100 años de redención.

¿Trampa o algo más?

Jazmín preparó ella misma una sopa para mi resaca, y al verla moverse con tanta delicadeza y gracia por la cocina, con su silueta dibujada suavemente entre las luces y los rincones, sentí como si miles de agujas afiladas me clavaran en el pecho, hiriéndome cada vez más profundo en lo más adentro de mi alma.

—¿Qué te pasa de repente, Rafael? _ preguntó Jana, deteniéndose un instante para mirarme con curiosidad— ¿Por qué de repente la observas de esa forma tan triste y lamentable? Cualquiera que te viera pensaría que estás muriendo en este mismo instante.

La burla de Jana me arrancó de mis pensamientos, de mis remordimientos más profundos, y me devolvió a la realidad con un golpe seco.

—¿Lo lograste, verdad? — preguntó nuevamente ella cruzando los brazos y mirándome con ojos pícaros, intentando adivinar lo que pasaba.

—¿Lograr qué? —respondí, sobresaltado, con el corazón latiéndome con fuerza, temiendo que hubiera sospechado algo de lo que había pasado la noche anterior.

—¿El acuerdo con el señor Miguel, tonto? —me explicó ella, riendo bajito— ¿Por qué estás actuando tan extraño esta mañana, como si te hubiera pasado algo terrible?

Antes de que pudiera encontrar una respuesta, el sonido suave del plato que Jazmín dejaba con cuidado sobre la mesa me cortó las palabras en la garganta. Ella me sonrió con calma y un amor tan grande que me ahogaba, y en ese momento supe que no podía hacerle esto. Ella ya ha pasado por tanto, por tantas pruebas y sufrimientos, y este embarazo es de alto riesgo, algo que nos tiene a todos con el corazón en la mano cada día. Si confesara mi pecado, si le dijera la verdad y algo le sucediera a ella o a nuestro bebé, jamás me lo perdonaría, ni yo mismo podría soportarlo. Tenía que guardarme este secreto, tenía que ser el único que sufriera por mi falta de honradez y por mi maldita debilidad.

—Estás hermosa, esposa mía —le dije, con la voz llena de emoción, mirándola fijamente con todo el cariño que sentía por ella— Incluso más hermosa que la primera vez que te vi, cuando entraste en mi vida y me robaste el corazón sin que yo me diera cuenta siquiera.

—¡Jajaja! Ya deja de decir esas cosas, que me avergüenzo —respondió ella, sonrojándose dulcemente, mirando hacia un lado como si le diera pena— ¿Qué pensará tu familia de nosotros, diciendo tantas cosas bonitas?

—Que estoy perdidamente enamorado de la mujer más hermosa que existe sobre toda la tierra —le respondí sin dudarlo, sin apartar mis ojos de los suyos.

—¡Oh, mira, querido! —dijo ella de repente, con una alegría que iluminaba todo su rostro— El bebé se está moviendo.

Llevé mis manos rápidamente hacia su vientre, con cuidado y ternura, y al instante sentí la vida que crecía dentro de ella, mi hijo, que no dejaba de dar vuelcos y movimientos pequeños, llenos de fuerza y vida, que me arrancaron una sonrisa de felicidad tan grande que sentí que me explotaba el pecho.

—Mi pequeño rey… —susurré, con la voz llena de emoción, acariciando suavemente su piel— Hoy sí que estás feliz, ¿verdad? ¿Te has quedado solo y has extrañado a papá? ¿Cuidaste bien de mami mientras yo no estaba?

Le di un beso suave sobre su vientre, y al instante sentí una patada firme y fuerte que me golpeó la mejilla, como si me respondiera con toda su fuerza.

—¡Jajaja! —se rió Jazmín, contenta y feliz— En dos días tengo la cita con el médico, ¿vienes conmigo?

—¡Claro que sí, mi amor! —le respondí con toda mi alma— Ya no veo la hora de conocer a este pequeño revoltoso que ya se hace notar tanto.

—Serás el mejor padre del mundo, de eso no tengo ni la menor duda —me dijo ella, mirándome con una adoración que me hacía sentir aún más sucio e indigno— Porque ya eres el mejor esposo que la vida me pudo dar, y nada ni nadie cambiará eso para mí.

Jazmín se inclinó hacia adelante con intención de besarme, pero sin darme cuenta de lo que hacía, yo me aparté de golpe, con brusquedad, alejándome de su lado lo más rápido que pude. Todos nos quedamos sorprendidos por mi actuar, mirándome con ojos abiertos y llenos de extrañeza.

—Perdón… —me apresuré a decir, con la voz temblorosa y la cara ardiendo de vergüenza— Todavía tengo olor a alcohol y a todo lo demás, y no quiero incomodarte, ni hacerte daño…

Tomé el cuenco con la sopa y me la bebí de un solo trago, con prisa, como si me estuviera ahogando. La comida estaba exquisita, preparada con todo el cariño que ella ponía en cada cosa, pero yo no lograba sentir ni el más mínimo sabor; lo único que sentía era una desesperación y una culpa tan grandes que me partían por la mitad por dentro.

Antes de que cualquiera pudiera hacer otra pregunta o decirme algo más, me levanté de un salto y salí apresurado hacia mi despacho, sin mirar atrás. No me atrevía a mirarla a la cara, me sentía tan sucio, tan indigno de su amor sincero y puro, que no podía soportar ni siquiera estar en la misma habitación que ella sin sentirme un criminal.

Por más que me esforzaba, por más que intentaba buscar en mi memoria, no lograba recordar nada de lo que había pasado aquella noche; era como si mi mente hubiera sido borrada de forma deliberada, como si alguien hubiera apagado la luz de mis recuerdos para que no pudiera saber la verdad. Lo único que se me venía a la mente con claridad era el instante en que estaba sonriendo con una copa en la mano, hablando con Miguel y con Andrés; ese era mi último recuerdo nítido y real. No sabía en qué momento Eva había subido a la planta superior, no la había visto irse, porque en ese momento no le estaba prestando ni la más mínima atención, ella no formaba parte de mi mundo, no significaba nada para mí. Si no hubiera sido por lo que había pasado después, ni siquiera recordaría su rostro, ni el color de su vestido, ni su voz, ni nada de ella.

Por todo esto, no me cabe ninguna duda de que esto fue una trampa bien planeada. Pero… ¿de quién?




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