En los ojos de Rafael todavía podía ver ese amor profundo que alguna vez me había entregado por completo, pero también el dolor de verme alejarme y los celos que le ardían por dentro al saber que yo compartía mi tiempo con otro hombre. Había llegado el momento de poner a prueba su cariño, y si resultaba ser real, usarlo en mi propio beneficio.
Me detuve a mitad de la escalera para luego girarme lentamente hacia él.
—Quiero sushi —dije con calma.
Vi cómo abría los ojos con sorpresa, y al instante una sonrisa se dibujó en sus labios, iluminando su rostro.
—¿Sushi? No sé prepararlo, pero ahora mismo lo encargo para que te lo traigan.
—No — interrumpí con firmeza— Quiero que tú vayas por él, a mi restaurante favorito. Sabes exactamente cuáles son las piezas que más me gustan, y así también te aseguras de que esté recién hecho y en su punto.
—Ah, ya entiendo —asintió sin dudarlo— Es un poco tarde y el camino es largo, pero si mi esposa me pide que sea yo quien lo busque, eso es lo que haré sin pensarlo dos veces.
Rafael se movió con rapidez, tomó una chaqueta, las llaves del auto y caminó apresurado hacia la puerta. Justo antes de cerrarla, escuché su voz suave y cariñosa.
—No te duermas, espera un poco más, mi amor. Volveré en seguida.
¿Dormir? Tenía la mente demasiado despierta y ocupada para siquiera pensar en descansar. En cuanto escuché el motor del coche alejarse a toda velocidad, bajé las escaleras y dejé la llave puesta en la cerradura, para no ser sorprendida con su regreso. Corrí hacia su despacho y, para mi suerte, la puerta estaba entreabierta.
No podía perder ni un segundo. Empecé a revisar cajones, estanterías, archivos viejos y hasta cuadernos de sus años de estudio, hasta que mis ojos se detuvieron en la computadora encendida.
En la pantalla había un video pausado, el momento en que se encontraba con esa mujer. Una punzada aguda me atravesó el pecho, y mi mente saltó de inmediato a lo peor. ¿tanto la extrañaba que tenía que encerrarse aquí para revivir esos encuentros? Pero al mirar con más atención, vi su libreta de anotaciones, donde todo estaba detallado con una precisión casi obsesiva.
Me armé de valor y reproduje la grabación que había destrozado mi mundo. Mientras veía las imágenes, leía con atención las marcas de tiempo que Rafael había escrito con letras grandes y profundas en el papel. Tenía que admitir que la primera vez que lo vi, solo había sentido el golpe brusco de la traición, sin poder pensar con claridad.
Luego pasé al segundo video. Aunque ninguno tenía audio, algo que me resultó demasiado conveniente, pude leer los movimientos de sus labios y entender cada palabra. Después de todo, lo conocía como a la palma de mi mano, cada gesto, cada mirada, cada expresión, me los sabía de memoria.
¿Y si todo esto no era lo que parecía? ¿Si en verdad era una trampa cuidadosamente armada, si alguien nos odiaba tanto que había diseñado este plan malvado hasta el último detalle para destruir nuestra familia y nuestra felicidad?
Pero cuando vi cómo Rafael la tomaba con esa pasión desbordada y salvaje, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Podía ver claramente cuánto parecía disfrutarlo, y en mi cabeza no dejaba de preguntarme si ese era un lado de mi esposo que yo desconocía por completo. Porque conmigo siempre había sido tan tierno, tan delicado, tan romántico; me hacía sentir frágil y protegida, con movimientos siempre controlados y suaves.
A veces bromeaba diciendo que parecíamos una pareja de ancianos en la cama. Pero ¿y si esa vida íntima tan tranquila había sido lo que lo empujó a buscar emociones nuevas? ¿Si había recurrido a una mujer de la calle, acostumbrada a todo, para sentir lo que yo no le daba? ¿Era yo, con mi forma de ser tan recatada y reservada, quien lo había llevado a engañarme?
Sacudí la cabeza con fuerza para alejar esos pensamientos oscuros. Nada, absolutamente nada, justificaba una traición, y mucho menos el secuestro de un bebé recién nacido.
Seguí revisando con más cuidado y noté que la persona sobre la que Rafael tenía más anotaciones era un tal Andrés, había al menos cinco hojas llenas con datos sobre él. Después de leerlo todo, solté un suspiro largo y profundo, cargado de alivio. Rafael no tenía nada que ver con la desaparición de mi hijo… pero las personas que lo rodeaban no se quedarían quietas por mucho tiempo.
“Ignacio, ya revisé todo. Parece que él no está involucrado” _ escribí rápidamente.
“¿Estás segura? ¿Revisaste bien, Jazmín?”
“Sí, lo hice”.
“Siempre cabe la duda de que tenga los documentos en otro lugar. No sería tan tonto como para dejarlos a simple vista. Ten cuidado, no te confíes demasiado; todo esto podría ser solo una actuación”.
Las dudas y las posibles conspiraciones me estaban volviendo loca. Cuanto más intentaba acercarme a la verdad, más sentía que todo se confundía y me hacía cuestionar lo que creía saber.
“¿Qué propones que haga ahora?”.
“Sigue el consejo de mamá y todo saldrá bien. Te quiero, hermana”.
“Yo también te quiero”.
—Lo siento mucho, Ignacio —susurré para mí misma— pero desde este momento haré las cosas a mi manera. No permitiré que ni Rafael ni mi madre sigan decidiendo por mí. Buscaré a mi hijo con mis propias manos y descubriré toda la verdad por mi cuenta.
Volví a acomodar todo en su lugar, dejando el despacho tal como lo había encontrado. Noté con satisfacción que ya no había botellas de licor en el mueble; por fin parecía dispuesto a dejar atrás ese mal hábito de beber hasta perder el control.
Me arreglé el maquillaje frente al espejo de la entrada, suavicé mis rasgos y adopté la expresión que debía mostrar, la de una esposa tranquila, que solo esperaba el regreso de su esposo. Que volviera a encontrarme tal como él creía que debía ser, mientras yo seguía armando mi propio plan.
Editado: 07.09.2026