100 años de redención.

¿En qué nos estamos convirtiendo?

Su silencio fue todo lo que necesité para comprender que aquella relación estaba definitivamente rota. No importaba cuántas veces se disculpara; ni siquiera él sabía cómo decirme que no existían excusas, había sido su voluntad, su decisión, engañarme. Verlo permanecer en silencio ante la única pregunta que realmente importaba me demostró que, en el fondo, nunca lo había conocido de verdad.

Me levanté con absoluta calma y me alejé de su lado. Sentía que no podría permanecer más de cinco minutos en el mismo espacio que él sin sentir que me asfixiaba. Subí de nuevo las escaleras y, una vez más, me quedé inmóvil frente a la puerta de la habitación de mi bebé, incapaz de girar el pomo.

Mi mano se aferraba con fuerza al picaporte, pero mi corazón latía con tanta intensidad que dolía el pecho. Ya no quería llorar, no quería volver a derrumbarme; necesitaba ser fuerte para buscar cualquier pista sobre el paradero de mi hijo, para averiguar si todo esto formaba parte de un plan ideado por Rafael y esa mujer para volverme loca y quedarse ellos dos juntos. Pero otra parte de mí, la más desesperada, anhelaba con toda su alma poder oler su ropa, sentir por un instante que todavía lo tenía aquí conmigo.

Me aparté despacio, sin atreverme a perturbar aquel santuario. El día que volviera a abrir esa puerta sería el mismo en que tuviera a mi bebé entre mis brazos. Esa sería mi motivación, tal como me había dicho mi madre.

Regresé a mi habitación. Todo parecía estar en orden, la marca en la madera había desaparecido, la alfombra blanca había sido sustituida por una de color beige, y cada objeto estaba colocado en su sitio, impecable. Pero los recuerdos… los recuerdos no se borraban con un ramo de flores sobre el tocador ni con un cambio de sábanas.

Me sentía atrapada dentro de mi propio cuerpo. Mis manos no dejaban de acariciar mi vientre, ahora plano. El tiempo que habíamos compartido fue demasiado breve, tantos años esperando, y en solo siete meses todo se había desvanecido. Me quedé de pie frente al espejo, mirando aquella cicatriz tan profunda, tan presente, que me acompañaría el resto de mi vida; la misma que me recordaba que me habían arrancado lo que más amaba.

—Jazmín…

La puerta se abrió con suavidad. Me giré llena de ira y arrojé el florero con todas mis fuerzas directo hacia su rostro.

—¡TE DIJE QUE NO ME BUSCARAS! —grité con la desesperación quemando mi piel.

Vi cómo unas finas gotas de sangre comenzaban a brotar de su frente, y solo entonces fui consciente de lo que había hecho. Sin embargo, no me moví de mi sitio; Rafael también parecía sorprendido por lo ocurrido.

—Lo… lo siento, no quería molestarte —murmuró él, tapándose la herida con la mano— Te llamé tres veces y no respondías; pensé que te había pasado algo. Perdóname.

Cuando lo vi dar media vuelta para irse, mi cuerpo reaccionó por impulso y di un paso hacia él, pero recuperé la razón al instante, me detuve antes de tocarlo. Me acurruqué en un rincón, abrazándome a mí misma.

Todo esto se está saliendo de control, y me asusta ver hasta dónde soy capaz de llegar cuando la ira me ciega por completo.

Un dolor agudo me atravesó el abdomen, con punzadas que me estremecían hasta los huesos, mientras las lágrimas caían una tras otra sin poder detenerlas. ¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Cómo terminaré yo al final de este camino tan doloroso?

Traté de calmar mi respiración y busqué en mi bolso los medicamentos. Cuando el dolor comenzó a ceder, me dejé caer sobre el suelo, abrazando mis rodillas, hasta que el sueño me venció. Ojalá nunca despertara… me gustaría poder dormir y olvidar todo para siempre.

La mañana llegó antes de lo que hubiera deseado. Después de lavarme la cara, bajé las escaleras y me encontré con la mesa puesta con esmero, el aroma a pan recién horneado y café recién hecho llenando el aire. Rafael estaba de espaldas, mirando por la ventana, sumido en sus pensamientos. Su expresión era tensa y seria, pero al escuchar mis pasos se giró y me dedicó una amplia sonrisa.

—Buenos días, Jazmín. ¿Dormiste bien? El desayuno ya está listo; ahora mismo te sirvo el café con crema que tanto te gusta.

Ver cuánto se esforzaba, no tanto por lo que hacía con sus manos, sino por la intención de mantenerse en pie y positivo, era lo que más me hacía dudar. Caminé hasta la mesa y me senté sin responderle. Cada segundo que pasaba me sentía más tonta, actuando como una niña caprichosa que usaba el silencio como castigo.

—Aquí lo tienes, esposa. Espero que lo disfrutes mucho.

Di un sorbo largo al café; estaba preparado exactamente como a mí me gustaba.

—Odio lo que estás haciendo. _ dije por fin dejando la taza de lado.

—¿Qué cosa?

—Esto… no lo hagas más. _ mi dedo señaló todo lo dispuesto para el destino.

Rafael se quedó inmóvil a un lado. En ese momento, se escuchó el timbre de la puerta y su rostro mostró claramente su disgusto. Caminó con pasos pesados, pero al ver que quien llamaba era Miguel, no dudó en invitarlo a pasar.

—¡Jazmín, querida! Qué bueno verte de nuevo en tu casa, junto a tu esposo —saludó Miguel con una sonrisa forzada.

Me abrazó con una fuerza exagerada y una simpatía que no encajaba con el momento. Lo aparté con suavidad, dejándole claro que no quería su compasión.

—Querida, lo siento muchísimo —continuó— No tengo palabras que puedan aliviar el dolor que llevas dentro. Todo esto es una desgracia, pero aquí estamos mi esposa y yo para lo que necesites. Y también está Rafael; no lo juzgues con tanta dureza, solo cometió un error, sin darse cuenta de las consecuencias.

—¿Un error? —respondí con amargura— Ahora entiendo por qué se llevan tan bien, ambos llaman “error” a las decisiones que toman con plena conciencia.

—Jazmín, sabes que no me refería a eso…

—¿Acaso son unos niños pequeños? —lo interrumpí— Desde mi punto de vista, los dos son bastante adultos. Una infidelidad no es un error, y provocar deliberadamente la pérdida de un embarazo tampoco lo es. Así que será mejor que te calles, Miguel, si no entiendes de lo que estás hablando.




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