100 años de redención.

El peso de la realidad.

Corrí hasta quedarme muy lejos del lugar, hasta encontrarme sentado en medio de la nada, bajo la oscuridad de la noche, mientras intentaba pensar, intentaba entender qué fue lo que había pasado, cómo era posible que yo le hubiera podido hacer esto otra vez a Jazmín. ¿Es que acaso esa mujer es una bruja y he caído bajo algún tipo de hechizo maligno? ¿O simplemente es que yo soy el bastardo, el hijo de perra más despreciable que existe sobre la tierra?

Tal vez todo este tiempo solo busqué justificar lo injustificable. Soy despreciable a tal grado que culpo a los demás, que me invento historias y conspiraciones para no sentir la culpa abrumadora, para no tener que admitir en voz alta que soy de lo peor, que soy basura, un cobarde que engaña a la mujer que ama y que confía ciegamente en él.

No pude evitar romper a llorar, sentía que me estaba ahogando cada vez más en mi propia miseria, mientras mi cuerpo entero cedía ante este pesar que me oprimía el pecho. Sentía cómo mi mundo entero se derrumbaba en pedazos ante mis ojos.

— ¡Rafael, carajo! Llevo una hora buscándote por todas partes — la voz preocupada y algo alterada de Miguel me hizo girar bruscamente hacia él, sacándome de mi abismo — ¿Qué haces aquí sentado, solo y en la oscuridad?

— Miguel… yo… quiero morirme — logré decir, rompiendo por fin el silencio que me estaba matando.

— Viejo, ¿qué diablos estás diciendo justo ahora? — se acercó rápido, y su mano se posó con fuerza sobre mi hombro, para luego dar paso a un abrazo firme y sincero — Mira, llegó la hora de que me expliques qué está pasando aquí, qué te está ocurriendo… de lo contrario, no podré ayudarte ni sacarte de esto.

— Es que no puedo explicar todo lo que he hecho… es demasiado horrible.

— ¿Es por la mujer que estaba en la barra, verdad? — adivinó con seriedad — Escúchame, Rafael, somos amigos, quiero pensar que muy buenos amigos. Tu padre me dio la oportunidad de entrar en este negocio cuando tenía apenas dieciocho años, me dio todo. Soy mayor que tú, y aunque a veces actúo como un estúpido crío, estos cuarenta y seis años que tengo deben de servir para algo, ¿no? Así que confía en mí, yo puedo ayudarte y guiarte. ¿Acaso no he sido un buen mentor para ti todo este tiempo?

— Por supuesto que sí, Miguel. Sin tu ayuda yo jamás habría podido sostener ni hacer crecer el legado de mi padre… fuiste un gran mentor y siempre aprecié tu experiencia y tus consejos.

— Entonces habla, muchacho. Dime de una vez qué es lo que está pasando, cuéntamelo todo.

Respiré con dificultad, con el pecho oprimido, mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas. La noche se sentía tan fría, tan lejana y tan hostil… Pero ya no podía callar más, o me volvería completamente loco.

— ¿Recuerdas la noche de la fiesta, esa en la que insistí tanto en que alguien me había drogado, en que no estaba en mis cabales?

— Sí, lo recuerdo perfectamente. Y desde ese día estás actuando muy extraño, distante y atormentado.

— Te juro que esos recuerdos los he perdido por completo, fueron borrados de mi memoria como si nada. No sé cómo, ni por qué, pero terminé en la cama con esta mujer, con Eva.

— ¡Oh, joder, Rafael! — exclamó Miguel, llevando el dorso de su mano a la boca, sorprendido y preocupado — ¿Me estás diciendo que estás teniendo un romance con ella? ¿Una relación?

— ¡NO! — grité desesperado — Te juro por mi vida que no es así. Eva asegura que fui yo quien la abordó en los pasillos, quien la acorraló y la encerró en esa habitación… pero yo no recuerdo absolutamente nada después de haber salido del bar. Por eso, al verla aquí esta noche, pensé que me estaba siguiendo, que alguien la había enviado para arruinar mi vida, para destruir mi matrimonio.

— Está bien, cálmate, tranquilicémonos por un instante y pensemos con la cabeza fría, ¿sí?. ¿Qué tal si ella quiere acusarte de violación? ¿Y si desde el principio fue una trampa bien armada para enviarte a la cárcel por abuso?

Maldición… Esa hipótesis nunca pasó por mi cabeza ni una sola vez. Estaba tan ciego por la culpa que no vi el peligro real.

— Ella no lo hizo… Pasaron semanas y no me acusó de nada, ni dio señales de vida. Es más, me dijo que le gustó estar conmigo, que disfrutó, y que podíamos seguir viéndonos cuando quisiera… que no le diría a nadie, que sería nuestro secreto.

Miguel dio un largo suspiro, intentando asimilar todo lo que le estaba contando, todo el desastre en el que me había metido. Luego volteó hacia mí, y sus ojos me miraron con intensidad y seriedad.

— ¿Qué pasó esta noche? — preguntó con voz grave — Te vi irte con ella y ya no volviste a aparecer… Muchacho, no me digas que… no me digas que pasó otra vez.

— Intenté buscar respuestas, intenté entender qué estaba pasando… pero una cosa llevó a la otra, y terminó pasando lo que más temía. Y ya no sé qué hacer, Miguel, no sé cómo arreglar esto — admití, agachando la cabeza por la vergüenza que me quemaba la cara.

— ¡Maldición, Rafael! ¡PENSÉ QUE ERAS MÁS INTELIGENTE QUE ESTO! — me gritó, perdiendo la paciencia — ¿Cómo es posible que te dejaras envolver por la cara bonita de una prostituta de alquiler?

Caí de rodillas ante él, derrotado, porque ya no tenía más escapatoria. No podía seguir corriendo ni escondiéndome de los problemas que yo mismo había provocado con mis actos.

— Esto destrozará a Jazmín… ella nunca me lo perdonará, estoy seguro. ¡YO NI SIQUIERA ME PERDONO A MÍ MISMO!

Miguel se dejó caer a mi lado, en el suelo frío, y me ofreció su hombro para que pudiera llorar y desahogarme.

— Mira, te diré lo que pienso y lo que debemos hacer. Lo primero que tenemos que averiguar es qué es lo que quiere realmente esa mujer, cuál es su juego… quizás solo busca dinero, y si es así, se lo damos y nos aseguramos de que desaparezca para siempre; no nos podemos arriesgar a nada peor. En cambio, a Jazmín… ella no puede saber nada de esto, no ahora, no en su estado tan delicado. Esto la podría lastimar de una manera que ni te imaginas, podría enfermar y poner en riesgo al bebé también.




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