100 años de redención.

¡No hay divorcio!

Días después, por fin recibí el alta médica. Ignacio no se separaba de mi lado mientras organizaba mis cosas en la maleta; su expresión se veía endurecida, pero en el fondo de sus ojos brillaba la compasión y el dolor que sentía por mí.

—No tienes que volver a ese lugar, Jazmín. Mejor vámonos a casa. Si no quieres vivir con mamá, puedes quedarte en mi departamento o te compro uno nuevo solo para ti, lo que prefieras.

Acaricié su rostro con delicadeza, sintiendo una calma momentánea al ver que seguía siendo ese hermano protector que recordaba desde la infancia.

—No puedo irme todavía… no sin antes descubrir toda la verdad.

—¡Pero si ya sabes lo que pasó! Quedarte aquí solo significa que seguirás sufriendo, y también significa que en cualquier momento yo podría cometer una locura contra ese desgraciado.

Me dejé caer sobre la cama un instante, sintiendo el cuerpo todavía débil. Apenas había recobrado el sentido, y lo único que deseaba escuchar de los labios de Rafael era que todo había sido una mentira, un engaño, que en realidad jamás se habría atrevido a llegar tan lejos. Incluso en ese momento, todavía seguía como una tonta esperando que me mostrara pruebas de que todo era una trampa. Me costaba tanto imaginar que esas manos que me daban calor y cariño fueran las mismas que desvestian a otra mujer; que esos labios que me juraban amor eterno besaran los de alguien más…

Sonreí con amargura cuando la puerta se abrió y entró él. Ese hombre al que ya no reconocía, el que había destruido mi vida por completo.

—Jazmín, sé que me odias, que soy la última persona a la que quieres ver… pero necesito saber si volverás conmigo a casa. Tenemos que hablar los dos solos, por favor.

—¿Piensas entregarme los papeles del divorcio? —pregunté con sarcasmo. Al instante, Rafael se alteró visiblemente.

—¡Por supuesto que no! Nunca quiero separarme de ti, Jazmín. Si es necesario detener mi vida entera para compensar este error, lo haré. Te juro por mi honor que lo haré. Estaré a tus pies el resto de mis días y nunca, jamás, te dejaré sola.

Ignacio tomó su brazo con fuerza, listo para echarlo de la habitación, pero yo me interpuse rápidamente entre los dos.

—Por favor, hermano, déjame a solas con él un momento —supliqué con la mirada.

—Jazmín, no lo haré. No te dejaré ni un día más en manos de este monstruo —insistió con determinación.

—Por favor… ve y habla con mamá.

A pesar de que ambos éramos ya adultos, escuchar la palabra “mamá” siempre nos provocaba un escalofrío y nos hacía dudar. Solo así logré que Ignacio saliera de la habitación. Volví la vista hacia Rafael, quien seguía con ese aspecto desolado desde el primer día, sus ojos tenían grandes ojeras oscuras, su rostro se veía demacrado por noches sin dormir, y en cada gesto se notaba un dolor profundo.

—¿Sabes lo único que deseaba escuchar de ti? Que todo había sido una mentira. Si en ese momento me hubieras dicho que era falso, yo, tonta como siempre, te habría creído… ¿Por qué no lo hiciste, Rafael? ¿Por qué no mentiste como lo habías venido haciendo durante tantas semanas?

Sus manos frías tomaron las mías con una delicadeza increíble, como si temiera lastimarme con el simple roce de sus dedos.

—No podía hacerlo. Sabía que me odiarías, pero ya no soportaba más esta carga. Y aun así, te juro por mi vida, Jazmín, que entre esa mujer y yo… no hay amor, no hay nada.

—¡Jajaja! Nada más que sexo, por lo que he visto. Nada más que deseo carnal y lujuria. ¿Tanto te costaba esperarme? ¿Era tan grande tu necesidad que te viste obligado a buscar a alguien más?

—¡Por supuesto que no! —exclamó, desesperado— Mira, la primera vez ni siquiera la recuerdo con claridad; la segunda, no tengo el valor de decir que estaba totalmente consciente. Aún hoy sigo buscando la respuesta en mi interior, pero te aseguro que siempre fuiste tú, Jazmín, la única mujer a la que amo y amaré por siempre.

Lo empujé lejos de mí y le di la espalda, sintiendo náuseas ante sus palabras vacías.

—Tu forma de amar es repugnante, Rafael.

—Perdóname… no puedo cambiar lo que pasó, pero déjame demostrarte que estoy verdaderamente arrepentido. Por favor, no te divorcies de mí. Jazmín, yo no sé vivir sin ti.

Me abracé a mí misma, sintiendo el peso de lo que estaba por suceder. Rafael decía no saber vivir sin mí, pero ¿es que acaso no se daba cuenta de que yo no lograba vivir sin mi hijo? Ni una sola vez lo había nombrado, ni por un instante se había disculpado por lo que le había pasado, y mucho menos me había dicho que me creía, que investigaría qué ocurrió durante las horas en que estuve en el quirófano.

Al final, comprendí que esto sería más fácil de lo que imaginaba, porque frente a mí ya no estaba el esposo que había amado. Ahora solo veía a un desconocido, alguien por quien sentía asco y repulsión.

—No nos vamos a divorciar… al menos no por el momento —dije con frialdad— Pero te advierto, si vuelves a ver a esa mujer, si te acercas a ella aunque sea por casualidad…

—¡No sucederá! —me interrumpió, y sus brazos me rodearon por detrás como enredaderas venenosas; su cercanía me quemaba la piel— Te prometo que descubriré quién nos hizo daño, quién está detrás de todo esto. Gracias, Jazmín, gracias por darme esta oportunidad. Ya verás que no te arrepentirás.

Al levantar la vista, vi reflejada en el cristal de la ventana la figura de mi madre en el marco de la puerta. Tenía una sonrisa complacida en el rostro. Yo solo asentí con la cabeza, para hacerle saber que estaba lista para convertirme en alguien igual a ella, una mujer sin corazón, sin sentimientos, sin escrúpulos… y sin miedo a nada.




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