100 años de redención.

El chico de mis recuerdos.

La escena era tan desoladora que hasta yo sentí vergüenza y lástima, especialmente cuando sus ojos me buscaban con desesperación, pidiendo auxilio silenciosamente. Tomé del brazo a Ignacio y salimos de allí lo más rápido posible.

Lo que más admiraba de Rafael era su fortaleza, su carácter, esa presencia imponente y decidida; verlo así, humillado y quebrado, no era algo que me agradara en absoluto. Yo esperaba que luchara con todas sus fuerzas por recuperarme, no que se quedara arrodillado y suplicando todo el tiempo.

Ya en el auto, Ignacio no pudo contenerse más y dejó salir la rabia que llevaba acumulada y que se le notaba a leguas.

—¿De verdad te quedas aquí, Jazmín? Pensé que esta vez hablabas en serio cuando me llamaste tan decidida para decir que te irías.

—Perdóname, hermano mayor —respondí con suavidad— pero mamá ya me contó todo y tengo que quedarme un poco más. Necesito encontrar la más mínima pista que me ayude a recuperar a mi hijo. Créeme, no disfruto de esta situación, pero por mi bebé estoy dispuesta a hacer cualquier cosa.

—¿También sospechas que Rafael tiene algo que ver? ¿Que él o su familia se llevaron al niño?

—Ya no sé en qué creer, la verdad —dije con un tono cargado de melancolía— Pero hay algo que no puedo ignorar, mi suegra, mi cuñada y el propio Rafael han asistido toda su vida a ese hospital. Todos sus allegados también, incluso el personal de servicio. Alguien debe saber algo.

—Ya veo… esto es un misterio más complejo de lo que imaginábamos. Pero no te preocupes, hermana, los tres trabajaremos sin descanso hasta encontrar al niño. Te lo prometo.

—Gracias… de verdad no tengo palabras para agradecerles a los dos. Yo que fui tan distante y dura con ustedes, y aun así siguen aquí, dejando de lado sus propias vidas por mí.

Unas cuantas lágrimas comenzaron a asomarse, pero me obligué a contenerme; no quería llorar delante de ellos. Ya no más lágrimas innecesarias, las guardaría todas para el momento en que volviera a abrazar a mi hijo.

—No tienes que agradecer nada —respondió él con ternura— Somos familia, y la familia siempre está unida.

Pensar que había tenido que ocurrir una desgracia tan grande para volver a acercarnos era el segundo dolor más intenso que sentía en el pecho. Pero en este momento hacia asuntos más importantes.

—Mi suegra y Jana no han aparecido por la casa estos días —continué— pero sí lo ha hecho Miguel, el vicepresidente de la empresa. Su comportamiento fue muy extraño, decía cosas incómodas y sin sentido, que sabía perfectamente que me harían enfadar. Era como si quisiera provocar intencionalmente una nueva discusión entre Rafael y yo.

Mi madre colocó su mano sobre la mía para darme su apoyo, mientras Ignacio salía a toda velocidad de la propiedad.

—¿Qué sabes de ese hombre? —preguntó ella con atención.

—No mucho, en realidad. Sé que trabaja en la empresa desde la época del padre de Rafael. En su vida personal, está casado y tiene dos hijos. Es amigo de la familia desde hace décadas, y Rafael lo considera su consejero y su mejor amigo.

—¿Y qué hay de tu suegra? —insistió mi madre, tomando nota mental de cada palabra.

—Si te refieres a si sospecho que está escondida con mi bebé, no lo sé. Como te dije antes, ya no tengo certeza de nada. En el pasado, yo no le caía muy bien. Nunca me trató mal, pero siempre mantuvo su distancia debido a mis dificultades para quedar embarazada. Sé que en secreto deseaba que su hijo me dejara, y no la culpo, Rafael es el único varón de su familia. Supongo que sentirías lo mismo si Ignacio se casara con alguien tan defectuosa como yo.

—Jazmín, tú no eres defectuosa —me reprendió Ignacio con firmeza— Nunca vuelvas a decir algo así; eres perfecta tal como eres.

—Ja, ja, gracias, hermano. Pero volviendo al tema, mi suegra fue la mujer más feliz cuando supimos que estaba embarazada. Me cuidó con muchísimo cariño, nunca faltó a ninguna cita médica, me traía alimentos especiales desde el extranjero y estuvo a mi lado en cada malestar. También regañaba duramente a Rafael cuando él se descuidaba. Incluso la noche en que todo ocurrió, ella estaba como una fiera enfrentándolo, solo porque yo me sentía deprimida por no poder comunicarme con él.

Ahora que lo pienso bien, no es que yo fuera ciega o demasiado confiada, en realidad nunca hubo ninguna señal que me hiciera sospechar que algo así podía pasar. Todo parecía tan perfecto que, por un momento, olvidé que la perfección no existe.

—Investigaremos a fondo a todas las personas que has mencionado —afirmó mi madre con voz decidida.

—Y no te preocupes —añadió Ignacio, sin apartar la vista de la carretera— Es solo cuestión de tiempo para que esa mujer pierda la compostura y termine hablando. Ahora apresurémonos, porque hay alguien que ya no puede esperar para verte.

Levanté una ceja con curiosidad, preguntándome cómo se vería ahora aquel muchacho de mis recuerdos.

—No te imaginas, querida —añadió mi madre— En cuanto Marcel se enteró de lo sucedido, tomó el primer vuelo para venir a verte y asegurarse de que estuvieras bien. Siempre soñé con que ustedes dos terminaran juntos.

—¡Mamá, por favor! —exclamé, sintiendo cómo me ardían las mejillas— Éramos solo niños en aquella época. Luego él se fue al extranjero y poco después hice lo mismo.

Recordar a Marcel me llenaba el corazón de una sensación cálida. Él era esa persona que siempre estaba ahí, cuando me veía llorar, no dudaba en abrazarme con fuerza y decirme que todo saldría bien. Era quien robaba galletas a su abuela y me las compartía a escondidas cuando mamá me prohibía comer dulces por portarme mal. Ese amigo que llenaba de alegría mis días más grises.

—Espera a verlo ahora… ya no es un niño —se rió Ignacio mientras estacionaba el auto frente a un local acogedor.

—No te diré nada más, Jazmín —dijo mi madre— Solo espero que Marcel logre devolverte un poco de la sonrisa y la esperanza que has perdido.




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