En casa:
— Jazmín, cariño… ¿necesitas algo? — la voz dulce y atenta de mi suegra me hizo dar un brinco en el sofá, estaba tan perdida en mis pensamientos que no la escuché llegar.
— Estoy bien, muchas gracias… solo que me duele un poco la parte baja del vientre, es una molestia constante.
— ¿Sientes mucho dolor? ¿Quieres que vayamos al médico ya mismo? — Jana llegó a mi lado rápidamente, se arrodilló frente a mí y colocó sus manos sobre mi barriga con muchísimo cuidado.
— Es un dolor que se puede soportar, pero me siento extraña, de alguna forma que no logro entender ni explicarles. Se siente distinto… — mis ojos se llenaron de lágrimas sin querer — ¿Saben algo de Rafael? Ya han pasado dos días desde que se fue y no sé absolutamente nada de él.
Los miedos más terribles se apoderaron de mí de golpe, seguidos de un dolor mucho más agudo y punzante que hizo que mi espalda se doblara por la tensión, al sentir cómo esa punzada atravesaba mi columna vertebral de arriba abajo.
— ¡JAZMÍN! — gritaron al unísono. Las dos mujeres me sostuvieron con tanto cuidado y cariño, con tanta prisa, como si yo misma estuviera a punto de romperme o de desaparecer en cualquier instante.
— Ya… ya pasó, ya pasó… — respiré hondo intentando calmarme — Jana, por favor, llama a Rafael. Han pasado dos días y no contesta mensajes ni llamadas, necesito saber si está bien.
— Ahora mismo lo llamo, no te muevas de ahí.
Podía escuchar, desde donde estaba sentada, cómo Jana regañaba entre susurros a su hermano, mientras marcaba el número una y otra vez.
«Este idiota… ¿cómo se le ocurre no llamar a casa ni una sola vez? Y encima ahora tampoco contesta el teléfono. ¿Qué se supone que le diga a Jazmín? ¿Cómo le explico esto si Rafael no atiende?»
Luego ella se giró y miró a su madre con los ojos muy abiertos, claramente preocupada. Mi suegra apretó mi mano con cariño y tranquilidad, antes de sacar ella misma su celular para contactar con Miguel. Pero ella fue mucho más precavida, salió al jardín para hablar, cerrando la puerta tras de sí, haciendo imposible que yo pudiera escuchar qué estaba diciendo o qué le estaban respondiendo.
— Todo estará bien, cuñada, te lo prometo — me dijo Jana volviendo a mi lado, tratando de sonreír — De seguro todavía está durmiendo, o ocupado en reuniones interminables.
— Me gustaría llamar a mi madre… — susurré con voz débil — Sé que ella está muy lejos, que no podrá venir, pero necesito escuchar su voz en este momento, necesito sentir que estoy en casa.
Supliqué extendiendo mi mano hacia la mesa donde estaba mi teléfono. Jana me lo entregó sin pensarlo dos veces, entendiendo mi soledad.
La verdad era que nunca habíamos sido muy cercanas, mi madre y yo. Ella y mi hermano vivían en Inglaterra hacía años. No habían sido parte de mi embarazo, ni de mis citas médicas, y mucho menos estuvieron presentes en mi boda… pero seguíamos siendo familia, y después de todo, era mi madre. La llamada se conectó, sonó una y otra vez, pero nadie del otro lado respondió llenándome de dolor.
— Querida… — mi suegra entró de nuevo, con paso lento y rostro serio — Miguel acaba de hablar conmigo, me dice que Rafael está bien, que los dos están bien, no te angusties. Solo que, como era de esperarse, ese tonto de mi hijo bebió de más la noche anterior en la celebración del trato y ahora está completamente desmayado. Esta tarde emprenden el viaje de regreso, no tardarán mucho en estar aquí contigo.
Di un largo suspiro de alivio, aunque la angustia seguía presente y muy afianzada en mi pecho. Rafael ya bebía todos los días, eso lo sabía… pero cada vez lo hacía en cantidades más grandes, más seguido. Luego se aislaba, se encerraba en sí mismo y no dejaba que ninguna de nosotras lo ayudara ni se acercara.
— ¿Y si esto se convierte en una adicción? — pregunté con la voz temblando y los ojos llenos de lágrimas, mirándola directamente a los ojos.
Mi suegra caminó hasta donde yo estaba con pasos cautelosos, pero con una determinación imparable y firme. Se sentó a mi lado y tomó mis manos entre las suyas.
— Yo hablaré con él en cuanto regrese, te lo aseguro… pero quiero que entiendas algo muy importante, Jazmín — su voz sonó con una firmeza absoluta, como si me estuviera dando una lección de vida — Tú también tienes que poner límites, querida. Entiendo que tu carácter es dulce, bondadoso y que lo cuidas más allá de todo, que lo das todo por él… pero a un hombre hay que enseñarle que los límites existen por algo, que hay cosas que no se pueden hacer. Amas a mi hijo, lo entiendo y te lo agradezco con el alma, pero amar también significa hacerles entender que sus actitudes, sus errores y sus ausencias también te afectan y te lastiman a ti.
— Mamá tiene razón, cuñada — Jana se unió a la conversación, sentándose al otro lado para apoyarme — Una cosa es que Rafael esté ocupado con el trabajo, que se esfuerce y pase horas fuera por la empresa… y otra muy diferente es que pierda más tiempo bebiendo y huyendo de la realidad que trabajando. Tienes que ser firme con él ahora, todavía están a tiempo de arreglar las cosas, antes de que sea demasiado tarde.
Por un momento me sentí estúpida, pequeña y confundida. Siempre creí que era la esposa perfecta, o que al menos lo intentaba con todas mis fuerzas. Hice todo lo posible por no parecerme a mi propia madre, por no cometer sus errores… y creo que eso fue exactamente lo que me llevó a ser demasiado sumisa, demasiado comprensiva, incluso cuando no debía de serlo, incluso cuando me hacía daño.
— Lo… lo entiendo. Mi carácter ha sido demasiado blando, demasiado fácil de llevar… hablaré con Rafael, le diré todo lo que siento.
— Buena chica. Nosotras te respaldamos, no te preocupes de más por nada. Mi hijo te ama, eso lo sabe todo el mundo… solo necesita una buena dosis de realidad para dejar de comportarse como un niño caprichoso y crecer de una vez, ahora más que nunca tiene que ser un hombre para ti y un padre para el bebé.
Editado: 10.08.2026