él… son mi vida entera, mi todo, y nada les pasará mientras yo esté aquí.

—Gracias, Rafael… —susurró con la voz rota, las lágrimas empezando a correr por sus mejillas— Sin ti, sin tu amor inmenso, sin tu paciencia infinita… yo jamás habría podido llegar hasta aquí. Hace mucho tiempo, hace años, yo ya me habría derrumbado por completo si no hubieras estado tú para sostenerme.

—Te amaría igual, incluso si fuéramos solo nosotros dos para siempre, Jazmín —le respondí con el corazón apretado, con la verdad más profunda que guardaba en el alma.

Ella rompió a llorar con más fuerza entonces, aferrando sus manos a mi cuello como si yo fuera su único salvavidas, y no se calmó, no dejó de llorar, hasta que llegamos al lugar y, al ver la mirada atenta de mi madre, por fin logró recomponerse un poco. Se veía tan pequeña, tan vulnerable, como una niña asustada que solo quiere ser protegida.

—¡Jazmín, querida! ¿Qué sucede? —mi madre se acercó rápido, pero su mirada se volvió inmediatamente dura y feroz al clavarse en mí— Rafael ¿Acaso tú la has hecho llorar? ¿Le has dicho algo malo?

Jazmín se movió con agilidad, poniéndose delante de mí, cubriéndome con su propio cuerpo como si yo fuera el que necesitaba protección.

—¡No, suegra, por favor, no le diga nada! —exclamó con voz suplicante— Soy yo… son mis hormonas, que están completamente descontroladas. Ahora lloro por todo, y a la vez por nada… es que cualquier cosa me conmueve, cualquier cosa me asusta. Rafael es un hombre de una paciencia increíble, maravillosa, que no duda en consolarme, en abrazarme, en cuidarme sin importar lo inestable, lo difícil o lo complicada que yo me sienta en estos días. De verdad… es el mejor esposo, el mejor compañero que podría existir.

Mamá, por fin, soltó un suspiro largo y pesado, lleno de alivio, tomó suavemente la mano de Jazmín y la llevó hacia adentro, hablándole bajito para calmarla. Yo me quedé atrás, observándolas, dejando que ella fuera la reina, la más mimada y querida en ese momento, como se merecía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.