100 años de redención.

Los restos de un amor

De inmediato me puse en contacto con Miguel; él era la única persona en la que podía confiar en este momento de oscuridad absoluta. Apenas colgué la llamada, no tardó ni veinte minutos en estar cruzando la puerta de mi casa. Su rostro reflejaba con claridad el dolor y la pesadez que todos compartíamos en este instante trágico.

—¿Cómo fue...? ¿Cómo es posible que haya sucedido todo esto, Rafael? —preguntó con la voz entrecortada, sin saber muy bien por dónde empezar.

—Eva... esa desgraciada, esa mujer sin alma, lo planeó todo —respondí, sintiendo cómo el odio y la culpa se mezclaban en mi pecho— En secreto, ella dirigió y firmó cada encuentro que tuvimos, me manipuló desde el principio.

—¡PERO ¿POR QUÉ?! —exclamó él, golpeando suavemente la mesa con el puño, incapaz de entender tanta maldad— ¿Por qué tanto daño contra Jazmín, contra tu hijo nonato? ¿Por qué llegar a tal extremo de crueldad para sacrificar una vida inocente que no tenía nada que ver?

—No lo sé, Miguel, todavía no logro comprenderlo... pero ahora más que nunca entiendo que todo esto fue un plan perfectamente armado, que alguien está detrás de mi ruina y de mi desgracia, moviendo los hilos como si fuera un juego —confesé, con la mirada perdida en la nada— Y sé, mejor que nadie, que yo no soy ningún santo, créeme. La culpa que cargo en mi conciencia y en mi corazón me está matando lentamente, me consume vivo. Solo me sostengo en pie por una razón, porque no puedo permitir que la vida de mi esposa y la muerte de mi hijo se queden sin justicia. Fui yo quien provocó todo este desastre, lo admito, pero antes de irme al infierno, donde sé que pertenezco, pienso llevarme conmigo a la persona que orquestó esta trampa macabra y destruyó mi familia.

Miguel me miró con cierta sorpresa al escucharme hablar con tanta determinación, pero también vi en sus ojos una pizca de comprensión y lástima por el hombre en el que me había convertido. Tomó los dispositivos donde estaban guardados los videos y los mensajes, los revisó con calma, dio un largo suspiro que pareció salirle desde el alma, y luego habló con seriedad.

—Llamar a la policía y meter esto en un juicio solo haría que todo empeore mucho más, Rafael. Esa mujer se defenderá con uñas y dientes, mentirá, manipulará y jugará con las palabras. La opinión pública te destrozará, te comerán vivo, y antes de que puedas descubrir la verdad o conseguir algo, tú terminarás en la cárcel y Jazmín quedará expuesta, siendo acosada día y noche por esos chupasangre de reporteros que no tienen ni conciencia ni corazón.

—¿Qué propones entonces? —intenté decir con voz firme, aunque por dentro mi corazón apenas lograba mantener los latidos.

—Un investigador privado. Yo conozco a uno muy bueno, discreto y eficaz. Escúchame bien, esa prostituta no es tan inteligente ni astuta como para planear algo de esta magnitud por sí sola. No creo que hiciera todo esto solo por ocupar un puesto de esposa o por venganza; tú mismo dijiste que nunca pidió dinero, que el chantaje tampoco parecía ser su objetivo real... Alguien la usa, alguien le paga o le ordena hacer esto. Tenemos que averiguar qué es lo que realmente quiere y quién le está ayudando desde las sombras. —Se acercó un poco más, mirándome a los ojos— ¿Estás bien, Rafael?

—Cómo puedo estar bien, amigo mío —le respondí, sintiendo cómo se me ahogaba la voz— Mi esposa acaba de perder a nuestro hijo, la culpa me está comiendo lentamente las entrañas... Cuando la vi tendida aquí mismo, sobre el suelo, empapada en su propia sangre, sentí que me moría con ella. Ahora mismo, estando de pie, siento que sigo muriendo un poco más cada segundo.

—De verdad me gustaría decirte que te entiendo, que sé lo que sientes... pero sería mentira. No me imagino ni por un instante por lo que estás pasando. Perder a un hijo... a un bebé tan amado, tan esperado, que ya era parte de tus sueños... No le deseo este sufrimiento ni a mis peores enemigos.

Su mano grande y fuerte se posó con cariño sobre mi espalda, intentando darme algo de calor, pero ni su apoyo lograba llegar hasta mi alma, que estaba helada y atormentada.

—Vamos, Rafael. Yo mismo te llevaré al hospital y me pondré en contacto con el detective de inmediato. Tú solo concéntrate en Jazmín, en cuidarla y estar ahí para ella. En cuanto sepa algo, te lo haré saber al instante. Ahora mismo, tu esposa te necesita más que nunca, aunque no quiera verte.

—Gracias, Miguel... no sé qué habría hecho sin ti en este momento, sin tu ayuda y tu lealtad. Sin dudas, eres el hermano, el padre y el amigo que más necesito.

—Yo te cuido, muchacho. Aquí tienes a un buen amigo para sostenerte cuando ya no puedas más.

Al volver al hospital, la imagen que encontré me destrozó un poco más. Mi madre y Jana estaban sentadas en las sillas del pasillo, justo junto a la puerta de la habitación de Jazmín. Ninguna de las dos levantó la vista para mirarme, ninguna me dirigió la palabra, ni siquiera un reproche o un grito; ese silencio absoluto era mucho peor que cualquier insulto. Y así pasaron tres días interminables, en los que yo viví de pie en ese pasillo, hasta que por fin llegó el momento, mi esposa había vuelto en sí. Era hora de enfrentarla, de darle la cara y aceptar todo su odio, todo su dolor, todo lo que me merecía.

—La señora se encuentra muy confundida, desorientada y muy alterada, así que les pido por favor que mantengan la calma y la paciencia —nos advirtió el doctor con voz severa, mirándome especialmente a mí— Ya le hemos suministrado un sedante suave, pero sigue siendo muy sensible. Puede pasar, señor, pero sea breve y muy cuidadoso.

Mi mano dudó un instante sobre la perilla de la puerta, temblando de miedo. No quería que Jazmín sufriera más de lo que ya sufría, no quería causarle ni una lágrima más... pero al mismo tiempo, necesitaba tanto abrazarla, necesitaba saber que ella estaba viva, que estaba ahí, dentro de todo bien. Abrí la puerta despacio, con el corazón golpeándome las costillas con fuerza. Ella estaba sentada semirrecostada en la cama, con la vista fija en mí desde el mismo instante en que entré. Las lágrimas caían sin parar por sus mejillas pálidas, pero su expresión estaba endurecida, fría, distante, como si ya no me conociera.




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