Detrás de mí, ella se retorció entre las sábanas, desperezándose lentamente, abrió sus ojos con esa mirada suya, medio soñolienta y medio atrevida, que me revolvía el estómago de pura culpa.
—¿Cómo es que estás aquí? ¿Qué fue lo que pasó anoche? —fue lo primero que salió de mi boca, la pregunta ardiente, confundida y furiosa que me estaba devorando por dentro en ese mismo instante.
Eva se envolvió rápido con las sábanas, cubriendo su cuerpo desnudo con vergüenza aparente, bajando la vista hacia sus manos entrelazadas.
—¿De verdad no recuerdas nada? —me preguntó con voz suave, casi susurrada, como si intentara tantear el terreno.
—¡SI LO RECORDARA, NO TE LO ESTARÍA PREGUNTANDO! —le grité, furioso, acercándome con paso pesado y amenazante, sin importarme lo brusco de mi actitud— ¡Habla ahora mismo, sin rodeos ni mentiras, si no quieres terminar soltando la lengua frente a un oficial de policía, explicando todo esto ante la ley!
Eva retrocedió asustada, su cuerpo pequeño estremeciéndose entero ante mi tono y mis palabras, tropezó con el borde de la cama, cayendo al suelo con un golpe seco y ensordecedor que resonó en toda la habitación. Desde allí, sentada en el suelo, alzó la vista, y vi claramente cómo el pánico más absoluto se apoderaba de su rostro, dejándola pálida y aterrorizada.
—Yo no hice nada malo, se lo juro por mi vida —sollozó, las lágrimas comenzando a correr sin freno por sus mejillas, sus ojos enrojecidos y llenos de angustia— Fue usted… fue usted quien me metió a la fuerza en este cuarto y no me soltó ni un solo segundo en toda la noche…
—¡Jajaja! —me reí con amargura, una risa seca, cargada de desprecio y rabia— ¿De verdad me crees tan estúpido como para tragarme semejante mentira? —me incliné hacia ella, marcando cada palabra— Si no me dices ya mismo quién te pagó para hacer esto, y cuál es el maldito motivo detrás de todo, te denunciaré por complicidad, por engaño, por todo lo que sea necesario.
—¡LO JURO POR MI VIDA, POR LO MÁS SANTO QUE TENGO! —gritó ella, la voz quebrada por el llanto, y vi cómo titubeó un instante antes de seguir. — Yo… yo, usted estaba tomando copas con el señor Miguel, hablando de negocios como todos los demás. Andrés tampoco dejaba de pedir tragos, uno tras otro, insistiendo siempre para que todos bebieran… Yo subí al piso de arriba porque ya me sentía muy cansada. Luego salí de la habitación por un poco de hielo… y fue entonces cuando lo vi a usted. Me sujetó de la muñeca con una fuerza tremenda, no me dio tiempo ni de gritar, y me arrastró hasta este cuarto. Una vez aquí… usted no me soltó en toda la noche, no me dejó ir ni un momento…
Por más que intentaba, con todas mis fuerzas, revolviendo en mi memoria, buscando cada rincón de lo que había sido la noche anterior, no lograba recordar nada de eso. Sí tenía claros los momentos iniciales, la reunión con Miguel y con Andrés, la mesa llena de botellas vacías de licores fuertes, a Eva junto a las otras dos chicas, sonriendo, bailando, moviéndose entre la gente… pero no tenía ni la menor idea de por qué razón habría subido a la planta superior, y mucho menos de por qué habría terminado pasando la noche entera junto a ella. Todo lo que pasaba de ahí era un vacío oscuro y doloroso en mi mente.
—Sabes bien que si me estás mintiendo… —la amenacé, con voz ronca, señalándola con el dedo.
—¡NO LO HAGO! ¡Le juro que no miento! —respondió ella, desesperada.
—Entonces contéstame esto —le dije, acorralándola con mis preguntas— ¿Por qué no me golpeaste? ¿Por qué no gritaste o llamaste pidiendo ayuda si, como dices, yo te ataqué primero y te traje aquí a la fuerza? ¿Por qué te quedaste callada y te dejaste estar?
—¡Jajaja! —se rió con tristeza, secándose las lágrimas con la sábana— ¿De verdad me lo pregunta, señor Ríos? Míreme bien… Yo llegué aquí esa noche como una más de las acompañantes del señor Andrés, una chica cualquiera, sin nombre, sin importancia, de las que la gente piensa que están ahí para eso. En cambio usted… usted es un hombre respetado, reconocido, con posición, con familia, con todo. ¿Cree que alguien me hubiera creído a mí por encima de usted? Al final, yo sería la que cargaría con toda la culpa, la que quedaría marcada, la que perdería todo… aunque fuera totalmente inocente.
—Eso no es ninguna excusa para lo que pasó —le espeté, duro, sin compasión.
—Lo sé… lo sé muy bien —susurró ella, bajando la cabeza un momento, y luego me miró directo a los ojos, con una expresión que me hizo estremecer— Pero hay algo más… Al principio tenía miedo, sí… pero luego… luego me gustó. Me gustó su pasión desbordada. La manera en que me besaba tan desesperado, con tanta hambre, como si llevara años sin probar nada dulce. La forma en que me hizo suya, de una manera tan incontrolable, tan intensa… como si hubiera estado caminando perdido en medio de un desierto seco y yo fuera de repente su único oasis, su agua fresca. Su lujuria me cegó por completo, señor… y yo también me dejé llevar por el momento, me dejé atrapar. Después de todo… fue usted quien me buscó a mí, quien me eligió entre todas.
¡Maldición! ¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo pude ser tan idiota, tan débil, tan ciego? ¿Cómo pude beber hasta perder el juicio y terminar metiéndome con otra mujer, traicionando así todo lo que tengo? Esto, sin duda alguna, iba a destrozar a Jazmín, iba a romperla en mil pedazos, y también destrozaría a toda mi familia, todo lo que hemos construido con tanto esfuerzo.