Esa sonrisa tan deslumbrante, esas palabras cargadas de tanto amor y entrega… Ver a mi familia reunida a nuestro lado, celebrando nuestra felicidad, era lo único que me daba las fuerzas para seguir en pie, aunque en el fondo sintiera que el terreno bajo mis pies era inestable, que podía caer al abismo con tan solo un paso en falso. Jazmín era lo que me daba la fuerza necesaria para intentarlo todo, para hacer lo que fuera con tal de remediar mi error, mi pecado, mi traición. Y mi hijo… mi hijo era la única razón por la cual estaba dispuesto incluso a retroceder en el tiempo, si fuera posible, y borrar esa maldita noche de nuestras vidas para siempre.
No podía rendirme ahora, no podía dejar que mi familia se derrumbara en pedazos, no sin antes pelear con todas mis fuerzas, con lo poco que me quedaba de honor.
— Cariño, estaré de viaje en un lugar muy lindo, según me ha contado Miguel — le dije, tratando de que mi voz sonara tranquila y entusiasta — Es un sitio tranquilo, alejado, más privado… y pensé que tal vez podría echarle un vistazo a algunas casas que están en venta por allí.
— ¿Mudarnos? — preguntó ella, sorprendida y un poco inquieta — Pero Rafael, ¿no es demasiado precipitado? Aquí tienes tu trabajo, tu oficina, todo lo que conoces… y yo no quiero estar sola en un lugar nuevo, preocupada todo el tiempo por ti, y más ahora con la llegada del bebé, que falta tan poco.
— No, amor, no te dejaré sola para ir y venir todo el tiempo a la ciudad, te lo prometo — la tranquilicé, acariciando su rostro — La verdadera idea es encontrar una linda casa, con jardines amplios y verdes, para que el bebé crezca tranquilo, corra y juegue sin peligro. Pienso montar una oficina en casa y trabajar desde allí, así podré pasar mucho más tiempo con ustedes dos y disfrutar de cada momento del crecimiento de nuestro hijo.
Pude notar cómo su expresión tensa se relajó al instante, soltando un largo suspiro de alivio mientras me abrazaba con fuerza, escondiendo su rostro en mi pecho.
— Cariño, me has dado un susto de muerte… pensé que te habías aburrido de nosotros, de la rutina, y que por eso nos querías mandar lejos, apartarnos de todo.
— Jamás haría tal cosa, mi vida. Yo no puedo vivir sin ti, sin tu luz, sin tu amor… tú eres todo lo que tengo.
— Bien… entonces hazlo, confío plenamente en ti, Rafael. Sabes que iría hasta el fin del mundo a tu lado.
Besé su frente con infinita ternura antes de alejarme despacio de Jazmín. En ese momento, no podía mirarla con nada más que no fuera admiración absoluta y una culpa que me quemaba las entrañas. Luego de ayudarla a colgar el nuevo cuadro con la ecografía del bebé en su cuarto, y de llevarla a la cama para que descansara, intenté despejar mi mente por completo. No podía seguir así, no podía seguir destruyéndome a mí mismo con estos pensamientos negativos y este dolor silencioso; tenía que encontrar una solución, no excusas baratas.
Días después, viajé junto a Miguel. El paisaje de verdad me gustaba mucho, las casas eran hermosas, grandes, rodeadas de naturaleza, y sin duda alguna nos vi a nosotros tres, como si fuera un sueño, disfrutando en esos jardines, compartiendo la vida como una familia normal y feliz.
— ¿De verdad te piensas mudar tan lejos de todo? — resopló Miguel, sin quitar la vista de la carretera mientras conducía.
— Quiero estar presente para mi hijo, para ayudar a Jazmín en los primeros meses, que son los más difíciles… y también quiero darme un tiempo para mí — le expliqué, mirando por la ventana — He trabajado durante tantos años sin unas vacaciones decentes, sin parar un segundo, que creo que me lo merezco, ¿no? Necesito cambiar de aires, empezar de cero.
— Tienes razón, amigo. El dinero es importante, claro que sí, pero la familia lo es aún más, y los primeros años de vida de los niños son los que marcan todo lo demás. Bien, tienes todo mi apoyo en esto, sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.
— Gracias, Miguel. De verdad necesito esto más de lo que te imaginas, más de lo que puedo decirte.
— ¿De verdad está todo bien, Rafael? — me preguntó de pronto, mirándome de reojo con seriedad — Al final, nunca me terminaste de contar por qué sospechabas tanto de Andrés, qué fue lo que te hizo desconfiar de él de esa forma.
La intriga estaba claramente tatuada en su rostro, en sus ojos, pero yo no estaba listo, ni lo estaría nunca, para contarle la más cruda y dolorosa verdad.
— Ya llegamos, amigo — dije, señalando el edificio a lo lejos — Tenemos menos de veinte minutos antes de la reunión, hablamos luego, ¿vale?
Bajé del coche apresurado, tomando la llave de mi habitación, intentando escapar de las preguntas que no me atrevía a responder, de mi propia conciencia. Horas después, ya estábamos reunidos con los distribuidores, con los contadores y también con el posible nuevo accionista; un hombre que, sin dudar, haría que la empresa creciera aún más y se consolidara. Si cerrábamos con éxito este negocio, todo sería mejor… o al menos eso quería creer.
Entre las pláticas interminables, los brindis y la gente que llegaba y se iba del lugar, me quedé totalmente de piedra, inmóvil, al ver a Eva parada en la barra del salón.
— ¿Qué hace ella aquí? — susurré, con la voz entrecortada y un escalofrío recorriéndome la espalda.
— ¿Quién? — la mirada de Miguel recorrió el lugar rápidamente, tratando de seguir mi línea de visión.
— Eva… la chica de la otra noche, la que estaba con nosotros.
— Vaya… yo ni siquiera la recordaba y tú hasta te acuerdas de su nombre — dijo él, frunciendo el ceño. — Rafael, ¿qué diablos está pasando contigo?
Su mano se posó sobre mi hombro, apretándolo ligeramente con preocupación, pero yo acababa de entender algo terrible, que desde el comienzo, aquello nunca fue un encuentro casual ni por suerte.
Me lancé hacia su dirección con la expresión endurecida, con los puños apretados y mis ojos puestos únicamente en ella, como si fuera mi enemiga mortal. La tomé de la muñeca con fuerza, obligándola a levantarse de un tirón.
Editado: 10.08.2026