100 años de redención.

El peso del mundo sobre mi

Los guardias no tardaron en llegar y, al ver la escena desordenada en la sala, llamaron de inmediato a la policía.

Los brazos de Rafael me rodearon con suma delicadeza y protección, pero yo no podía dejar de sentirme estúpida e incapaz de defenderme por mí misma. Por haber permitido que ese cerdo me pusiera las manos encima y por saber que, si no hubiera sido por él, todo habría terminado de la peor forma posible.

—¿Qué hacía este tipo en nuestra casa? —susurró con dificultad, entre el dolor de sus propios golpes.

—Vino a verte —respondí, con la voz quebrada y temblorosa— Vino expresamente a buscarte.

—¡Maldito desgraciado! Debería haberlo matado en el acto.

—Ni lo menciones… por favor, no hables de muerte —le supliqué, con miedo de que la situación empeorara aún más.

Los guardias curaron rápidamente las heridas de Andrés y lo inmovilizaron para que no pudiera moverse. Luego se acercaron a nosotros para ofrecer su ayuda.

—Señor, señora, la policía ya está en camino. Les tomarán declaración para aclarar lo sucedido.

—¿Cómo es posible que este hombre haya llegado hasta mi casa, teniéndolos a ustedes vigilando todas las entradas del complejo? —preguntó Rafael con tono severo.

—Dijo que era un amigo suyo e incluso nos mostró un pase especial. No encontramos motivo para detenerlo, señor, no cometimos ningún error.

Rafael y yo nos miramos con asombro, pero en seguida volví a desconfiar de forma instintiva.

—¿Fuiste tú? ¿Por descuido le entregaste un pase especial a ese cerdo para que pudiera venir a la casa cuando quisiera?

—¡Claro que no! ¿Cómo puedes pensar algo así de mí, Jazmín? _ se defendió sin dudarlo.

—Él mismo me lo dijo, que lo estabas buscando por todos lados, y por eso vino hasta aquí para saber qué urgencia tenías.

—Es cierto que lo buscaba, pero hasta hoy nunca me había cruzado con él. ¿Cuándo habría tenido tiempo de darle un pase? Además, si lo buscaba era precisamente para impedir que se acercara a nosotros.

Lo miré con recelo, pero al mismo tiempo comprendí que sus palabras tenían sentido.

—Entonces… ¿de dónde sacó ese pase?

—Mejor dicho ¿quién se lo entregó a propósito?

En ese momento, Andrés empezó a recuperar la conciencia, justo cuando los guardias recibían el aviso de que la policía ya se acercaba. Rafael se levantó de un salto, se abalanzó sobre él y lo agarró con fuerza del cuello, obligándolo a mantenerse despierto.

—¿Quién te envió aquí? ¿Por qué te atreviste a ponerle las manos encima a mi esposa?

—¡Ja, ja, ja! Yo no hice nada malo —respondió con una risa burlona y descarada— Fue tu hermosa mujer quien me dejó entrar con intenciones claras. La muy perra se me insinuó sin vergüenza, y bueno… soy hombre, y cuando me lo piden, yo doy lo que piden.

Rafael le descargó otro golpe con furia, decidido a no dejarlo ir. Incluso los guardias tuvieron dificultades para separarlos. La policía entró con las armas en la mano, alertada por el alboroto, mientras los vecinos se asomaban desde sus puertas y ventanas, atentos a cada movimiento en nuestra casa.

Vi cómo esposaban a Rafael y también a Andrés, mientras un oficial me invitaba a subir a la patrulla. Vaya noche, terminábamos todos en la comisaría. Y ahora no solo tenía que soportar la vergüenza, sino también las acusaciones descaradas de ese ser despreciable.

—Ella me sedujo —gritaba Andrés desde la recepción, con esa voz insoportable que llegaba hasta donde yo estaba— Si no me sueltan de inmediato, mis abogados los destrozarán a todos. Esa zorra se cree mucho, pero lo niega solo porque su patético esposo nos descubrió a tiempo.

Caminé con pasos firmes y tranquilos, solo para acercarme y darle una cachetada tan fuerte que le giró la cara por completo.

—¡Hipócrita! ¿Yo te seduje? Ni que estuviera tan desesperada como para comer basura.

La mano de Rafael se adelantó con suavidad, tomó mi mano y, sacando su pañuelo, comenzó a limpiar cada uno de mis dedos con una dedicación absoluta.

—No te ensucies con gente de su calaña —me dijo con voz firme— Tus manos delicadas no tienen por qué tocar a alimañas.

Ese gesto, esas palabras y su expresión tan seria y protectora mientras me limpiaba, me hicieron sonreír sin darme cuenta. Eso solo provocó que la rabia de Andrés creciera aún más.

—¡Ja! ¿Estás tan seguro de que soy yo el que pierde aquí? Entonces explícame qué haces tú, un hombre respetado que me busca por cielo y tierra, que incluso me invitó a venir a tu casa para “darle una visita cálida a tu esposa”.

—¿¡QUÉ ACABAS DE DECIR!? —gritamos al mismo tiempo Rafael y yo, sintiendo cómo la incertidumbre nos carcomía por dentro.

Pero antes de que pudiera responder, el oficial a cargo lo tomó del brazo y comenzó a llevárselo lejos.

—¡Espere, por favor! Esto es muy importante —supliqué, agarrándome de su manga— ¿Qué quieres decir con que Rafael te pidió que vinieras a nuestra casa?

—Señora, por favor, hágase a un lado —me pidió el oficial— Una vez tomadas las declaraciones, sus abogados podrán intervenir y aclarar todo.

—¡Espere, se lo ruego!

La mano de Rafael sostuvo mis hombros con suavidad para calmarme. Era tan injusto, tener una respuesta al alcance de la mano después de tanto tiempo y no poder escucharla hasta el final.

—Tranquila, Jazmín —me dijo con voz serena— El abogado ya viene en camino. Estoy seguro de que pronto sabremos exactamente qué quiso decir con eso.

—Dime la verdad, por favor, Rafael… ¿no tienes nada que ver con todo esto?

Su rostro se transformó al instante ante mi pregunta. Un dolor profundo e infinito cruzó su mirada, me observó como si de repente me viera como una desconocida.

—¿De verdad piensas que yo sería capaz de pedir que alguien te hiciera daño en nuestra propia casa? —preguntó con amargura— Jazmín, entiendo que he fallado y que me has visto en situaciones que no te explicas, pero tú más que nadie sabes cuánto te amo. Jamás, en toda mi vida, te haría pasar por algo así.




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