100 años de redención.

Alguien al asecho.

—¿Estás bien? Mira cómo te ha quedado la mano… Marcel, no debiste…

—Estoy bien, y lo volvería a hacer cuantas veces haga falta, con tal de defender el honor de una dama.

Sentía cómo la mirada de Rafael me quemaba la espalda. Yo no había planeado esto; no fui yo quien llamó a Marcel, pero Ignacio y mamá estaban ocupados, y él había venido en su lugar para ayudar.

Estaba tan alterada que ya no lograba comprender nada de lo que ocurría a mi alrededor. Me alejé de los dos para ir por un poco de agua y tratar de ordenar mis ideas, cuando sentí vibrar el teléfono en mi bolsillo, era un número desconocido.

—No atiendas —me advirtió Marcel, que se había acercado a mi lado— Podría ser la prensa.

La prensa era lo último que quería enfrentar en ese momento, pero algo en mi interior me impulsó a responder.

"¿Quién es?" —pregunté con voz dudosa.

"¿Quieres volver a ver a tu hijo?" —respondió una voz distorsionada, alterada por algún aparato electrónico. Sus palabras hicieron que mi corazón se detuviera por completo.

"¿Qué… qué acabas de decir?"

"Tu hijo está con vida y en mis manos. Si quieres tener la oportunidad de recuperarlo, te recomiendo que abandones esta pelea y te vayas lo más lejos posible de aquí. Y una cosa más, ni una sola palabra a tu esposo. Ya sabes lo delicados que son los niños prematuros… no queremos que una almohada descanse sobre su carita tan dulce"

Las fuerzas me abandonaron al instante, pero me negué a caer. Como pude, me alejé de Marcel lo suficiente para que no pudiera escuchar nada.

"¿Cómo… cómo sé que lo que dices es verdad?" —cada palabra me desgarraba la garganta.

"Tendrás que confiar en mí. Es muy pequeño, tan diminuto… tiene el cabello castaño y unos ojos idénticos a los de Rafael. Ahora sé buena y obedece, si no quieres encontrarlo dentro de una caja de zapatos"

"¡ESPERA… ESPERA!".. No cuelgues, por favor…

No podía creerlo. Por primera vez tenía la confirmación de que alguien se había llevado a mi bebé de forma intencional, con fines ocultos. Pero ¿quién? ¿Qué clase de monstruo me atormentaba desde las sombras? ¿Quién era tan cruel para arrancarle su hijo a una madre?

—¡Jazmín! ¿Estás bien? —Marcel fue el primero en llegar a mi lado, pero Rafael lo apartó con firmeza para acercarse a mí.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás así? ¿Quién te ha llamado?

—¡No me toques! —le grité, sintiendo cómo la rabia y el miedo se mezclaban en mi pecho— Todo esto es culpa tuya. Si tan solo… si tan solo no fueras un completo imbécil, mi bebé estaría aquí conmigo y no en manos de esos desalmados.

—No entiendo de qué me estás hablando ahora mismo —respondió él, confundido.

Lo empujé con todas mis fuerzas para alejarlo y me fui hacia Marcel, suplicándole que me sacara de allí de inmediato. Ya no soportaba ver los rostros de nadie, ni cargar con esa incertidumbre que me estaba volviendo loca.

—Jazmín, ¿qué está pasando? Puedes contarme lo que sea, aquí estoy para ti —me decía Marcel con voz suave— Confía en mí.

—No puedo hacerlo, Marcel… siento que no puedo confiar en nadie —respondí, desesperada— ¿Amar significa sufrir de esta manera? ¿Por qué me están castigando? ¿Por qué a mí?

—Tranquila, llora todo lo que necesites. Te llevaré a casa.

—¡A esa casa no! No puedo volver a ese lugar —me negué con firmeza.

—Muy bien… solo mírame a los ojos y respira despacio. Mírame y respira, Jazmín, creo que estás teniendo un ataque de pánico. _ no me había dado cuenta de lo irregular que era mi respiración hasta que lo escuche decir eso.

Volví la vista hacia Rafael. Seguía en un rincón, en silencio, mirándome fijamente. Por más que intentaba evitarlo, sentía rabia y rechazo hacia él; quería gritarle mil cosas, pero la voz de esa persona seguía resonando en mi cabeza. Si decía algo, si rompía el silencio, la sola idea de recibir esa caja me helaba la sangre. Ya se habían llevado a mi bebé… no les costaría nada cumplir su otra amenaza.

“Sé buena”, me había dicho. Sé buena y obedece… Eso significaba que, si obedecía, quizás volverían a contactarme para darme más indicaciones.

—Marcel, muchas gracias, de verdad no sé qué haría sin ti ahora mismo —le dije, recuperando un poco la compostura— Pero necesito volver con Rafael.

—¿Estás segura? _ insistió negándose a soltar mi mano.

Lo miré con el corazón lleno de desconfianza, pero sabía que no solo la vida de mi hijo estaba en riesgo, sino también la de todos los que me rodeaban.

—Sí, estoy segura.

Tomé la mano de Rafael y salimos de la comisaría sin mirar atrás. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de recuperar a mi bebé.

Rafael no dijo ni una palabra, y en silencio se lo agradecí, estaba tan alterada que no habría podido inventar una mentira creíble en ese momento.

Apenas cruzamos la puerta de salida y nos montamos en el taxi, el teléfono vibró de nuevo. Un mensaje apareció en la pantalla con solo dos palabras, brillando en la oscuridad.

“Bien hecho.”

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Nos estaban vigilando muy de cerca; alguien seguía cada uno de nuestros pasos a poca distancia. Y eso solo significaba una cosa, la persona que estaba detrás de todo esto era alguien que conocíamos demasiado bien. Alguien de nuestra entera confianza que ha estado en nuestras vidas desde hace mucho tiempo.




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