100 años de redención.

Cicatrices del pasado, segunda parte

Mamá se quedó un momento en silencio, sumergida en los recuerdos del pasado, hasta que finalmente comenzó a narrar su triste historia de amor.

—Tu padre y yo no pertenecíamos a la misma clase social. Él, un hombre destinado a la grandeza, y yo, una mujer destinada a verlo crecer desde lejos. Sin embargo, nos enamoramos. Nos conocimos en una reunión de amigos en común. Nunca me llamó la atención su dinero; amaba la forma en que me miraba y cómo valoraba mi esfuerzo por salir adelante. Si algo tengo como virtud es que no me rindo, no me conformo y siempre busco mejorar y avanzar. Así fue como me convertí en su mujer, una elección que su familia claramente no aprobaba.

—No sabía que los abuelos te despreciaran. ¿Cómo es posible que nunca me diera cuenta?

—Eras pequeña, y ellos sabían disimular muy bien frente a ustedes dos. Al fin y al cabo, eran sus nietos, su sangre, su linaje. Pero yo era una pieza innecesaria, una mala hierba que deseaban arrancar con todas sus fuerzas. Durante años me esforcé al máximo, ayudando en todo, estudiando sin descanso para convertirme en la persona que pudiera apoyarlo. Pero entonces a tu abuela se le ocurrió la desdichada idea de introducir a una tercera persona en nuestra relación. Tu padre, al principio, se mantuvo firme, las rechazaba, me comentaba, seguía presiente, hasta que llegó ella, Anabel Montilla y todo cambió.

Era la primera vez en mi vida que escuchaba ese nombre, pero el dolor reflejado en el rostro de mi madre me indicaba que aquella herida seguía abierta en lo más profundo de su alma. Al fin y al cabo, ver con tus propios ojos cómo el amor se desmorona es algo que te destroza por dentro.

—Sé que a tus ojos no fui una madre cariñosa y atenta —continuó ella— pero en aquel momento pensaba que, si me esforzaba más, si demostraba que era digna de su confianza, finalmente me aceptarían. Por eso los dejé de lado, persiguiendo algo que nunca sucedió. Después de descubrir la infidelidad, simplemente cambié para peor. Me alejaba para que no tuvieran que soportar mi mal humor, mi dolor y la frustración de ver cómo había desperdiciado mi vida en alguien que no lo merecía. Cometí muchos errores, Jazmín; el dolor me cegó, y luego llegó la responsabilidad. ¿Podría haberlo hecho mejor? Sin duda, sí. Pero en ese momento no fui capaz de verlo.

—Tranquila, mamá, te entiendo —le dije con ternura acariciando el dorso de su mano— Ahora más que nunca lo hago.

Ella me regalo una sonrisa débil, pero que para mí valía más que todo el oro del mundo.

—Anabel Montilla era una señorita de buena familia. Tu abuelo quería que ella ocupara mi lugar; ya tenía todo planeado para echarnos a la calle. Durante meses ocultó y ayudó a tu padre a llevar aquella doble vida, mientras él preparaba los documentos que le aseguraban que yo no me llevaría nada, que en el futuro no reclamaría ningún derecho. Querían borrarnos de su existencia como si nunca hubiéramos formado parte de ella.

De repente, mamá rompió a llorar, dejándome atónita. Sin duda, ese día estaba descubriendo más verdades que en mis treinta y tres años de vida como su hija, y aquello me dolió profundamente. ¿Cómo no me había dado cuenta de nada? ¿Por qué durante años había cargado con la culpa de actos que no eran suyos? ¿Por qué me había alejado sin pensar que ella había sido capaz de todo para que no muriéramos de hambre en la calle? La abracé con todas mis fuerzas, sintiéndome la peor persona del mundo, la hija más ingrata.

—Lo siento muchísimo, mamá. Si lo hubiera sabido antes, jamás…

—Tranquila, mi niña —me interrumpió ella— En aquel tiempo yo también era ingenua y no deseaba que ustedes odiaran a su padre. Al menos quería que guardaran un buen recuerdo de él, tal como tú estás dispuesta a hacer ahora. Pero la verdad, Jazmín, es que por más que lo intentemos, no podemos tapar el sol con un dedo.

—¿Qué sucedió después? —pregunté con curiosidad y temor.

—Lo que sucedió después es la lección que la vida te da para enseñarte que las injusticias, tarde o temprano, se pagan. Esa mujer que a los ojos de tus abuelos era “perfecta”, en realidad solo poseía un apellido reconocido y nada más. Su familia estaba en la ruina, al borde de la desgracia, y tu padre, ciegamente enamorado, le entregó todo el dinero que poseía. Contrajo deudas y llegó a hipotecar incluso bienes que no estaban a su nombre con tal de salvar a su amada. La familia quedó en la bancarrota de la noche a la mañana. Tus abuelos rompieron todo vínculo cuando fueron expulsados de su mansión por los acreedores; las deudas se acumulaban como montañas inalcanzables. Me dejaron todo a mí, sin importarles ustedes, y se marcharon, dejando detrás de ellos un desastre igual que el que provocó tu padre y su amante.

—¡No puede ser, mamá! ¿Cómo lograste soportar tanto dolor y dificultad?

—Ya te lo he dicho, como mujeres somos fuertes por naturaleza y siempre sacamos fuerzas de donde no parece haberlas. Yo era la esposa legal, la que figuraba en todos los documentos, y solo tenía dos opciones: dar la cara y levantarme de las cenizas, o dejarme vencer. Y la derrota nunca estuvo en mis planes. Dos años después, tu padre y su amante fueron alcanzados por los prestamistas. Murieron en un accidente de tránsito mientras intentaban huir, al mismo tiempo que yo trabajaba día y noche para reconstruir la empresa desde cero, para ganar dinero y asegurarles a ustedes todo lo que por ley nos correspondía. Esa es la historia de mi vida, Jazmín, no me rendí, no me dejé vencer, luché con uñas y dientes. Así que ahora te pregunto de nuevo ¿estás dispuesta a permitir que una desconocida te humille y te arrebate el futuro de tu hijo?

—Pensé que no me creías cuando te dije que mi bebé nació con vida…

—La verdad es que estos días he estado investigando a ese doctor. Aunque intenta ocultarlo bien, ese hombre tiene antecedentes de mala praxis, deudas por juegos de azar, dos divorcios y denuncias por violencia de género. Básicamente, tiene la soga al cuello. Te creo, Jazmín; creo que mi nieto está vivo, pero todavía no sé quién lo tiene.




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