Conozco a Miguel de toda la vida. Llevamos construyendo negocios y caminando juntos durante años; es para mí es como un miembro más de mi propia familia, y jamás podría dudar de su lealtad. En cambio, con Andrés… la historia es muy distinta. A él no lo conozco en absoluto, nunca antes había oído su nombre ni me había cruzado con su rostro hasta esa fatídica noche. Por ese simple hecho, él se convierte automáticamente en mi principal sospechoso. Pero, aun así, la lógica me grita preguntas que no encuentro cómo responder
¿Por qué haría algo así? Si es un hombre nuevo en este mundo de negocios, si se presenta como un nuevo rico recién llegado, significa que yo no le he robado contratos, ni le he quitado negocios, ni le he arrebatado asociaciones. Significa que jamás le he hecho ningún daño, ni le he quitado nada que le perteneciera por derecho. ¿Qué podría ganar con un plan de esta magnitud, con algo que tenía el poder de arruinarme la vida por completo?
Lo único que me queda totalmente claro en medio de todo este caos y confusión es que necesito saber la verdad a toda costa. Es indispensable descubrir qué fue lo que pasó realmente y quién está escondido detrás de todo este complot que amenaza con destruirme.
También sé que tengo que vigilar de cerca a Eva. Tengo que estar alerta por si resulta ser una de esas mujeres que solo andan por la vida buscando fortunas, que vio en mí una oportunidad de oro y quiso aprovecharse de mi momento de debilidad y confusión. Si es así, que lo tenga por seguro, se arrepentirá el resto de sus días de haberme puesto en su mira, porque no voy a permitir que nadie, destruya lo que más quiero en este mundo, ni lo que tanto esfuerzo me ha costado construir.
La puerta se abrió con suavidad, casi sin hacer ruido, y al levantar la vista me encontré con Jazmín entrando en la habitación. Traía entre sus manos una jarra de agua fresca y una caja con medicamentos, todo dispuesto con infinito cuidado sobre una bandeja de cerámica blanca. Se acercó despacio, con esa gracia natural y esa dulzura infinita que siempre la han caracterizado, y me miró con esos ojos llenos de amor puro, comprensión y ternura, capaces de desarmarme en un segundo.
— Veo que lo has tenido muy difícil esta mañana, amor mío — me dijo con una voz suave, una caricia hecha sonido que me llegaba directo al alma — Quiero disculparme si mi presencia te molesta o si te incomoda en este momento. En cuanto te deje esto aquí mismo, te daré todo el espacio que necesites, te lo prometo.
Verla a ella disculparse conmigo, ella que no tiene ninguna culpa de nada, sabiendo que era yo el único que había provocado todo este desastre, quien la había traicionado en silencio y quien la había hecho sufrir sin que ella tuviera la menor idea, me partió el corazón en mil pedazos.
Me levanté de un salto, sin poder contenerme ni un segundo más, y la envolví entre mis brazos con fuerza, aferrándome a ella como a un salvavidas, pero al mismo tiempo con muchísimo cuidado, temiendo hacerle el más mínimo daño por su estado. Sentí su calor, su suavidad, y ese amor sincero y desinteresado que ella siempre me ha ofrecido sin pedir nada a cambio.
— Perdóname tú a mí, por favor, perdóname — le susurré, con la voz quebrada por la emoción y la angustia — De verdad me duele muchísimo la cabeza, y estoy actuando como un completo idiota sin razón ni sentido… pero tú no tienes la culpa de nada, mi vida. Tú eres la verdadera guerrera de esta familia. Estás cansada, agotada, porque estás creando vida dentro de ti, llevas nuestro futuro en tu vientre… y yo aquí, con mis berrinches, mis silencios y mis malos modos, no te ayudo en nada, al contrario, solo te añado más preocupaciones y cargas que no mereces.
— ¡Jajaja! — se rió ella, una risa clara, cristalina y alegre, que pareció iluminar toda la habitación como si fuera un rayo de sol o un arcoíris que aparecía por primera vez en mi oscura vida — Me ayudas de tantas formas, de tantas maneras que no puedo explicar con palabras, pero que intentaré demostrarte cada día para que te sientas mejor. Me encanta que seas tan paciente, tan dulce y tan considerado conmigo. Sé que no es nada fácil lidiar con mis cambios de humor bruscos, con mis hormonas que a veces me juegan malas pasadas y me ponen insoportable… y aunque el médico nos prohibió rotundamente tener intimidad por el riesgo que corre el embarazo, aun así sigues aquí, a mi lado, sin quejarte de nada, sufriendo en silencio por el deseo que te quema, pero cuidándome, respetándome y tratándome como a una reina. Eres tan amoroso, tan protector, tan mío… y eso me llena el corazón de felicidad inmensa. Sin dudas, gané el cielo entero al tenerte como mi esposo.
En ese instante, no pude evitarlo. Enterré mi rostro profundamente en el hueco de su cuello, aspirando su aroma que siempre me ha dado paz, sentí una punzada aguda al comprender que era yo mismo quien había destruido todo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo, tiempo y amor. Esta mujer siempre ha sido mi roca, mi apoyo incondicional, la que nunca me ha fallado ni me ha dado la espalda, y yo… yo como un estúpido, como un ser sin valor ni vergüenza, la engañé, traicioné esa confianza inquebrantable que Jazmín me tiene, esa fe ciega que ha depositado en mí desde el primer día que nos vimos. No pude contenerme más, las lágrimas salieron solas, calientes, amargas, dolorosas, me estremecí todo al llorar, ocultando mi debilidad en su piel.
— Amor… ¿qué te pasa ahora, mi cielo? — me preguntó ella, notando cómo me sacudía el llanto, y su tono se volvió inmediatamente más suave, lleno de una preocupación que no merecía que tuviera por mí. Con su mano tibia y suave, empezó a acariciar mi cabello con una ternura infinita, intentando calmarme sin decir nada más.
— Creo que me han pegado tus hormonas, ¡ja, ja, ja! — logré responder entrecortadamente, intentando disimular mi dolor entre los sollozos y una risa forzada — Soy tan feliz a tu lado, te quiero tanto, que ni siquiera me creo la suerte que tengo de que seas mi esposa, de que tú estés aquí conmigo… a veces siento que no me lo merezco.
Editado: 10.08.2026