100 años de redención.

Ajustando cuentas

—Madre, ¿de verdad la vas a dejar volver al lado de ese idiota otra vez? —le pregunté con el corazón apretado y la voz cargada de desesperación.

—Es la vida que Jazmín eligió por su propia voluntad —respondió ella con esa calma helada que me ponía los nervios de punta— Lo tenía todo a sus pies y, aun así, decidió que ese era el camino que quería seguir. Así que ha llegado el momento de que asuma las consecuencias de sus actos.

—¡Pero madre! —insistí, a sabiendas de que solo conseguiría enfadarla, pero sin poder quedarme con los brazos cruzados ni un segundo más— ¡Lo perdió todo! Estuvo al borde de la muerte, casi nos la quitan… Ya basta de aferrarse al pasado. Permite que regrese a su hogar, al lado de nosotros, su verdadera familia. Allí estaría a salvo.

Lejos de lo que esperaba, ella coloco su mano en mi hombro con comprensión.

—Ignacio, eres un buen hijo, un hermano mayor ejemplar y un líder nato; de hecho, has superado a tu padre en todos los sentidos —me dijo, suavizando un poco el tono, pero sin ceder ni un ápice— Pero Jazmín tiene que endurecer ese carácter pacífico e ingenuo, o la vida seguirá dándole golpe tras golpe hasta que un día ya no tenga fuerzas para levantarse. Todo esto lo hago por su propio bien, para que aprenda a valerse por sí misma.

— Pero si cae, nosotros estariamos ahí para levantarla —rebatí con firmeza— No le encuentro ningún sentido a que se quede en esa casa, al lado de ese hombre que solo le trae dolor y desgracia.

Me giré decidido a marcharme y poner fin a esa farsa con mis propias manos. Una parte de mí entendía que mi madre solo quería que fuéramos fuertes e invencibles, pero la otra, la que amaba a mi hermana por encima de todo, no lograba aceptar métodos tan fríos y extremistas.

—Ignacio, si de verdad quieres ayudarla y protegerla, vamos primero a buscar a esa mujer —me detuvo ella, y en su voz se dibujó un tono oscuro y calculador— Si quieres limpiar el honor de tu hermana, entonces vamos tras la persona que empezó toda esta pesadilla. Luego, si Jazmín no tiene valor para enfrentarse a su esposo, también nos encargaremos de él. Pero primero tenemos que darle la oportunidad de que sea ella misma quien tome las riendas de esta situación con la seriedad que merece.

Apreté los puños con tanta fuerza que sentí cómo las uñas se me clavaban en las palmas. En mi mente vivía siempre la imagen de la sonrisa dulce de Jazmín, de su alegría contagiosa y de esa bondad infinita que la hacía ayudar a cualquiera sin pedir nada a cambio. Esos recuerdos encendieron en mi interior una llama de rabia que nada ni nadie podría apagar con facilidad.

—¿Qué sabes de ella? —pregunté con voz grave y contenida.

—Aquí tienes todo el informe, querido. O al menos todo lo que hemos podido averiguar de esa sabandija, porque todo indica que alguien la protege con mucho celo. No sé si es Rafael u otra persona con dinero y poder, pero sin duda su identidad y su vida han sido ocultadas a propósito.

Tomé la carpeta con furia y pasé las hojas una por una, leyendo cada detalle con la máxima atención, sin poder creer lo que mis ojos veían.

—¿Eva… sin apellido? Veinticuatro años de edad… “aproximadamente”. Su residencia actual “no confirmada”. Familia: sin resultados. ¿Qué demonios es esto, madre? ¡Aquí no dice absolutamente nada concreto!

—Exacto... No hay un solo dato seguro. Esa mujer es como un fantasma, nadie la conoce, no tiene parientes, ni una sola propiedad a su nombre. Pero hace unos minutos me enviaron la dirección exacta donde se encuentra en este preciso instante. ¿Vamos a buscar respuestas por nuestra cuenta?

—¡Por supuesto que sí! —exclamé con determinación— Nadie mejor que nosotros para sacar la verdad y cobrar lo que nos deben.

Una sonrisa fría y siniestra se dibujó en mis labios, mientras en mi mente ya se armaba un plan impecable. Si esa mujer se creía lista e inalcanzable, era porque nunca se había cruzado con un Salvatierra. Ella, y quienquiera que fuera que la protegía, se arrepentirían hasta la médula de haber dañado a mi hermana y arrebatado la vida de mi sobrino.

—Me voy, madre —anuncié, dándome la vuelta con paso firme para salir de ese lugar.

—¡Espérame! Yo también quiero ver de cerca a esa mujerzuela —gritó ella, saliendo tras de mí.

Salimos a toda velocidad en el coche hasta llegar a un hotel situado casi a las afueras de la ciudad. Gracias a la fotografía que venía en el expediente, logré identificarla entre la multitud al instante. ¡Qué cinismo el suyo! Estaba sentada junto a un hombre, riendo, bebiendo y disfrutando como si no acabara de destruir dos vidas, solo por no saber mantener las piernas cerradas. Por codiciar a hombres comprometidos.

—Es ella —señalé con voz cargada de asco.

—Así es —confirmó mi madre con una mirada que prometía dolor. —Espera un momento, llamaré a los guardaespaldas para que nos cubran; no quiero que nada te pase.

Pero ya no podía esperar ni un segundo más. Me lancé hacia esa mesa con toda la furia que me quemaba por dentro, y golpeé las palmas con tanta fuerza sobre la madera que las copas temblaron y todo el ruido a mi alrededor se detuvo de golpe, atrayendo la atención de todos hacia mí.

—¡Ah, perdón! ¿Acaso interrumpo su velada romántica? —pregunté con tono sarcástico y venenoso.

—¿Quién… quién eres tú? —balbuceó ella, poniendo esa cara de inocencia y víctima que me provocaba ganas de escupirle en la cara.

Esa actuación barata solo despertó más repulsión en mi pecho. Solo un idiota sin dignidad caería en semejante engaño… exactamente igual que lo hizo ese inútil de mi cuñado, Rafael. Cuanto más la miraba, menos entendía cómo un hombre podía cambiar a una mujer tan hermosa, inteligente y noble como mi hermana por esa cosa vacía y sin escrúpulos.

—¿De verdad no lo sabes? ¿O es que creíste que podrías arruinar la vida de Jazmín Salvatierra y salirte con la tuya sin que nadie te pidiera cuentas? —me incliné hacia ella, acercándome lo suficiente para que sintiera mi aliento y mi odio— Seguro que esa cabecita hueca ni siquiera pensó que ella no estaba sola en el mundo, que tenía una familia dispuesta a defenderla con sangre y fuego… cosa que su marido, ese inepto, jamás tuvo las agallas de hacer.




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