100 años de redención.

La culpa creciente

Me terminé de vestir a la velocidad de la luz, con la única idea en la cabeza de escapar de ese lugar cuanto antes, de salir de esa habitación maldita, e intentar desesperadamente recuperar mis recuerdos perdidos. Algo aquí no encajaba, algo estaba muy mal. He bebido mil veces en mi vida, muchas más de las que puedo contar, y nunca, absolutamente nunca, me había pasado algo así. No pierdo la memoria, no dejo de ser yo… Aquí había algo raro, algo oculto, y tenía que averiguar qué era, costara lo que costara.

—Espero no volver a verte nunca más en mi vida —le solté con frialdad, acercándome ya a la puerta— Y de verdad, espero por tu propio bien, que no me hayas mentido ni ocultado nada, porque de lo contrario… cuando me entere de la verdad, me conocerás enojado, y eso será lo peor que te pueda pasar.

Ya tenía la mano en el picaporte, listo para irme, cuando escuché su voz suave y serena detrás de mí, que me heló la sangre en las venas.

—Tranquilo… no diré nada a nadie. Puede estar seguro. También entiendo muy bien que su pareja está pasando por un momento complicado, difícil, con ese embarazo suyo… es mucho tiempo sin poder estar juntos, sin intimidad. Es normal, que un hombre como usted quiera descargar su deseo, su energía, en alguien más para no hacerle daño a ella. No me molesta en absoluto si soy yo esa persona, la que le ayuda. Quédese tranquilo… nunca le diré nada a nadie.

Antes de darme cuenta, me había girado de golpe, la había agarrado con fuerza y la tenía clavada contra la pared, mi puño cerrado rozando peligrosamente su mejilla pálida, mis ojos ardiendo de furia e indignación.

—¡¿CÓMO TE ATREVES?! —le grité, con toda mi alma desgarrada en esas palabras— ¿Cómo te atreves siquiera a decir esas cosas, a hablar así de ella, de nosotros? ¡YO AMO A MI ESPOSA CON TODA MI VIDA! ¡ESTO NO FUE MÁS QUE UN ERROR HORRIBLE, ALGO QUE ME ARREPIENTO CON TODAS MIS FUERZAS! ¡NUNCA LA CAMBIARÍA POR NADIE!

Ella se estremeció, asustada de nuevo por mi reacción, y bajó la mirada, con voz casi inaudible.

—Yo… yo solo quería decirle que de mi boca no saldrá ni una sola palabra, se lo prometo. Los dos la pasamos muy bien juntos, lo disfrutamos… y de verdad, créame… no creo que pueda olvidar nunca lo que pasó entre nosotros esta noche.

Salí de ese lugar hecho un desastre absoluto, el cuerpo entero me dolía como si me hubieran golpeado, la cabeza me daba vueltas y las náuseas me subían una y otra vez a la garganta. No podía creer las palabras que ella me había dicho, ni la situación en la que me encontraba. Pero lo que de verdad me estaba matando, lo que me desgarraba por dentro, era la certeza absoluta de que había traicionado la confianza de la mujer que más me ama en este mundo, esa que lleva a mi hijo amado en su vientre, esa que siempre ha estado a mi lado, en lo bueno y en lo malo, sin importar nada…

Al volver a casa, me escabullí sigilosamente por la puerta trasera, evitando ser visto, y corrí directo a la habitación de invitados. Desde ahí, podía escuchar las voces alegres de Jazmín, hablando con mi madre y con mi hermana; estaban en la habitación que preparamos para el bebé, y se les oía reír, felices, plenas, totalmente ajenas al tormento infernal que me estaba invadiendo y destrozando a mí por dentro.

Después de una ducha larga, interminable, donde me restregué la piel hasta hacerme daño, intentando de forma miserable borrar cualquier rastro, cualquier olor, cualquier huella de esa mujer, me di por vencido, nada podía limpiar lo que había hecho, nada podía borrar mi culpa. Salí por fin y me dirigí hacia donde estaban ellas. No podía esconderme para siempre, tenía que salir, tenía que enfrentar esta situación aunque me doliera el alma.

Al llegar a la habitación, las vi a las tres, hermosas, sonrientes, y en cuanto notaron mi presencia, no tardaron ni un segundo en rodearme, inundándome con sus preguntas y reclamos.

—¿¡A dónde diablos estabas metido, Rafael?! —gruñó mi hermana, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome con rabia y preocupación— ¡Hemos estado como locas buscándote!

—¡Mal hijo! Nos has tenido en vela toda la noche, sin poder pegar un ojo —se quejó mi madre, acercándose y jalándome de la oreja con disgusto, aunque con alivio al verme— Tu esposa apenas y ha logrado dormir bien un rato, estaba desesperada de la preocupación por ti.

—Amor… de verdad, me tenías con el corazón en la mano, tan asustada… —Jazmín se acercó despacio, con sus ojitos ya rojos y brillantes, a punto de llorar de puro alivio— Incluso llegué a pensar que algo malo, algo terrible, te había ocurrido… que te habías accidentado o… o algo peor.

Me quedé helado frente a ellas, viendo sus caras llenas de amor, de angustia, de confianza absoluta en mí. Sabía que tenía que decir la verdad, que era el momento justo para soltarlo todo, confesar que había cometido el peor error de mi vida, el pecado más grande que un hombre puede cometer… pero al verlas así, tan vulnerables, tan preocupadas, tan entregadas a mí… no pude hacerlo. Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta, pesadas, amargas, y decidí mentir, una mentira que me quemaba la boca.

—Perdónenme a las tres, de todo corazón —dije, bajando la cabeza con fingido cansancio— Sí, llegué anoche, pero bebí de más, mucho más de lo que debía, y me sentía pesado, mareado… así que decidí dormir en el cuarto de invitados para no hacer ruido ni molestarte a ti, mi vida, ni despertarte. Recién acabo de despertar ahora mismo, y se me parte la cabeza de dolor, me siento fatal… No sabía que me querían y me amaban tanto como para ponerse así de mal por mí…

Intenté bromear un poco, aunque las náuseas y la culpa apenas y me permitían mantenerme de pie, sentía que me iba a desmayar en cualquier segundo. Pero al verme tan pálido, tan débil, tan "arrepentido", las tres cedieron rápidamente, su enojo se desvaneció y acabaron con toda su actitud dura hacia mí, volviendo a ser dulces y cariñosas conmigo.




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