100 años de redención.

Un amigo leal.

Caminé con una amplia sonrisa hasta llegar a su lado, Marcel me abrazó con tanta fuerza y calidez que mis piernas temblaron por un instante.

—Jazmín… qué alegría volver a verte —susurró cerca de mi oído, provocándome un suave escalofrío.

—También es maravilloso volver a verte, viejo amigo. Aunque sea en estas circunstancias, de verdad me alegra muchísimo que estés aquí.

—Mírate… incluso estás más hermosa de lo que recordaba. Perdóname, sé que no es el momento adecuado. Lamento profundamente todo lo que estás pasando. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? Pídeme lo que sea, que esta vez me quedaré a tu lado y no me iré a ningún lado.

Vi a mi madre sonreír con tanta satisfacción que no tardé en comprender sus verdaderas intenciones. Desde el momento en que mencionó a Marcel ya lo sospechaba, pero ahora no me quedaba ninguna duda. Era una lástima que su sueño no se cumpliría.

—Te agradezco mucho tu ofrecimiento, pero estoy bien. Además, sigo siendo una mujer casada, así que por favor no digas cosas que puedan malinterpretarse con facilidad.

Arrastré la silla hasta sentarme y tomé la carta del menú para ver qué pedir. Marcel tardó un instante en captar mi actitud, pero enseguida se dispuso a ayudar a mi madre a acomodarse.

—Disculpa si me mostré demasiado cercano —dijo con suavidad volviendo a mí — Es solo la emoción de volver a verte después de tantos años.

—Jazmín, tampoco hace falta que seas tan dura con él, hija —intervino mi madre de inmediato para defenderlo— Los dejaremos un rato solos para que se pongan al día. Nosotros esperaremos en el auto y revisaremos la información que mencionaste.

—Como quieras, mamá.

En cuanto nos quedamos solos, observé con atención su rostro. Marcel también había cambiado mucho, se veía más atractivo, se notaba que se cuidaba y hacía ejercicio a diario, aunque su mirada y su sonrisa seguían siendo las mismas de siempre.

—¿Estás enojada porque he venido? —preguntó de repente, clavando sus ojos en los míos.

—Claro que no, aunque debo admitir que no me lo esperaba en absoluto. Marcel, no me malinterpretes, sé que mi madre te habrá dicho cosas, pero en este momento de mi vida no tengo fuerzas ni ganas para caer en sus juegos.

—¡Ja, ja! Elvira siempre ha sido así —respondió con tranquilidad— No te preocupes, no he venido con segundas intenciones. Y te entiendo perfectamente, respeto tu dolor y tu lucha. Solo acepté venir porque pensé que necesitabas un amigo, igual que cuando éramos chicos.

Solté un suspiro de alivio al ver que me comprendía, o al menos lo intentaba.

—¿Qué fue exactamente lo que te contó? —pregunté con cierto pesar— ¿Que terminaríamos casándonos? ¿Que esta es la oportunidad perfecta para que me dé cuenta de que tú eres el amor de mi vida?

Marcel se rascó la nuca, un poco incómodo, intentando no responder directamente. Coloqué mi mano sobre la suya, que descansaba sobre la mesa, yo lo miré suplicante, aunque ya imaginaba la respuesta.

—Ya la conoces bien —dijo con sinceridad— No puedo mentirte, Jazmín. Pero yo no he prometido nada ni aceptado ningún plan. De verdad estoy aquí solo para brindarte todo mi apoyo, sin condiciones.

—Gracias por tu honestidad. Te lo agradezco mucho.

Aunque me daba tranquilidad tener a mi madre cerca, en el fondo sabía que no se rendiría con facilidad. Aprovecharía cualquier oportunidad para convencerme de seguir el camino que ella ya tenía trazado para mí. Y sin embargo, había una parte de mí que estaba dispuesta a complacerla… si con eso lograba recuperar a mi hijo, no dudaría en entregar mi propia vida si fuera necesario.

—Cuéntame, más allá de todo lo que ha pasado… ¿cómo estás tú en realidad? —me preguntó con suavidad.

—Destruida, agotada, sin ganas de nada. Lo único que deseo es que esta pesadilla termine de una vez.

—Terminará, tenlo por seguro. Solo necesitas tener fe.

—¡Ja! Eso espero con todo mi corazón… Pero háblame de ti. ¿Cómo te fue en el extranjero?

—Bien, no me puedo quejar. Aprendí muchísimas cosas y ahora me dedico a lo que realmente me gusta. Mi vida sigue siendo sencilla, disfruto de lo mismo que años atrás. La verdad es que no siento que haya cambiado nada de forma drástica.

—Qué bueno. Las cosas buenas nunca deberían cambiar.

—Tú tampoco has cambiado tanto… aunque sí noto algo en tus ojos. Ese brillo que tenían antes se ha apagado un poco.

—Dadas las circunstancias, supongo que es lo más normal —respondí con calma— Pero no pienso rendirme. No lo haré hasta encontrar lo que busco, hasta recuperar mi felicidad y poner fin a este sufrimiento.

—Así me gusta oírte, amiga. Aunque no lo creas, siempre he pensado que eres una mujer muy fuerte, más fuerte de lo que tú misma crees.

Aunque la visita de Marcel había sido algo totalmente inesperado, me daba tranquilidad saber que estaba aquí de verdad como un buen amigo y no con intenciones ocultas. Pero por si acaso, no bajaría la guardia, esta experiencia me había enseñado que no podía confiar en nadie más que en mí misma.

La charla se volvió cotidiana, persiendonos en viejos recuerdos, riendo sin parar, tanto así que por un instante imaguine estar viviendo en una realidad paralela, una en la que yo no sufra tanto. Inevitablemente no pude preguntarme a mi misma, si en aquel entonces yo lo hubiera seguido a él, ¿Cuán diferente sería mi vida ahora?




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