100 años de redención.

Cicatrices del pasado

Me di media vuelta y me encerré en la habitación; ya no podía más, no lo soportaba. Necesitaba con desesperación salir de allí y alejarme lo más posible de Rafael, o terminaríamos lastimándonos de una manera de la que ya no habría retorno.

Por respeto a los años de amor que habíamos compartido, por el hijo que él me había dado, estaba dispuesta a firmar el divorcio e irme en paz, intentando borrar todo ese dolor. Por gratitud hacia la felicidad que un día me hizo sentir, seguiría mi camino y le daría un cierre digno a nuestra relación.

No quería perder mi alma en el proceso; no podía permitírmelo. Tomé el teléfono y llamé de inmediato a mi hermano, quien respondió enseguida con voz preocupada.

"Jazmín, ¿sucede algo?" _ pregunto sin perder el tiempo, claramente alterado.

"¿Puedes venir a buscarme, Ignacio? No quiero seguir aquí. Aunque madre se enoje, aunque vuelva a no aceptarme como su hija… por favor. Firmaré el divorcio y regresaré a Inglaterra"

"Está bien, hermanita. En breve estaré allí; comienza a empacar"

Respiré aliviada al no escuchar reproches ni oposición a mi decisión. Tomé mi vieja maleta, aquella misma con la que había llegado a este país hacía seis años. La misma que ahora volvería a acompañarme en el camino de regreso a casa.

Guardé únicamente lo que era mío; no quería nada de lo que me había regalado esta familia. Los recuerdos ocupaban demasiado espacio. Me tomé el tiempo necesario para doblar cada prenda, observando con determinación todo lo que me rodeaba. Poco después, escuché el timbre de la puerta. Cuando bajé las escaleras, vi que Rafael impedía la entrada a Ignacio.

—Déjalo entrar —ordené— Yo lo he llamado.

—Pero Jazmín… ¿qué significa esto? _ pregunto el sin moverse de su lugar.

Antes de que pudiera responder, vi a mi madre empujarlo a un lado para abrirse paso. Nos cruzamos con la mirada y luego comenzó a subir.

—¿Acaso no podemos venir a visitar a Jazmín? Somos su familia y tú no eres su carcelero —le recriminó a Rafael, dándole la espalda.

—No es eso, es solo que no esperábamos su visita, señora.

—Precisamente por eso venimos sin avisar, para que no tengas tiempo de acomodar todo a tu favor.

Rafael apretó los puños, pero no dijo nada más. Regresó a la cocina con pasos pesados, dejándonos a solas.

—Madre… ¿qué haces aquí?

—Impidiendo que cometas una locura —respondió ella, tomándome del brazo y guiándome de regreso a la habitación, mientras Ignacio se quedaba en la sala como un guardia, para asegurarse de que nadie nos interrumpiera.

—Mamá —dije con la voz temblorosa— Ya he tomado una decisión. Simplemente no puedo seguir. No soy tan fuerte como tú.

El sonido de la puerta al cerrarse me provocó un escalofrío involuntario, pero lejos de escuchar reproches o quejas, ella habló en voz baja, con un tono inesperado de dulzura y compasión.

—Jazmín, hija mía, no busco que seas igual a mí en nada. Valoro tu corazón bondadoso, tu carácter amable. Si no quieres seguir, lo entiendo.

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿De verdad me comprendía? Aquello era algo inesperado que me dejó visiblemente sorprendida.

—Mamá, muchas gracias —dije, tomando sus manos entre las mías para contener las ganas de llorar.

Ella me guió hasta el borde de la cama y se sentó a mi lado sin soltarme.

—Pero antes, déjame contarte algo —añadió, y su tono se volvió un poco más serio— Y si aun así decides irte, entonces yo misma te sacaré de aquí... Tenemos a esa mujer en nuestras manos. Ella niega haber enviado los videos y asegura que todo fue un plan ideado por Rafael.

—¿Y le crees? —pregunté con un nudo en la garganta.

—Esto apenas empieza —respondió sin inmutarse— Tu hermano dice que, con el tiempo, ella bajará la guardia y, en algún momento, no soportará más la presión y terminará soltando toda la verdad. Pero por ahora, se mantiene firme en su versión, acusando a tu esposo de todo lo sucedido.

No sabía qué creer. Y no quería aceptarlo, porque si lo hacía significaría que durante cinco años había amado a un hombre sin corazón.

—¡Quiero verla! —exigí, poniéndome de pie de golpe— Quiero saber dónde está mi bebé.

Mi madre se levantó y apoyó una mano sobre mi hombro. Por primera vez, sus ojos no mostraban esa frialdad que tanto la caracterizaba.

—Nunca te conté cómo descubrí la infidelidad de tu padre, ni todo lo que sucedió después. Pero creo que ha llegado el momento de hacerlo. Es hora de que conozcas toda la verdad, Jazmín.

—¿Por qué ahora? _ pregunte incrédula.

—Porque tal vez así entiendas que hay momentos en la vida en los que no nos queda otra opción que volvernos frías y decididas para sobrevivir y para proteger lo que más amamos, a nuestros hijos.

Volví a sentarme, prestandole toda mi atención. Desde niña solo sabía lo que escuchaba a escondidas, sin entender realmente nada. Pero por fin podría poner fin a ese capítulo tan doloroso que me había llevado a convertirme en la mujer sumisa que era en este momento.

Una parte de mí siempre había creído que, si era obediente, si me portaba bien y era amable, mi padre me querría, que volvería a acariciar mi cabeza como cuando era pequeña y me diria con voz suave: “Esa es mi niña buena”. Algo que nunca sucedió, pero que, sin darme cuenta, me había marcado para siempre, para evitar que nadie volviera a abandonarme seguí siendo la dulce y amable Jazmín.

Me aferraba a la esperanza de que, si me comportaba con bondad, tal vez incluso mamá me amaría tanto como yo deseaba. Pero gracias a esa debilidad lo había perdido todo, ¿Entonces qué sentido tuvo realmente?




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