100 años de redención.

Hasta que la muerte nos separe.

—¡Jazmín, espera…! No te vayas.

Levanté la vista y, por primera vez en mi vida, clavé en Miguel una mirada cargada de odio, y él lo entendió al instante retrocediendo por instinto.

—Lo siento —se disculpó él apresurado — Pensé que ya se lo habías contado.

—¿Cuándo habría podido? Si apenas me dirige la palabra.

—¿Qué te pasó en la frente? No se ve nada bien —comentó, frunciendo el ceño— Maldición, Rafael, hasta yo sentí escalofríos. Veo que de la dulce Jazmín no queda nada.

—Ella me lanzó un florero —respondí, restándole importancia— No es tan grave, la verdad, ni siquiera me duele. Y no digas eso, ella solo necesita tiempo para sanar, en el fondo yo se que todavía esta mi dulce esposa.

—¡Ja, ja, ja! Viejo, tienes la cabeza muy dura. Pero déjame decirte que esto es solo el comienzo. Las mujeres son seres increíbles, su corazón es tan complejo que un día te aman con locura y al siguiente te llevan al borde de la desesperación sin misericordia. Mi humilde consejo, resiste, Rafael. No existe tormenta que dure para siempre.

Aunque aquella reacción tan impulsiva y agresiva me había tomado por sorpresa en su momento, no sentí enojo alguno hacia ella. Verla de pie frente al espejo, observando aquella cicatriz que ahora marcaba su piel… yo jamás me atrevería a juzgarla; no tengo el derecho ni la fuerza para hacerlo.

—Dime que traes buenas noticias, Miguel —le pedí casi suplicando — Es lo único que necesito para recuperar las fuerzas que me faltan.

Miguel negó con la cabeza de inmediato, y su expresión sombría me desanimó al instante.

—¿Por qué me colgaste el teléfono anoche? Intenté llamarte de nuevo, pero ya no se podía establecer la comunicación.

—El celular se rompió.

—Me lo imaginaba… Mira, muchacho, la verdad es que esa mujer es como un fantasma, no hay registros, no hay direcciones, no hay forma de confirmar su identidad. Solo se hace llamar Eva, tenemos una estimación aproximada de su edad, pero nadie sabe de dónde vino ni qué buscaba realmente. Lo único que sé con certeza es que alguien se la llevó. ¿Con qué fin? Bueno, para silenciarla, para hacerla desaparecer, para lavarse las manos y evitar enfrentar cargos penales… no lo sé a ciencia cierta.

—¿Y qué hay de Andrés? —pregunté con furia— Él fue quien introdujo a esa plaga en mi vida. No puedo dejar de pensar que todo estaba planeado desde el principio. Además, carajo, ella llegó del brazo de él. Si alguien sabe aunque sea el mínimo detalle, tiene que ser ese desgraciado de Andrés.

—Te entiendo, Rafael. Pero pudo haber llegado con Andrés tal como llega con cualquiera, con su rostro bonito, sus faldas cortas, ofreciendo un momento de placer. No podemos acusarlo sin pruebas.

—Pero sí podemos ir a preguntárselo directamente, Miguel. Si tú no quieres acompañarme, iré yo mismo a su casa.

—Perderás el tiempo. El tipo ya no está en la ciudad; escuché que está de vacaciones en Asia o por esa zona. Mira, muchacho, lo mejor que puedes hacer ahora es esforzarte al máximo por salvar tu matrimonio. Llévate a Jazmín lejos de aquí e intenta que todo vuelva a funcionar. Dejemos que las cosas se calmen, que ellos crean que han ganado, y cuando bajen la guardia, atacaremos con toda la fuerza.

—No puedo hacerlo… no puedo simplemente olvidar. Quiero recuperar mi vida tal como era antes. Quiero ver a mi esposa sonreírme con amor, quiero volver a sentir a mi hijo creciendo dentro de ella y esperar su llegada con ilusión.

—Buena suerte con eso, viejo —respondió con resignación— Todavía no se ha inventado la máquina del tiempo. Ya me voy, ya sabes que estamos aquí para lo que necesiten. Mucha suerte, amigo.

Máquina del tiempo… pensé con amargura. Es absurdo desear algo así cuando, desde el principio, nunca debí cruzar la línea con esa mujer.

Caminé hacia las escaleras, dudando si era buena idea subir, no por miedo a mi propia seguridad, sino porque no quería alterarla de nuevo. Aun así, reuní valor y subí despacio, solo para encontrarla de pie frente a la puerta de la habitación del bebé, con las lágrimas rodando por sus mejillas sin control.

—Jazmín… —susurré apenas.

Ella se secó las lágrimas con brusquedad y se giró hacia mí, con la mirada cargada de odio y desconfianza.

—¿Qué haces aquí? ¿Acaso no entiendes que no te quiero en el segundo piso? ¡Y mucho menos cerca de esta habitación!

Lejos de obedecer su advertencia, me acerqué a ella y la abracé con toda mi fuerza. Jazmín no dudó en abofetearme, en golpearme en el pecho con rabia para liberarse, pero no me moví ni un centímetro.

—¡También era mi hijo! —le dije con la voz quebrada— También me duele su pérdida. No soy de acero, mujer.

Las lágrimas comenzaron a brotar sin consuelo, rompiendo aquel pequeño santuario que habíamos construido juntos.

—No te atrevas a mencionarlo —escupió ella con furia— Si lo perdimos, fue por tu culpa. Solo tuya y de nadie más.

—Lo siento… lo siento de verdad, me arrepiento profundamente.

—¿De verdad lo haces? Entonces dime… ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste, Rafael?

—No lo sé… simplemente no lo sé. Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón. Algo en ella me atraía de una forma que no puedo explicar. Mírame a los ojos, Jazmín, mírame bien y verás que sigo siendo el mismo hombre que te ama con devoción, aquel que juró estar a tu lado hasta la muerte en una tarde soleada, en aquella pequeña iglesia.

Ella se soltó de mi abrazo con fuerza y alzó la mirada, llena de orgullo y dolor.

—Te equivocas —respondió con frialdad— No eres ni la sombra de aquel hombre. A mis ojos, solo eres el desgraciado que me lo quitó todo.

—Entonces, ¿por qué decidiste quedarte a mi lado? —pregunté, desesperado, aferrándome a la última esperanza — Si me desprecias tanto, ¿por qué no pediste el divorcio?

—Porque quiero recuperar a mi hijo —respondió con fiereza— Porque no permitiré que traigas a esa mujer a esta casa y borren juntos todo lo que este lugar significa para mí.




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