100 años de redención.

Determinado a no dejarla ir

Tenerla entre mis brazos, escuchar de su propia boca que no quería divorciarse de mí, era todo lo que necesitaba para recuperar las fuerzas, para saber que todavía tenía una oportunidad de reconquistar su corazón y recuperar su confianza; una oportunidad para enmendar mis errores y lograr que volviéramos a amarnos como antes.

Tomé su maleta con sumo cuidado mientras la ayudaba a salir del hospital. Su madre, esa mujer de mirada aguda y penetrante que me hacía estremecer solo con verla, nos esperaba justo al otro lado de la puerta. Al tenerla frente a mí, no lograba entender cómo era posible que Jazmín perteneciera a esa familia.

—Más te vale, por tu propio bien, que cuides de mi hija —fue la primera en hablar, lanzándome una advertencia de muerte clara, directa y sin rodeos— Sabes muy bien que nunca aprobé esta unión, pero respetaré la decisión de Jazmín. Sin embargo, eso no significa que te quite el ojo de encima. Yo que tú, andaría con mucho cuidado, muchacho… muchísimo cuidado.

—Quédese tranquila, señora. Haré todo lo que esté en mi mano para que Jazmín, mi esposa, se recupere como se merece. La amo con toda mi alma —respondí con voz firme, aunque por dentro sentía cómo me temblaban las piernas.

—¡Ja! Escuchar esas palabras en boca de un infiel, adicto a las prostitutas y, encima, asesino de su propia sangre, resulta más que gracioso —no tardó en intervenir Ignacio, con un tono cargado de desprecio y rabia.

Apreté con tanta fuerza el respaldo de la silla de ruedas que sentí que mis nudillos se me ponían blancos. Tenía unas ganas locas de echar a correr y alejarme de ese par de locos. De hecho, si no estuviera completamente seguro de que ambos vivían en el Reino Unido, habría jurado que estaban detrás de todo este desastre. Pero eso era imposible, Jazmín era su sangre, la niña de sus ojos, esa misma que yo les había arrebatado años atrás. Que me odiaran a mí lo entendía perfectamente, pero que llegaran al punto de hacerle daño a ella era algo que mi mente no lograba concebir.

—Entiendo tu ira, Ignacio. Si yo estuviera en tu lugar, probablemente actuaría incluso peor que tú. Así que te doy las gracias por contenerte solo por el bien de tu hermana —le respondí, tragándome todo el orgullo y la rabia que me subían por la garganta.

Comencé a empujar la silla despacio, dejándolos atrás, cada paso que daba se sentía como un respiro renovado, como una puerta abierta a una segunda oportunidad.

—¡Jazmín, llámame en cuanto necesites algo! —gritó Ignacio desde lejos— Tu hermano no te dejará sola nunca más, te lo juro.

—Es bueno ver que tu relación con ellos no estaba tan rota como imaginabas —intenté decir con un tono relajado, aunque por dentro todo me temblaba de los nervios— Tu madre es… una mujer con carácter..

—La verdad es que tampoco esperaba que dejaran de lado sus vidas tan ocupadas solo por mí —respondió ella con voz neutra, sin mirarme— pero me alegra saber que no me han olvidado. Que todavía queda alguien en este mundo dispuesto a protegerme, incluso cuando fui yo quien se alejó primero.

—No estás sola, Jazmín… Sé que ahora no me crees, pero yo siempre estaré a tu lado, amor. También está mi madre y Jana; ellas te adoran, más de lo que imaginas.

—¿Acaso quieres aislarme del mundo entero? ¿Quieres mantenerme encerrada a tu lado para que, al final, no tenga más remedio que perdonarte, Rafael?

Esas palabras, cargadas de un rencor que cortaba la respiración, detuvieron mis pasos justo en la entrada principal del hospital. El sol golpeaba con fuerza mi rostro, pero yo no sentía ni un ápice de calor; todo en mí se había quedado helado ante su frialdad.

—Sabes que nunca haría algo así. Te lo prometo.

—Bueno, mi opinión cambió radicalmente después de todo lo que ha pasado —replicó ella con esa misma dureza— Tampoco creí jamás que fueras capaz de acostarte con una prostituta, y aquí estamos, enfrentando la consecuencia de tus actos.

—Jazmín… Lo estoy intentando, de verdad. Sé que este es el momento más difícil de toda nuestra vida, que el camino que nos queda por delante se ve más oscuro y lleno de obstáculos que nunca… pero no olvides que te amo. Que mi madre y Jana también te aman. Que seguimos siendo tu familia y que, por más que duela, no estás sola.

La vi levantarse con gran dificultad. Su cuerpo delgado temblaba con cada movimiento mientras se aferraba con fuerza a los brazos de la silla, hasta que finalmente logró mantenerse en pie. Levantó la vista, y esa mirada… ¡Dios mío! Esa mirada era la más letal y despiadada que jamás le había visto.

—Tampoco se me olvida —continuó, con un tono que sonaba como hielo rompiéndose— que tu madre nunca me aceptó de verdad hasta que logré quedar embarazada. Me pregunto cuánto tiempo tardará en buscarte una nueva esposa más adecuada… y eso si es que tu querida amante no aparece de pronto con una sorpresa bajo el brazo, porque según parece, sus encuentros eran mucho más intensos y frecuentes de lo que estas dispuesto a admitir.

La vi alejarse caminando hasta llegar al coche, y de verdad no esperaba menos de una mujer que había pasado y soportado tanto dolor. Pero cada palabra suya, cada gesto lleno de desprecio, me golpeaba el alma con una crueldad mil veces mayor, porque Jazmín nunca había sido así. Ella jamás hablaba con esa maldad, nunca miraba a nadie con ese rencor… y sin dudas no estaba dispuesta a escuchar mis explicaciones.

Entonces lo entendí. puede que me tome toda la vida, y tal vez ni siquiera así logre borrar lo que hice, pero estaba seguro de una cosa, no me rendiría jamás. Porque la amaba, porque no sabía vivir sin ella a mi lado y porque me merecía cada gota de su desprecio.

Yo fui quien destruyó lo hermoso que construimos, así que sería yo quien soportaría todo lo que viniera, hasta el límite de mis fuerzas, hasta que ella viera con claridad que mi arrepentimiento era sincero. Hasta que sintiera, aunque fuera un poquito, que nuestro amor no había muerto del todo y que todavía nos quedaba mucho tiempo por vivir.




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