100 años de redención.

Una misión.

No sé cuánto tiempo dormí, pero al abrir los ojos lo primero que vi fue a mi madre, sentada junto a mi cama. Se acercó y tomó mi mano con una fuerza exagerada, casi dolorosa, era una advertencia silenciosa del rencor que todavía guardaba por haberme alejado de ella. Pero al menos estaba ahí, a mi lado; eso significaba que aún me quería y me aceptaba como su hija… o eso fue lo que quise creer para no sentirme tan sola. Con dificultad intenté incorporarme, pero apenas podía moverme; sentía mi cuerpo pesado, ajeno, como si no me perteneciera en absoluto.

—Mamá… solo quiero a mi bebé, por favor —supliqué una vez más. En ese momento no me importaba Rafael, ni esa mujer, ni nada más. Solo necesitaba tener a mi hijo entre mis brazos para volver a sentirme viva. Sabía que mi madre sería cruelmente directa, sin rodeos, capaz de herirme sin dudarlo, pero aun así esperaba una respuesta distinta.

—Ya escuchaste al médico, no hay ningún bebé, Jazmín.

—Por favor, no digas eso, madre… te juro que lo escuché llorar. Aunque estaba medio dormida, logré ver cómo la enfermera se lo llevaba en sus brazos.

Me tomé la cabeza con ambas manos, intentando, obligándome a recordar con más claridad. Después de todo, ese pequeño fragmento de recuerdo era lo único que me aseguraba que no estaba loca, que no me lo estaba inventando.

—Jazmín, leí bien tu expediente. Llegaste aquí inconsciente, habías roto fuente y perdías mucha sangre. El bebé no recibía oxígeno, y ustedes dos estuvieron al borde de la muerte, solo que el no lo logro.

—¡¿ENTONCES POR QUÉ NO ME DEJARON MORIR CON ÉL?! ¿Para qué salvarme si ahora me siento vacía por dentro?

No tenía sentido alguno, para que dejar a una madre sin su hijo. Es preferible dejarla partir junto a él a permanecer en este mundo sola en agonía.

—Mi pequeña hija… eres tan ingenua a veces que me cuesta creer que realmente seas mía —mis ojos se abrieron con sorpresa al escuchar esas palabras tan duras. Ella, como si nada, se sirvió un vaso de agua y siguió hablando sin mirarme— Morir es fácil, niña tonta; vivir es la verdadera batalla. Y si sigues con vida es porque el destino te está dando la oportunidad de convertirte en una mujer de verdad, no en la ilusa que antes vivía solo por amor. ¿Qué vas a hacer ahora, Jazmín? Ya sé cuál es tu respuesta, pero quiero escucharte decirlo en voz alta.

Dudé un instante. Tenerla así frente a mí me hacía revivir viejos tiempos de mi infancia, aunque ahora se mostraba aún más fría y distante que entonces. Mordí mis labios con fuerza antes de responder con voz firme.

—Me voy a divorciar. No quiero volver a ver a Rafael en lo que me queda de vida. Y voy a salir de aquí para buscar a mi hijo, porque sé que está vivo.

El sonido estridente del vaso al golpear contra la mesita de noche me hizo estremecer.

—¡Ves! Nunca aprendes. ¿Hasta cuándo vas a seguir comportándote como alguien débil y lamentable? ¿Hasta cuándo vas a permitir que todos se rían en tu cara viendo lo ingenua que eres, Jazmín? ¿Es que acaso no tienes ni un poco de dignidad?

Intenté encogerme entre las sábanas, como si quisiera desaparecer. Esas palabras eran exactamente las mismas que me había dicho mi suegra la noche en que todo comenzó. Eso confirmaba que, en el fondo, todos a mi alrededor me veían como una persona sin carácter, alguien a quien podían pisotear sin remordimiento. Limpié con determinación la única lágrima que rodó por mi mejilla, negándome a llorar frente a ella.

—¿Qué se supone que debo hacer entonces, madre? ¿Cuál es tu sabio consejo para tu hija inútil? Quedarme al lado del hombre que me mato en vida y fingir qué nada paso, se que no eres tan cruel como para pedirme eso.

—Primero que nada, ni se te ocurra darle el gusto a ese par de cobardes de divorciarte. No puedes permitir que una amante no solo te quite a tu marido, sino también todo lo que has construido. No te vas a hacer a un lado después de haberle dedicado tantos años de tu vida a ese desgraciado y a su familia. No te pido que finjas que nada paso, te exijo que les hagas pagar todo el daño que te hicieron.

Entendía cada una de sus palabras, comprendía su odio y su resentimiento. Yo había dejado atrás mi hogar, mi familia y mi pasado entero por seguir a Rafael. No era justo que, después de tanto sacrificio, tuviera que irme para que una mujer llegada de la nada se quedara con lo que me pertenecía. Y menos aún después de haberme arrebatado a mi hijo. Aunque todavía no sabía si soportaría esta misión, estaba lista para lo que fuera.

—Lo… lo entiendo, madre.

—Lo segundo, nada de arrepentimientos, Jazmín. No puedes caer ante las palabras bonitas de ese hombre. Cada vez que te sientas débil, recuerda a tu hijo que te fue arrebatado, recuerda el dolor que sientes ahora. Ten siempre presente que ya no podrás volver a concebir… —mi madre se detuvo en seco al darse cuenta de lo que acababa de decir, y guardó silencio por un momento— Tu hermano y yo nos encargaremos de ajustar cuentas con esa mujerzuela. Quédate tranquila, hija, mamá se encargará de hacer pagar a todos los que te han lastimado.

Después de hablar, se levantó con una calma que solo se logra con años de experiencia en el dolor y la frialdad. Salió de la habitación en silencio, no sin antes dejarme un beso rápido en la frente. Su amor siempre se sintió así, distante, casi impersonal. Siempre creí que era solo una apariencia, un gesto automático para que los demás no notaran que, en el fondo, mi madre no sabía cómo amar. Pero en ese momento deseaba más que nunca ser como ella, fría como el hielo, dura como la roca y fuerte como el acero. Porque tenía una misión que cumplir. Encontrar a mi hijo y hacer que todos los que nos habían lastimado pagaran con la misma moneda.

En la oscuridad de la noche, cuando todo estaba en silencio, me escabullí sigilosamente por los pasillos del hospital. A lo lejos vi a Rafael bajando por la escalera; mi suegra y Jana no estaban por ninguna parte, lo cual me dio un gran alivio. Llegué hasta la sala de maternidad, y al ver a todos esos pequeños bebés durmiendo plácidamente en sus cunas, sentí que el corazón se me apretaba con fuerza. Sabía lo que había escuchado, mi instinto de madre me gritaba que mi hijo estaba vivo. Nunca fui una mala persona, así que el destino no podía castigarme de una manera tan cruel e injusta.




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